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Esperar en un mundo que no trasciende de una puerta de mierda

miércoles, 18 de junio de 2014

"Odiar es un talento que se aprende con los años"

Aquella noche era de esas en las que mi padre no estaba en casa, así que mi madre nos daba desinteresada la cena, volvía a la cocina a hablar por teléfono y fumar a escondidas, y mi hermana y yo comíamos en silencio entre el murmullo atenuado de los informativos de las nueve. El mantel de cuadros se me antojaba tan rutinario como miserable, los cubiertos de mango rojo tan arañados como bastos, y mi mente tan sometida, tan subordinada, como otro día más.

Aquella noche, como otra más, había decidido dejar de hablar a mi hermana. La odiaba, la odiaba más que a nadie, sentía que mi alma estaba tan escondida en mi ser que las paredes se estaban tornando oscuras y los papeles de las esquinas se empezaban a retorcer y caer secos e inútiles. Sentía que me oscurecía, que la maldad iba a hacer de mí una persona despreciable, y que todo era por obra y gracia de mi hermana.

El problema era que se me olvidaban mis promesas internas. Por todo el daño que me iba haciendo progresivamente la persona que dormía en la cama contigua en la habitación, marcaba otro motivo más por el que odiarla en las paredes de mi mente, la volvía a escribir una y otra vez como un demente y me quedaba mirando la larga lista todas las noches, susurrando malvados planes de venganza. La oía respirar y deseaba odiarla, y más que nada, deseaba que ella lo supiera. Y sin embargo, a la mañana siguiente volvía a saludarla, tarde para ser consciente de que me había prometido despreciarla.

Aquella noche estaba comiendo una pera. Mi hermana me venía provocando toda la cena, preguntándome por qué no hablaba “¿Me has dejado de hablar?” “¿Por qué no hablas?” “¿Qué te pasa, eres tonta o qué?”. Había terminado por acostumbrarme, pero mi mente no dejaba de pensar en las heridas que habían dejado horribles cicatrices en mi temperamento, en mi apacible forma de ser, en la buena fe con la que había crecido toda mi vida, antes de que a mi hermana le diera por joderme. Torpemente trataba de pelar la pera con el cuchillo de punta redonda y mango de plástico rojo de nuestra más que ostentosa vajilla, cuando el número de inquisitivas pasó a ser sustituido por la metralla de los insultos. Mis manos temblaban mientras partía la pera en dos, una de las mitades, en cuatro. Estaba hastiada, cansada, harta y muy enfadada, y sin embargo si llegara a soltarle la bofetada que mis padres nunca le soltaron gritándole que madurara de una puta vez, la culpa iba a ser mía. El mito de los hermanos pequeños envueltos de inmunidad, no era más que eso, un mito, una jodida y desmentida leyenda en mi casa. Lo razonable hubiera sido seguir comiéndome mi pera, sin duda, terminarme la pera, volver a la habitación y leer y abstraerme hasta quedarme dormida.

Pero aquella noche no me iba lo razonable y prudente, y en una de las ocasiones en las que mi hermana estaba bufando un insulto por su enorme garganta, le metí la otra mitad de la pera sin partir en la boca, manteniéndola mientras abría los ojos sorprendida y me miraba fijamente. Lo recuerdo perfectamente, cómo la mantuve, cómo la iba moviendo para que pudiera entrar toda la fruta, cómo mi mano se pringaba del agua dulce de la pera e iba bajando por mi muñeca. Un grito ahogado salía de algún recoveco de su enorme buzón y se echó para atrás, tirando la fruta a la mesa. Rápidamente, y digo yo que por fuerza de la costumbre, se fue corriendo hacia la cocina gritando “¡¡¡¡MAMÁ, MIRA LO QUE HA HECHO!!!!”. Nunca me llamaba por mi nombre, nunca jamás lo iba a hacer.

Ahí permanecí, sentada en la silla del comedor, comiéndome los otros trozos que no habían estado en contacto con la saliva de quien decían que compartía mi sangre. Me sentía tranquila, feliz, satisfecha conmigo misma. Sin soltar ni una sola palabra aquella noche, habían finalizado los insultos y su absurda forma de humillarme. Tan sólo quería que el tiempo se parara y que siguiera yo sola, comiéndome mi fruta, viendo alguna que otra catástrofe política en los informativos que aún no era capaz de comprender. Tan solo seguir allí, leyendo rótulos y comiéndome mi pera. Tan solo disfrutar de mi justicia momentánea.

