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Esperar en un mundo que no trasciende de una puerta de mierda

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Nepenthe

Justo aquella noche, tu piel se decidió por brillar más que nunca.

Tal vez fuera la luz de la luna sobre la almohada, reflejada en el espejo del otro lado de la habitación, reflejada en tus ojos, pero aquella noche parecías un ángel traído desde el rincón eterno del universo.

Imágenes que te recuerdan que estás vivo, que sientes, tocas, hueles… aquella noche estaba embriagado por ti. Por tus latidos, por todo tu ser a mi lado. Tal vez fuera la euforia, la ansiedad por ser la única noche, pero sé que bebí de tu piel como un andante en el desierto tras días de sequía y que me derretí entre tus manos y tus labios como aquel hielo que se queda a la luz del sol en el suelo de la terraza en pleno verano, que me integré como uno solo en tus sonidos, en tu respiración. Tan sólo quería estar siempre a tu lado.

Y hoy, no estás.

Esa frase, curiosamente, es lo único que permanece de ti.

Mi pierna me lo recuerda, se retuerce y quema en tu ausencia. Me recuerda que estoy vivo, que siento, que me duele y que me muero con el paso de los años sin ti. Odio mi respiración y mis latidos porque no estás para escucharlos, porque yo no puedo escuchar los tuyos. Me odio por no tenerte, por recordarte y recordármelo, por ansiar tu presencia y tan sólo expirar con ansiedad, con anhelo, con un último gemido antes de caer abatido por el sufrimiento. Estoy cansado de esperarte.

Tú querías una casa en la Toscana, entre los viñedos y cultivos interminables. Querías tender las sábanas blancas mientras la ligera brisa de verano acariciaba tus mechones desenfadados, y querías que yo llegara, te oliera, que acariciara, mi cara con tu cara, y que te besara como siempre te besaba, como si te fueras a ir en cualquier minuto. Vivías, en el fondo, de mi desesperación por tenerte. Y yo no hacía nada para evitar ese sufrimiento.

Te quería, te amaba y hoy día te amo. Nunca me prometiste nada de eso, pero yo soñaba con levantarte y llevarte a la habitación con la que siempre soñaste. Sumergirme en tu pelo, escuchar a tu propio cuerpo guiarme hasta la habitación más secreta y escondida, de esa de la que tú no tienes llave. Entrar, cerrar suavemente, sentarme en un sillón y escucharte hasta quedarme dormido, hasta que tú te acabaras durmiendo en la unión de mi brazo con mi pecho. Hasta que te quedaras dormida con esa cara en la que se esbozaba una sonrisa recién traída del subconsciente.

Dada mi lógica, soy de los que creen que hay alguien especialmente creado para nuestro cuerpo. Alguien que reacciona, que pasea por los laberintos que forman los arbustos del jardín de tu inconsciente. Que se sienta, permanece, se enraíza hasta no poder levantarse. Y, poco a poco, imposible decir cada cuánto, se va cubriendo por una y otra capa de piedra, costumbre, sumisión, dependencia, amor, necesidad, hasta poder llegar a quedar en apenas una expresión pétrea.

Tú fuiste mi ángel, mi ser, mi mundo entero. Soy capaz de adivinarlo porque de todas fuiste la única que me hizo suspirar cuando sonreías. Joder, tan cerca que te tuve y lo poco que me decidí a apreciarte. Nunca jamás sería suficiente, porque al final te acabé perdiendo. Porque al final acabé, simplemente, vacío.

La gente lo supera sabes, pasa página y sigue con sus vidas. Se vuelven a levantar por las mañanas y siguen andando y cogiendo trenes sin rumbo durante el resto de sus años, durante el resto de sus latidos y respiraciones. Ojalá, por todo lo que alguna vez tuve, que me hubieras dejado como a un loco más, sin conocerte. Que me hubieras librado de este pungente sufrimiento. Que nunca te hubiera visto leer en aquella hamaca con el sol irradiando sobre tu pelo color miel. Que nunca te hubiera besado, acariciado la espalda con ese suave vestido que llevabas los días de sol… que nunca te hubiera hecho gemir de aquella forma tan magistral. Joder, cuanto más lo pienso, más me sumerjo en mi locura, mi locura, porque al fin y al cabo es lo único que puedo decir que es mío.

A la mierda mi casa, mi coche, mis propiedades. Quiero tus ojos y tu forma de mirar al mundo, tu forma de coger las naranjas en el mercado y buscar algo que nunca supe qué. Quiero ser tuyo, estoy cansado de mi piel de tortuga derrotada. Quiero abrazarte por las noches, dios, eso es lo que más anhelo. Un último brindis por ti, una última balada por lo que fuimos, una última elegía por lo que quise que fuéramos.



viernes, 30 de agosto de 2013

When you are ready

La campanilla situada encima de la puerta repiqueteó cuando pasé por el umbral de la tienda. La atmósfera se tornó cargada, pesada y encogida por el polvo acumulado y el sol directo asentado sobre los tablones de madera durante años. Un hombre de mirada enigmática situado en el mostrador levantó la vista del periódico, y con apenas un ademán con la barbilla me dio a entender que podía pasearme a mis anchas por entre lo disponible.