Nunca sentí que las cosas fueran justas en la vida, y sin embargo mi afán por reivindicarlo se ha agazapado en mi mente y se balancea rítmicamente cual alienado de este mundo, esperando que las cosas tornen de eje, que el mundo se vuelva loco buscando su racionalidad. Hoy día, tal vez dieciocho o veinte años después, sigo pensando que las cosas deberían ser iguales para todos, y cuando no es así, me dan ganas de meter peras de agua en las faringes de la gente.

Aquel día, como otros tantos, volví a oír comentarios inútiles. Aportaciones sencillamente vacías, y un agradecimiento del profesor. Tras un examen, alguien alardea de su falta de estudio y su magnífica nota. Manda huevos, mira que hay gente inútil en el mundo académico, no quiero ni pensar en el laboral. Mi afán se ha vuelto tan fuerte que poco a poco ha ido aumentando de nivel y hacerse con una fuerte armadura y una gran espada para señalar las situaciones donde hay falta de retribución. Lo siento, me golpea el pecho y me grita “¡Cómo cojones puede ser eso posible, no se lo merece!” parece que yo misma me quisiera contradecir y sosegarme “no te sulfures, déjalo, es absurdo sentirse así, no tiene sentido, ni siquiera te afecta”. Claro que me afecta, por mucho que lo intento es imposible engañarme. Mi afán me embiste, trata de salir por mi garganta y mi sangre empieza a bombear por mi cuerpo de un color mucho más oscuro, hirviendo, quemando todos y cada uno de mis pensamientos razonables. Ojalá le vaya mal en la vida. Ojalá alguien descubra que no tiene noción alguna perdurable de todos estos años de carrera y simplemente le vaya mal, le desacrediten, le hundan, joder que le hundan, que vuelva arrastrándose y me quede sentada, me quite mis gafas de intelectual, pose mi copa de brandy (dios sabe si beberé brandy cuando sea la comandante de mi utópico mundo) en mi aterciopelado y rococó sillón, y le mire con lástima, con tristeza, con simple humanidad. Que se hunda en la maldita miseria por su ignorancia y personalidad de chupapollas arrogante.


Y sin embargo, todos estos pensamientos se me desvanecen, y se me olvida que no tengo que volver a darle los buenos días. Porque mi sangre vuelve a ser roja y mis ojos vuelven a ser verdes. Porque, a pesar de lo visceral que puede llegar a ser mi sentimiento, se me olvida odiar, y sigo comiéndome mi pera mirando al mantel de cuadros apenada preguntándome dónde estará en ese momento mi madre para que no oiga la de mierda que me está soltando, o sigo estudiando como una auténtica obsesa, esperando que algún día se nos reconozca a los que nos dejamos la piel en lo que hacemos. 

sábado, 19 de abril de 2014

Un marinero perdido, un viajante sin fronteras

Su respiración se ha terminado convirtiendo en un suave oleaje en una noche solitaria en la playa. Invariable, arrasa con su suave sonido el silencio vigilante. Su cuerpo queda sumido en su propio océano de paz, completa parsimonia al arbitrio de Morfeo. Sólo durante la noche somos capaces de rendirnos ante algo tan conocido como peligroso, tan inquebrantable en nuestras conciencias como inesperado en su mezcla con otros recuerdos aleatorios remanentes en nuestra imaginación, en nuestra retina transformada hasta el absurdo. Ella sin embargo, parece la sombra de un mar en absoluta calma.

Me quité las sandalias y hundí mis pies en su arena. Casi al instante me abrazó en un mullido descenso, guiándome hacia la orilla. La arena me salpicaba con cada pie que levantaba, con cada pisada que dibujaba trazos de mi presencia por aquel terreno intransitado. Estaba la superficie tan caliente como una noche de verano donde el viento sopla cantándote una melódica canción, junto con la hermosa voz de la luna como solista. Las olas dibujaban nuevas sombras en la arena, y justo cuando me tumbé a tu lado se percataron de mi presencia.

No despertaste, ni siquiera frunciste el ceño como los niños que quieren diez minutos más por las mañanas. Sabías que no iba a despertarte, y permaneciste en tu dulce ensoñación. La cama crujió ruidosamente cuando me tumbé, y me pareció que un gigante iba a destrozar el techo de la casa con semejante algarabía. Y sin embargo, tu cuerpo, de perfil, cubierto por ese fino pijama a dos piezas, seguía en su laboriosa tarea de permanecer impasivo a la luz de las estrellas.

Desnudo, en un par de zancadas me sumergí en el mar. Las aguas corrientes de las olas me hicieron paso en su trascurso, demasiado atareadas en llegar al otro lado de la orilla. Como si no fuera su asunto, me dejaban pasar, me empujaban detrás de ellas en unos cuantos toques alternos, hasta llegar a la zona sin actividad lunar. Hasta llegar a tu epicentro, hasta rodearte con mi brazo y unirme a tu respiración.
Buceé durante años hasta encontrarte, dentro de aquel inmenso mar que conforma la incertidumbre. 

Navegué por mil y una penínsulas y peñascos, islas abandonadas o pobladas por sucias putas que tan sólo querían mi afán por amar y encadenar un alma. Me sumergí en las aguas más oscuras guiado únicamente por un par de palabros tartamudeados por algún marino retirado del oficio, buscando tu luz entre la más completa inexistencia. Hasta que te encontré y te perseguí durante mil y un leguas, mil y una noches, y conseguí la efeméride de tu presencia a mi lado.

Eso me considero, un iluso soñador. Me encanta soñar que todo lo que me costó encontrarte desde aquel vistazo en el metro en esa tarde lluviosa no fue cosa del destino, sino labor de un servidor. Confiando en las coincidencias, en las probabilidades de que cogieras el mismo vagón en la misma línea a la misma hora otra tarde lluviosa. Y esa vez, tratar de hacerte mía con el valor de mis palabras y mis promesas.


Y aquí estás, mi dulce mar, mi sendero recorrido y por recorrer. Seguiré necesitando un par de mapas para surcar el intrincado recorrido desde uno de tus hombros hasta tu cadera, y desde una de tus rodillas hasta tu dedo pulgar. Mi brújula será inútil cuando me contemples bajo esos ojos centelleantes, bajo esa faz tan perfecta que me quita la respiración. Por cada uno de tus besos soy un marinero perdido, un viajante sin fronteras, un guerrero sin nada que perder. Soy la espada que sigue tus órdenes y que dará su acero por mantenerte en esta tierra. Porque mi vida sin ti perdió sentido desde que me permitiste adentrarme en tu océano y surcar la hermosa mente que conforma tu curiosidad por las antigüedades de cualquier mercadillo, las lámparas más oxidadas o los libros más decrépitos, y que en las noches de luna llena me cantas como los ángeles. Como una sirena que encontró la roca donde cantar por el resto de su vida, mientras con el paso de las olas va erosionándose, haciéndose a su forma, amándola por el hecho de ser ella. No somos más que locos sin fronteras, con un par de acantilados donde volar, lanzarnos al vacío con la única esperanza de sentir el viento en nuestra cara durante unos instantes antes de perder la conciencia y forma de ser. Somos capaces de dar nuestra cordura para no sentirnos solos en este mundo, porque cuando encuentras a tu ser en el infinito océano, eres capaz de olvidar que respiras oxígeno, y que tarde o temprano tendrás que salir a la superficie y a la aplastante realidad. 

lunes, 14 de abril de 2014

En casa de mi abuelo las judías se comen solas

En casa de mi abuelo todas las reglas que puedan haberse creado entre los comensales a lo largo de su histórica tradición, son nulas. En su casa, las reglas son dogmáticas, simples, y lo más importante, son suyas.

Las judías se comen solas. Todos permanecemos en silencio mientras masticamos y sorbemos de forma armoniosa, procurando armar el menor ruido posible, que se camufle con el  graznido repiqueteante de la radio y el zumbido del frigorífico procedente de la cocina. Yo miro mi plato, la cabeza siempre gacha. Mi abuelo preside la mesa, y al comienzo de la comida es él quien juzga la calidad de la misma con el primer bocado. Nunca está perfecta, siempre le falta sal o ha sido demasiada. El resto nunca dirá nada al respecto.