Poco a poco, la peculiar tienda dejó que me fuera adentrando en sus más recónditos secretos. Vi un tocador victoriano con apenas unos dejes de desuso y abandono, un sofá tapizado de una textura tan suave y aterciopelada que quise ser su eterno durmiente, una lámpara recargada que parecía haber presidido un auténtico salón de baile, y una cantidad de géneros, estilos y épocas que me impresionaba que la estancia aún albergara más y más sorprendentes muebles en su interior. Sin embargo, sentí que sólo me estaba dando un anticipo mientras me susurraba “cuando estés preparado”.

Fue entonces cuando, apartando una sábana enmohecida, lo encontré.

Su estructura se alzaba altiva, orgullosa de que en un tiempo fue una auténtica belleza. La madera estaba raída, y su antiguo color apenas permanecía en unos pequeños tramos uniformes. Aún se podían deducir los tramos tallados en los bordes, formando largas y curvadas líneas en motivos vegetales. Y aun en el estado decrépito del armazón, el espejo permanecía íntegro, impertérrito, constante, esperándome.

Qué puedo decir, era un espejo. Un espejo muy antiguo, de esos que son de pie y ligeramente inclinados 
para dar una curiosa ilusión óptica. No obstante, a medida que me fui acercando, veía que un individuo completamente distinto a mí se acercaba del otro lado, justo con los mismos movimientos, hasta que nos quedamos a apenas unos centímetros delimitados por el cristal, mirándonos de manera absorta.

Puedo asegurar, por todo lo que soy, que la persona reflejada no era yo.

Su mirada era brillante, exitosa, minuciosamente estudiada para poder analizar a la gente en lo que dura un apretón de manos. Un hombre matemáticamente calculado para dar la mejor impresión, para saludar de la manera exacta y decir las palabras convenientes. Su cara estaba dispuesta de una manera antisimétrica, en un desorden que la hacía perfecta. Su sonrisa demasiado amplia, los ojos ligeramente entornados. Hasta podría haber olido el éxito que transpiraba ese hombre. Éxito, llevaba un traje caro y el pelo ligeramente peinado hacia atrás, en un estilo desenfadado que dejaba unos pocos mechones pasearse por su frente ante una pequeña brisa. Llevaba una alianza, y un reloj bastante caro –pude deducirlo por la semejanza con los relojes de los escaparates, sabía lo mismo de relojes que de la cosecha de vino de 1982 en la zona de la Toscana- y un par de gemelos se entreveían refulgiendo a cada movimiento de la muñeca. Completamente lo contrario a lo que yo podría ser.

Ahora mismo, me puedo imaginar un poco la situación de entonces. Mi cara de pasmarote, confuso y ligeramente alienado, contemplado a un anti-ego reflejado en un espejo. Lo que ello podría ser, significar, me tiene obnubilado desde que abandoné la tienda.

No compré el espejo. Estaba claro, ni tenía dinero ni tenía las ganas de ver a un ricachón de sonrisa profident contemplar mi piso de mierda.

Tal vez fuera una representación de lo que me gustaría: una vida perfecta, casado y tal vez con un par de críos, una casa en las afueras, una hipoteca no demasiado inflada y un trabajo que me permita todo esto y todo un armario de trajes italianos. Saberlo todo acerca de las relaciones con los empresarios, de lo que puede decir un apretón de manos o una mirada confiada, y enfundarme en ese traje de hipocresía todos y cada uno de los días, para que al final mi mujer acabe harta de mi ausencia, se tire al chico que corta los rosales mientras yo estoy en la oficina (aunque me la puede chupar una secretaria), nuestros hijos acaben mal criados y con un montón de sociopatías por nuestra falta de dedicación y el exceso de frialdad en los tratos, y que al perro que me he imaginado antes lo termine atropellando porque ni siquiera me fijé al dar marcha atrás para largarme de esa maldita casa para siempre. Seguro que todo esto me lo invento para no compadecerme de mí mismo, para intentar cambiar mi vida hacia algo que realmente me guste y no terminar atropellando a un perro y con un divorcio que me deje en la ruina. Seguro, que es eso.

Llueve, apenas puedo sacar las manos de los bolsillos del abrigo. Deambulo, meditabundo, y llego a un parque. Miro mis zapatos, mojados y embarrados. Tal vez ese espejo me recordó lo miserable que soy. Como Dickens me dio a pensar en Grandes Esperanzas, una persona puede ser perfectamente feliz y estable consigo misma, hasta que otro le recuerda que puede ser diferente. Qué se puede deducir cuando ese otro es un espejo.

Pero… ¿qué es lo que tengo que cambiar? ¿Mi forma de vida? ¿Mi personalidad, o simplemente la apariencia que tengo? Ese hombre llevaba un buen traje, una sonrisa perfecta, un estándar cumplido en su totalidad. Más que seguirle, imitarle, lo que me pide el cuerpo es decirle lo miserable que es su vida, porque yo al menos soy consciente de que no soy feliz.