Hago demasiado ruido con los cubiertos. Cuando los dejo en el plato, chocan ruidosamente contra la vajilla haciéndome estremecer mi propio estruendo. Mi madre levanta la vista, severa, mientras avergonzado agacho aún más la cabeza hasta rozarme el pecho con la barbilla y las judías se vuelven enormes a mi parecer. Me siento avergonzado por mis pesadas manos, por lo sucias que tengo las uñas de haber intentado cazar ranas durante toda la mañana en el río que hay a un par de kilómetros de la casa, y por lo incompetente que llego a ser al no poder ser capaz de coger los cubiertos como un hombre. Y todos continuamos comiendo.

La radio farfulla propaganda política de la guerra. De vez en cuando, mi estólido abuelo gruñe algún que otro sonido reprobatorio y el resto responde con aquiescencia. Pienso que el silencio de mi padre es por puro respeto, y sueño con que un día le espete que todo lo que está viviendo el país es por culpa de gente toscamente engañada como él, por ser víctimas de un auténtico juego de borregos. Sueño, porque la comida nunca trasciende más allá de alguna interrogativa directa sobre si le pasan la sal o si le acercan una servilleta. Y poco a poco, con los días todo trasciende a algo mucho mayor.

Los bosques que hay cerca de mi casa ya no son tan tranquilos. Las grandes superficies de hierba ahora 
están surcadas por enormes huellas de neumáticos de los automóviles de los militares. Las ranas ya no salen a croar por la mañana, y de nada sirve que controle cada uno de mis pasos para hacer el menor ruido al pisar las plantas cerca de la rivera. Cuando llevo más de media hora agazapado entre un montón de juncos, justo cuando las ranas asoman la cabeza de nuevo, algún que otro camión cargado de gente me vuelve a espantar a todas mis futuras compañeras de verano. Ya ni me acuerdo del tacto de esa superficie gelatinosa que conforma su piel anfibia, ni esa forma tan alterada de mover su cuerpo al producir oxígeno. Ahora las nubes quedan oscurecidas por el turbio humo que sueltan los tubos de escape de la dictadura. Ahora el mundo se echa a dormir durante la opresión.

Como niño, mis preguntas son bastante simples. Por qué un día un grupo de señores quisieron hacerse con el poder a costa del resto del país. Por qué nosotros, simples habitantes de un pueblo alejado del mundo, tenemos que sufrir sus consecuencias. Por qué cada vez que vamos a casa de mis abuelos nos paran un millón de controles y miran a los asientos de atrás y al maletero con desconfianza. Por qué no me dejan tener unos días a una rana en un bote con un par de moscas y unos agujeritos en la tapa si luego la voy a soltar de nuevo en el río. Por qué mi madre ya no sonríe, y mi padre no hace más que leer el periódico y decirme cosas como que sentía que viviera en este mundo tan triste. Y por qué tengo la sensación de que todo esto no es más que el principio de un absoluto caos injustificado.

El viejo puente del pueblo que da a la parte derruida de los antiguos edificios abandonados apenas lo transitamos un par de niños aburridos después de comer, y todos nos sentamos a formularnos estas preguntas los unos a los otros esperando que los padres de alguno las hayan respondido, que la radio haya dicho algo más que esas frases repetitivas, o que los periódicos ofrezcan algo que podamos entender. Seguimos jugando hasta caer muertos del cansancio y de la risa, pero tenemos que irnos antes de que caiga el sol. Las noches de verano ahora las transito en mi cama mirando por la ventana cómo los gatos empiezan su jornada habitual. Otras noches he conseguido hacerme con el periódico de encima de la mesa del comedor e intento aplicar mis pocos conocimientos de lectura sobre los titulares encima de las fotos en blanco y negro, pero no entiendo absolutamente nada y todo es confusión en un mar de tinta. Es inútil tratar de entender cuando nadie quiere que lo concibas. Supongo que lo hacen por protegerme, por tratar de no preocuparme acerca de todo esto que parece ir tan mal.