El autoengaño, compañero de tantos y tantos humanos en este planeta. No estás gordo, no eres tonto, no te hace falta leer más ni aprender más sobre la vida para hablar deliberadamente sobre las cosas como hacen el resto. No te hace falta corregir tus faltas, reconocer tus errores. Eres así, piensas como piensas, y no puedes cambiarlo porque eres así. Es una tautología tan absurda que la gente se la cree basándose en su simplicidad. A todos y cada uno de ellos, me gustaría reventarles ese espejo en la cabeza. Somos humanos, unos más que otros, pero prácticamente todos tenemos un cerebro y posibilidades de desarrollarlo. Ser simplemente buenas personas, tener humildad, respeto y un poco de picardía en la ironía para animar las cosas. Partir de la buena fe a la hora de argumentar, no gritar, discutir, compartir opiniones y dogmas de vida. Un mínimo de respeto a la palabra convivencia pacífica.


Vivimos bajo estándares, bajo órdenes de los grandes, bajo información manipulada y violada hasta que nos llegan apenas dos palabras distorsionadas del auténtico y neutral mensaje, la presión moral, la autoestima, los objetivos imposibles, los sucesos que llevan a la nada. Siento que me absorbe el espejo, que lentamente me acaricia desde que soy un niño y me obliga a mirar, a hacerme a su imagen, a amarla y desearla. Y el resto, es una barbaridad. El sexo ha de ser silencioso y en tu propia casa y bajo la insignia de matrimonio, los argumentos políticos han de estar resguardados bajo un partido concreto, la crisis es culpa de gente a la que nunca tendremos cojones de decírselo a la cara, siempre es mejor, a la espalda y sin argumentar. A todos y cada uno de vosotros, os reventaría mi espejo en la cabeza. La universidad se vuelve tan cara que absolutamente ningún joven con esperanzas y mileurista podrá pisar sus suelos –valga decirlo- más que desgastados (que digo yo, dónde irán los miles de euros si no es al mantenimiento o al sueldo de los profesores que apenas les da tiempo a conocernos). La educación se vuelve resumida, cutre, deshilachada y sin ganas de vivir, como una puta cansada de su trabajo eterno y repetitivo. Y ese espejo nos dice que, puede que en algún momento, lleguemos a esos estándares y acabemos engañando a la mujer con la que duermes al lado o criando a unos niños a tu mierda de imagen y semejanza basada en el materialismo y el ansia de cumplimiento de falsas expectativas. Así, hoy día, es el mundo en el espejo del anticuario, que nunca se planteó que me lo fuera a llevar porque nunca iba a admitir la realidad.

sábado, 24 de agosto de 2013

Buen café para cuarenta minutos de verborrea

Os presento a la Ester del pasado.

Cada cierto tiempo, y con distintos aspectos de mi vida, ocurre que tengo esas ganas de revivir esas experiencias pasado cierto tiempo. Mi afición –por llamarlo de alguna manera- de volver a vivir esos momentos, creo que la adquirí cuando era una niña. El primer libro que me releí fue La historia interminable, y de ahí siguieron las otras seis veces.

El año pasado, tras unos diez años sin tocar el libro (joder, que ya tengo veinte), volví a acariciar sus páginas bicolor entre mis manos. Ese aroma que lo habré respirado mil veces, esa sensación extraña al volver a desentrañar la inscripción al revés de la primera página. Ese, fue el libro de mi infancia-adolescencia primeriza.

Aquella última vez que lo leí, creí percibir más aspectos de los que tenía en la memoria, pero a su vez se veían magnificados por extrañas reacciones en mi subconsciente. Jamás una araña gigante me había infundado tanto temor, o el respeto que le profería a aquel centauro bicentenario, o la predilección y confianza en el propio ÁURYN. Esto me puede sugerir que de pequeños vemos el mundo con unas lentes increíblemente aumentadas (ignorando la ironía de mis cinco dioptrías) que nos ofrecen un mundo distorsionado, exaltado en ciertos aspectos, y que puede que nos determinen en una gran faceta de nuestra personalidad.

Heme allí, en el tren traqueteante, con el sol atravesando la parte este de las ventanas, con las piernas encogidas y apoyada en un respaldo de otro sillón. Han cambiado tantas cosas desde entonces, pero sinceramente, fue como leer un libro revestido de un encantamiento o hechizo brutal.
Lo mismo me ha pasado con otros libros, donde tengo que nombrar por excelencia a Carlos Ruiz Zafón. Michael Ende me enseñó los límites difuminados y fácilmente transitables de la imaginación mediante personajes imposibles y sucesos simplemente fantásticos, pero Zafón me enseñó la belleza auténtica de las palabras. Unos por un lado, y otros por otro, y es por esto por lo que no se puede comparar a Follet con Poe (aunque algunas engreídas lo vayan gritando como cotorras alienadas por una sola gota de cultura), narrativa con retórica, simplemente incomparables. De pequeña me paseaba por la biblioteca cuando mi padre nos llevaba a mi hermana y a mí, y yo subía  a la segunda planta, y me paseaba por entre los libros de adultos buscando el más grande de todos. Precisamente por Ende, me gustaban las historias interminables, que me tuvieran ensoñada durante días y días seguidos, que no pudiera dejar de leer y que un día me encerrara en el sótano de mi colegio y me refugiara con una manta y apenas un bocata y una manzana para pasar unos días leyendo hasta terminar (mi colegio no tenía sótano, por desgracia). Gracias a este criterio de selección encontré al Príncipe de los ladrones, que me llamó la atención dentro de la literatura juvenil, pero especialmente conocí a Ken Follet. Un hombre tan prolífico como exhaustivamente documentado, una novela con una gran base histórica sobre la que desarrollar sus dramas, me tuvo desde siempre absorbida. 

Aunque fue años más tarde cuando descubrí que le ponían muy cachondo las pelirrojas en sus siguientes libros.

El caso –es evidente que me disperso en esta materia- es que hay libros que sólo se pueden leer en determinados intervalos de edad para sentir lo mismo. Por eso considero tan importante releer una buena obra, porque te suscita otras sensaciones, otros sentimientos. Es lo que me decide a darle a mi hijo del futuro La historia interminable cuando sea el momento exacto, y ver si desencadena en lo mismo. Simplemente pienso que mi pasión por los libros fue infundada, y para ello tiene que haber un detonante.

He de decir que tanto la literatura como los simples dibujos animados han cambiado. De pequeña madrugaba (no exagero, a las siete de la mañana) para ver los dibujos. Y no sé si el problema es suyo o es mío, pero con los de hoy día no siento lo mismo. Lo que me divirtió Las supernenas no se puede comparar con las mierdas en 3D de hoy, lo siento (y por favor, metamos a Bob Esponja y Hora de Aventuras en el cajón de “dibujos especialmente para los no-niños”, porque son demasiado brutales xD). No sé, puede que sea cosa mía.

Mucha gente no sabe el verdadero valor que tiene continuar con la palabra, y reformarla a tu gusto para las siguientes generaciones. Y no lo digo en un sentido dictatorial, puesto que en algún momento el niño tiene que valerse por sí mismo y aprender a seleccionar contenido, y es precisamente por eso por lo que es tan importante  encender esa llama por la cultura antes de que no haya opción y se inicie el Modo Automático. Criar a un hijo puede ser algo relativamente fácil, pero también puede ser un auténtico lienzo donde en el futuro se hará una obra de arte. Ahora estamos hablando de la Ester del futuro.

Está bien, estudio Derecho y Administración de Empresas, hasta yo misma digo que no da mucho rango al arte o expansión sensorial. Lo reconozco, pero podemos decir otra vez que son dos campos distintos. La verdad es que hasta que no he dado auténtica materia en Derecho no me he dado cuenta de que soy terca, y soy tan terca que muchas veces la arrogancia se levanta del sillón y también habla –medio ebria, mi arrogancia siempre está ebria porque habla sin pensar- y empiezan a discutir en mi cabeza que trata de defender lo que piensa. Defender, y hacerlo por encima de todo. Porque cree que está en lo cierto, y he de suponer que en un campo tan taxativo y a la vez tan variable como el Derecho puede bailar a sus anchas. La faceta asquerosa y a la vez más cierta, es que no todo el mundo piensa como debería ser, y con esto me refiero a la más básica moral.

Temo el día en el que me den la torta en la cara. Ya sabéis, el día en el que la justicia no esté de mi lado y realmente tenga que afrontarlo. Soy tan terca como moralista, y cuando una persona te pregunta lo típico de ¿defenderías a un asesino? Nunca soy capaz de responderle completamente segura de que esté respondiendo bien, porque puede que la Ester del futuro me contradiga. He ahí mi dicotomía.


Bueno, aquí queda un poquito de todo. Buen café para cuarenta minutos de verborrea.

domingo, 11 de agosto de 2013

Y esta, va dedicada a la música

Normalmente distingo lo que me gusta de lo que no por la reacción de mi cuerpo. Algo tan sencillo como la piel. Si se me eriza, debe ser brutal. Lo que te arranca una fuerte inspiración, te encanta, te envuelve y te canta hasta el fin de los tiempos. Aunque, cabe decir, que no todo lo que escucho tiene tanta trascendencia corporal.

Ignoro los orígenes exactos, ni la verdadera intención de los buenos músicos (hasta donde me puedo imaginar, me pierde la impotencia por la ignorancia), pero puedo adivinar que pocos son los que buscan erizar la piel a sus espectadores, porque no es precisamente la música más alta, más ruidosa o más repetitiva, sino, al menos para mí, la que tiene un pedacito de su alma.

Hay que decir, que me gusta el death metal, el rock y metal clásico, las baladas, epic metal y tal vez trash, incluido el nu metal, grunge, rock alternativo, pero también la música clásica, las canciones híbridas con un montón de estilos pero con piano o guitarra… tengo una enorme diversidad y cada día descubro otro género, pero lo que siempre busco es sentir que el grupo me está dando algo de ellos. Sí, especialmente el metal me dice mucho más que una canción estándar.

Porque yo cuando escribo, dejo algo de mí, espero que el resto lo hagan conmigo. No por retribución (ni mucho menos), sino por una cuestión de perfección. La verdadera música es la que te arranca algo, tanto para bien como para mal. Un cantante gritando en una buena canción puede estar clamando al mundo por su autodestrucción, la mano del hombre guiada por el afán de poder, del mismo modo que una balada se convierte en una elegía por la persona que no está o por lo fugaz que puede ser la vida vista como un tren. Que te dicen mucho, joder, y poco a poco cambian tu modo de ver las cosas.

Hay veces que pienso que al escuchar una canción sacas más de una persona que si quedaras con ella en un café y le hicieras un cuestionario hasta que os obligaran a salir porque tienen que cerrar. Otra forma de ver a la gente, parecido a leer una obra lírica del autor. Es otra cara, no la cara social, sino la propia cara interna.

Lo irónico del arte es que no necesariamente te hace sentir mejor cuando lo practicas, puesto que no siempre decides lo que quieres dejar plasmado. Una pintura, un largometraje, una fotografía, una canción, una obra de teatro, un libro, un baile, un beso… ¿por qué no un beso? Incluso el sexo es arte. Pero de eso puede que hable en otra ocasión, porque esta va dedicada a la música.

Hay muchos tipos de conciertos, pero lo que tienen en común es la expectación de los miembros protagonistas. Lo que esperan, lo que no, y lo que realmente se produce. Siempre pienso (pícaramente) que los músicos nunca obtienen lo que desean, porque su rendimiento es mucho mayor al perceptible. Si no te sale como quieres, te pasas horas, días y meses practicando, y siempre queda un deje de perfección incompleta. Cuando un espectador llega y les dice “me ha gustado, ha estado genial” no creo que obtengan todo lo que quieren como mínimo recibir. Yo les entiendo, es una cuestión de proporcionalidad, autoexigencia y no conformismo con uno mismo.

Porque si hay algo en lo que creo es en que una de las facetas del arte que más me gusta es la realizada por personas atormentadas. Personas que tienen una idea en la cabeza que nunca termina de desaparecer, atormentándoles por no poder salir en condiciones. Y se pasan la vida intentándolo, frustrándose y perfeccionando lo imposible. No digo que únicamente sean estos los que me gustan, sino que especialmente me llaman la atención. Puede sonar un poco sádico.

Y como muchas veces en la vida, se hace necesario variar, para lo que viene genial escuchar esas canciones que te hacen sonreír sin que te des cuenta. Tanto talento como las que te encogen y acongojan el corazón. Las que te recuerdan tu vida como una película antigua, las que profundizan en cosas que consideras banales o en personas que no sabes lo muchísimo que amas hasta entonces. Joder, claro que son necesarias, mi vida es una barca y unos pies en el césped del mismo modo que es una tarde lluviosa en una calle empedrada.


Para todos estos momentos, siempre la música se sentará a tu lado y se tomará, con gusto, otra copa contigo.

domingo, 28 de julio de 2013

Now that I’m free

Aquel día la cafetería estaba repleta de esa clase de gente que, por motivos desconocidos, les da por salir en un día que saben perfectamente que va a llover y posiblemente no puedan ir a ningún sitio, y sin embargo, salen, en busca de un techo mejor que el de su casa donde leer el periódico, tomarse el mismo café (o peor, valga decir), o simplemente convivir en un microclima de sociedad.

Me puedo identificar con esa clase de personas que les gustan los días “turbios”, esos de cielos encapotados y un aire nostálgico; seguramente vendrá de mi preferencia por la soledad en estos días desde la infancia, o tal vez me haya dado ese pandémico aire de camisa de cuadros y una apariencia de hipócrita reflexión en sus miles de fotografías… que no!

Sí, aquel día estaba sola, leyendo una novela que promete más por su amplitud que por su contenido, y cuya escritura no es especialmente reveladora, pero que decides leértela por eso de que el siguiente libro te sepa mejor en comparación (no es lo normal… ¿verdad?), como una especie de baremo con el que siempre el siguiente será mejor… es igual, no es el argumento de la historia. Simplemente estaba sola, en mi mesa, a mi quehacer, cuando el murmullo atmosférico de la sala se vio atenuado por un par de voces orientadas en la esquina poco iluminada de la cafetería.
En aquel recóndito cruce de paredes se encontraban dos individuos enfrentados. Como era de esperar, la espalda del oyente no me dijo gran cosa, sino que la especial relevancia la ostentaba el personaje que no dejaba de parlotear. Parlotear, bramar, ladrar, mugir, cualquier tipo de onomatopeya o calificativo despectivo que realce mi especial sensación de vómito al dejar que sus palabras llegaran, de algún modo pasivo, a mi oído.
Y es que lo curioso era que, a pesar de que llevaría, desde que empecé a oír forzada, cerca de un cuarto de hora hablando, no dijo absolutamente nada. Desde pequeño te enseñan a subrayar los textos y sacar un “tema”, la idea esencial concentrada en un par de líneas, y que te ayuda luego a desarrollar el texto… pues este hombre no dijo absolutamente nada en lo que sería un monólogo trascrito en unas 3 o 4 páginas. Son gente fácil de reconocer, por el simple hecho de que te quedas igual cuando hablan. No sé si al resto del mundo les molesta tanto como a mí, pero de verdad… me ponen de los nervios.

Los más graciosos –por decirlo de alguna manera- son los que hablan por hablar creyendo que están diciendo algo realmente interesante, revelador o merecedor de un halago por su ingenio y cultura. Antes, al menos para mí, las personas eran esferas introvertidas que ibas descubriendo poco a poco, extrayendo los aspectos interesantes de su vida. Hoy, gran parte de la población que tiene medios y modos de ser culto e instruido, es fachada, por ser genial, por cumplir, por aparentar algo que nunca han intentado ser. Yo lo reconozco, no tengo muchísimo que ofrecer. No canto como un ángel, no bailo como una diosa y mucho menos tengo un talento oculto en los instrumentos. Lo único a lo que me aferro desde siempre han sido los libros, los que he engullido, vuelto a engullir y saboreado años después con aires de nostalgia, y los nuevos que airean mis oxidadas técnicas para escribir. Eso mismo que leo y releo hasta que, más o menos, lo califico como pasable viniendo de mis pulsaciones en el teclado.

A lo que iba, esta clase de individuos no se reconocen (o eso espero, porque hay que tener huevos) ni esperan hacerlo hasta que les preguntan en su esencia sobre un tema del que habrán estado hablando como un papagayo durante media hora, con abuso del polisíndeton, oraciones subordinadas relativas (cada vez las uso menos por puro conductismo) introducidas por una cantidad reiterativa de nexos con la intención de “explicar”. Explicar… realmente me pregunto si es posible explicar sin saber, es pura contradicción.

Hoy me quito el sombrero y las ganas de escribir, porque simplemente estoy harta de una clase de gente que se expande y se expande, educando a generaciones sobre pilares tan poco sólidos como sus propios conocimientos. Si no lo sabes, lo buscas, te informas, estudias y ya después argumentas, pedazo de ignorante de mierda. Estoy harta de discutir con gente que corre cortinas de “su opinión” cuando se habla de temas serios, donde o te mojas con inteligencia e investigación o te quedas en la orilla como mero espectador, que no hay variedad de opiniones como los temas deontológicos o simplemente morales, sino que es una cuestión de raciocinio, de lógica, de pensar una fracción de tiempo tras escuchar una explicación neutral.

Y si intentas explicarlo neutralmente (teniendo en cuenta mi excesiva pasión en las explicaciones), te tachan de pedante o intolerante. Gente que tiene un puto catálogo de respuestas patéticas y que te dejan peor que antes, incluso un poquito más ignorante (como la televisión de mierda, la única que hay en España prácticamente en lo que se refiere a televisión pública o privada). Gente que no reconoce tu mérito en algo porque no le gusta, porque no quiere probarlo o porque no le sale del soberano nabo (aunque eso no te lo dicen eh, para eso está el catálogo) y espera que le tires rosas por su dedicación a algún sector de lo que ellos consideran arte, hobby, afición, oficio, dedicación. Me pierde la impotencia.
Y ahí seguía hablando el hombre eh, como si le estuvieran apuntando con un calibre 38 en la nuca para que soltara todo lo que le surgiera por la cabeza, sin procesar, sin tratar, sin contrastar con la maldita realidad. Que yo sólo pido la Wikipedia por dios, que no pido más xD.

Creo, en esencia, que cada vez nos obcecamos más por no ver.

lunes, 3 de junio de 2013

Ni "filo" ni "sofía"

Y así es como “mi país” me da la patada hasta más no volver.

Lo único que siento en estos momentos es vergüenza, vergüenza por un país de mierda que me echa porque no quiere a nadie más en sus putos restos consumidos de lo que antaño pudo ser algo parecido a una verdadera civilización.

Definitivamente, ya no queda nada de lo que fuimos, absolutamente nada de lo mucho que nos ha ofrecido la historia. Ahora se meten con los filósofos, los que forjaron tantas facetas del conocimiento que sin ellos ni siquiera tendríamos conciencia de lo que hay más allá de las costas. El afán por la investigación se desliza entre los dedos, y con ello las propias esperanzas del país por ver que un español alcanza el colofón de un premio universal.

Y todo esto, porque la educación se desploma. Día tras día nuevos anteprotectos de leyes y mierdas de articulados van menoscabando la forma que algún día tuvo la educación, basada en un auténtico texto de principios. De PRINCIPIOS, ¡joder NADA DE IDEOLOGÍAS! Ni partidismos, ni inclinaciones religiosas, ABSOLUTAMENTE NADA POLÍTICO QUE LES PUEDA PERJUDICAR… espera. Tal vez sea eso. Tal vez lo que quieren es eliminar la autonomía racional.

Y justo entonces he dejado de escribir. Hoy es 3 de junio de 2013 y acabo de barajar la posibilidad de que nuestra sociedad prefiera nuestra ignorancia absoluta con el fin de manipular nuestras mentes, blancas, maleables, completamente dependientes. No puedo decir que nunca me lo haya imaginado, el gran George Orwell nos ha puesto a muchísimas personas los pelos de punta imaginando una auténtica alienación involuntaria, con la cual ni siquiera recordemos algo más que Eurasia y una guerra sin acabar. El Gran 
Hermano, la policía del pensamiento… ¿Y si todo esto, por inimaginable que fuera, esté ocurriendo?

Ahora mismo no sé qué decir, la impotencia irradia por cada uno de mis poros mientras veo el resto de generaciones que nos quedan consumirse al abismo. El resto de la historia que queda por contar se resume, fácilmente, en manipulación en masa para el control oligocrático. En mi mente tan sólo aparecen imágenes de violación, utilización y absoluto control de masas inconscientes. Mis manos tiemblan, mi mente imagina a mis propios hijos bramar estupideces partidistas. Si tan sólo pudiera hablar con uno de los legisladores de esa aberración que llevan elaborando durante más de 20 años, lo único que le diría es “Que te jodan por cultivar esta mierda de país, porque lo único que vais a cosechar es mierda”.

Y lo saben, no me haga reír, claro que lo saben. Son perfectamente conscientes de lo fácil que es la sociedad española de manipular con unas cuantas cámaras y un comunicado estatal de hombres trajeados haciéndose llamar “legisladores”. Con cada clase comprendo más la mierda en la que se consume la ley española, lo violada que está siendo la Constitución y lo distorsionadas que quedan las palabras de “libertad de pensamiento” y “bienestar social”. Cada día descubro que más y más personas son ignorantes por elección, eligen un camino tan sencillo como descompuesto, tan absurdo como masticado… tan estúpido como pensar si quiera que eso es un camino.

No sé siquiera lo que estoy escribiendo. Estoy obnubilada, con una resaca tan grande que una noche eterna de desenfreno e inconsciencia. Estoy tan cansada que apenas tengo fuerzas para gritar. Sólo diré que mi verdadera pasión por aprender comenzó en una de aquellas clases de filosofía donde el profesor infundía un respeto inimaginable, y mi cara era de completa admiración por las cosas que podía llegar a saber.

La ciencia o búsqueda del saber, filo-sofía. Valiente mierda de política, de verdad. No puedo más que reírme, por dios, el mundo se derrumba y nosotros mismos rompemos los putos pilares. Ahora además de vagos de mierda, los españoles seremos, y esta vez con razón, unos jodidos incompetentes. Gente inculta, pero de la que no quiere saber porque no les han enseñado a quererlo. Por muy estúpido que suene, cualquier persona tiene que haber tenido un estímulo en su vida para descubrir más allá de lo que se le ofrece a simple vista.


Y… ya está, aquí me quedo por hoy. No tengo ni ganas ni tengo oyentes, ni siquiera siento que tengo voz. Como hoy día, la manifestación del individuo queda relegada a unas voces de unos perroflautas ahogadas en la miseria.

domingo, 5 de mayo de 2013

Y lo bien que me he quedado

Hay veces en las que alguna película o algún libro me devuelven a una triste realidad que inútilmente trato de cambiar; soy una ignorante.

Lo que yo llamaría una ignorante de libro, de aquellas que no trascienden más allá de los contenidos dados. Hace algunos años me enseñaron las Guerras Mundiales y me quedé en algunos párrafos disueltos entre fotos y contenidos tan escuetos como didácticos. Hace menos me enseñaron a los grandes de la literatura española, y tan sólo memoricé sus nombres y obras como un puto papagayo para por fin soltarlos en una hoja oficial el día tan esperado como temido. Y ahí me quedé, quizá con un libro importante que me tuve que leer. Pero nada más. Pronto todo aquello se fue por el retrete por el simple paso del tiempo. Una cosa tan absurda como contraproducente.

Hay veces en las que me sorprendo cuando escucho a gente que se aprende una estúpida frase y la repite como un loro como si aquello demostrase su más ínfima inteligencia. De hecho, les pregunto acerca de cuál es su argumentación o cómo llegaron a esas conclusiones, y creo que su expresión debe ser la misma que cuando si a mí ahora mismo me preguntan por un autor de los que se fue por el retrete. Absoluta perplejidad y confianza máxima en su fuente, aunque la suya no fuera un libro sino un estúpido arrogante que se aprovechó de la ignorancia masiva.

Aunque no lo parezca, el fenómeno de masas no tiene casi nunca una justificación racional, si acaso la del líder que aprovecha la contingencia de analfabetismo o si acaso un alfabetismo sin desarrollar. Lo lamentable es que hoy día nos encontremos en auténticas dictaduras, cuando los medios de comunicación nos posibilitan acceder a fuentes que ni de lejos podrían haber contado nuestros padres en su formación básica. 

Actualmente, los líderes se aprovechan de nuestra raquítica formación sobre economía, política o la sociología básica que mueve nuestros cuerpos en la sociedad, y nos meten semejantes supositorios por el culo cargados de corrupción y en sí una auténtica mofa sobre nosotros que nos quedamos plácidamente dormidos ignorantes de la pocilga donde nos revolcamos. La que nosotros mismos hemos construido cuando decidimos dejar de investigar sobre nuestros límites en conocimientos. No sabemos lo que significa la verdadera crisis, la falta de oferta de dinero en el país o el endeudamiento hasta los dientes, lo que ya venían diciendo algunos eruditos tanto españoles como europeos mientras nosotros seguíamos construyendo nuestra ciénaga por omisión. La justicia yace tan muerta como nuestras ganas de aprender, respaldada por gente guiada más por el dinero de los delincuentes que por la más básica moral. No sé si es realmente por dinero, porque creo que ahora mismo no pagan a varios de los ignorantes que están en mi clase. La verdad es que me gustaría preguntárselo, pero lo bueno de las mentes alienadas es que no necesitan justificación y pueden absolver a dos padres que prácticamente mataron a su hijo al no impedir que vomitara lo que comía durante un mes y medio llevándolo al hospital. A mí, simplemente, me sale una risa macabra de lo más profundo de mi ser al ver que incluso la gente en vías de abogados o jueces ya está corrupta en su propia moral.

Si por mí fuera, las clases se darían en jardines, vuelta al modelo estoico y de los filósofos griegos en general. Andar por las calles para hacerse entre ellas, aplicar lo aprendido en base a unos preceptos morales universales; igualdad, libertad, pensamiento autónomo, capacidad de razonar por sus propios medios. Si fuera por mí, leería cada uno de los libros que me hicieron suspirar y los analizaría con mis alumnos motivados y realmente interesados por sus páginas. Que viniera quien quisiera, a la mierda las faltas de asistencia y los putos controles que sólo muestran el estrés de una noche en vela. Yo misma lo reconozco, aquellas noches dieron frutos que hoy yacen podridos en un jarrón. Lo que sé es porque realmente me interesaba, si acaso, en vez de ser olvidado entre fotos y más fotos de los libros. Hoy día, en la universidad, si no encuentras motivación debes enterrarte en lo más profundo y realmente torturarte hasta conseguirlo. 

Aunque la mierda vuelve a ser la misma, los catedráticos nos vuelven a tratar como niños ante expectativas mejores empeoradas por las putas generaciones que nos preceden. No les culpo totalmente, siempre ha habido eruditos motivados, pero soy de las que piensa que la universidad se recuerda por los momentos en clase más que por las resacas mañaneras. Al menos en ciertos aspectos, no soy amiga de la amnesia temporal.
Y cuando la sufro, me siento estúpida. Cuando ignoro grandes hitos de la historia y nombres claves en las ciencias y letras, me cago en todo lo que memoricé y no trascendí más. Cierto que aún soy joven, y al menos supe apreciarlo en los momentos en los que di arte y latín para sumergirme entre sus dogmas. Capiteles, fachadas, pináculos, doseletes… tan sólo leves pinceladas de lo que realmente me pueden ofrecer.

El problema que le encuentro a la educación actual es que básicamente consiste en sentar a un alumno en una silla y ponerle un plato exquisito en la mesa. Simplemente situárselo a unos centímetros de su alcance, para que vea lo que no puede probar. Que no pueda siquiera coger una cuchara y saborear la primera cobertura. Y antes de que se dé cuenta, quitárselo, para que no le coja ganas. Y después se le pone otro plato distinto, y se repite la operación.

Consiste básicamente en una tentación rebuscada, si eso cuando no te has aburrido de ese sadomasoquismo que conforma el sistema educativo de hoy día. Los contenidos se reducen hasta el absurdo, y los profesores van apresurados de un tema a otro obligándote, casi hasta la súplica, que mires las páginas. Es inevitable aburrirse, no lo voy a negar.

Desde mi gran abismo de ignorancia asumida, creo que se necesita hacer una conexión cerebral antes de inyectar grandes dosis de aprendizaje comprimido. Que los alumnos vean que todo eso es para que luego puedan defenderse en la vida con algo más que amenazas o frases estereotipadas. Porque llegará un momento en el que todo aquello que pudimos albergar en nuestro cerebro en los años más receptivos se resume a estúpidas conversaciones en el metro o en una sala de conferencias. El hombre es tan estúpido que se resume las cosas para que generaciones posteriores lo tengan más fácil, pero no entiende que ello supone que no aprendan una mierda de lo que en realidad es. Y cuando eres uno de ellos, y te das cuenta, si aún conservas tu conciencia de ser humano como una mente infinita, te cagas en el sistema porque te hayan tirado todos aquellos años por la borda.