Los días pasan y se vuelven más grises, y las comidas en la casa de mis abuelos siguen siempre las mismas reglas. Ahora hay menos judías, y la radio está más alta que otras veces. Todos se miran los unos a los otros inquietos, mientras yo miro a mi plato empecinado en sacar algo más de las grecas dibujadas en la vajilla aparte de unas flores en patrón. Porque en casa de mi abuelo no puedo mirar a nadie ni hacer ruido con los cubiertos. Porque hasta que no sea un chico mayor, las cosas no serán de otra forma.

viernes, 11 de abril de 2014

Época de simple ausencia

Tercera vez que borro un par de párrafos escritos hace apenas unos segundos. Hoy es de esos días que no escribo más que mierda.

Ese tópico del escritor frustrado, creo que se debe a lo mismo que a la falta de inspiración que puede sufrir un pintor cuando se le encarga el retrato más sobrio de la historia, o un músico cuando se le pide componer una cancioncilla para el bautizo de su primo el tonto del culo. Porque no le da la gana a su musa despertarse para semejante mierda. Y si te encargan un libro, porque no le sale de las pelotas ponerse a escribir sin sentir el tema con todo su ser.

El ser humano se guía por determinaciones, impulsos que él mismo va dibujando en el fondo de su alma y que de manera inconsciente terminan floreciendo un día totalmente aleatorio. Curiosamente -y eso es de lo que más me fascina de la mente humana- en los momentos más inoportunos es cuando la musa se despierta y, perezosa, acaricia tu mentón susurrándote bonitas palabras y temas auténticos para escribir. Justo, cuando tú no tienes tiempo para ella.

Y si la despiertas cuando está dormida, se enfada. Se arrebulla y gime algún que otro insulto o frase de prórroga. Porque no le da la gana, las cosas no funcionan así en tu mente. No es una fuente interminable y tampoco va a salir cuando tú quieras.

Cuando me refiero a lo inoportuna que puede ser, me refiero concretamente a situaciones cotidianas donde suelo estar rodeado de gente. En el Metro, en el autobús, cruzando la calle, rodeado de mi familia, en cualquier situación donde pertinentemente no tengo un teclado donde plasmarlo. Y me limito a posponerlo, a guardarlo en un cajón temporal en mi mente y prometerme que saldrá tan bien, tan espléndido como me lo dijo mi hermosa musa en ese momento.

Pero la muy puta no soporta que la pospongan. Es orgullosa, reticente y tan sólo quiere ser objeto de tu admiración. Si no estás en aquel instante en el que te mira de esa manera, de “vamos a escribir algo tan bueno que ni lo reconocerás cuando lo leas en un tiempo”, quiere que te arrodilles desesperado y cojas cada una de las palabras que salen de sus labios dibujados por un pincel tan suave que apenas se ve una correcta transición con su piel. Si estás acostado, tumbado en la cama mirando a la nada, quiere que la mires en la oscuridad y materialices sus susurros, y si estás en el Metro cansado del día que has tenido, quiere que susurres en bajo mientras te pones a escribir como un auténtico psicópata mientras las paradas se difuminan entre fuertes sonidos de máquina parlante. Es tan suya, como lo anómalo que tú puedes llegar a ser.


Mis maravillosos tópicos, objeto de tantos escritos a lo largo de un conglomerado de años, son siempre los mismos. Hombres atormentados, mujeres tan hermosas de cuerpo y espíritu como inalcanzables, etéreas y desfragmentadas en la oscuridad, una sociedad tan destruida que tan sólo quedan gritos ahogados en la soledad, un mundo que se derrumba con cada ignorante que suelta un tópico más en los medios de comunicación, un texto que surge de situaciones tan absurdas como mirar a la ventana en una mañana demasiado silenciosa y toda una serie numerada de situaciones de las que nunca he llegado a trascender. Tal vez sea por mi pesimismo actual, porque a todo el mundo le habrá dado por mostrar su alegría de vivir entre botellas y sonrisas opacas, o porque simplemente hoy estoy cansada de mi forma de escribir. Mi musa yace dormida entre los cojines, su silueta se dibuja entre los parpadeos de la luz sacudida por la noche. Ahora me uniré a ella, abrazándole por la espalda y acompasándome a su respiración. Seguramente me gruña que no quiere escribir, pero hoy no me ha hecho falta para hablar de lo mucho que extraño su íntima compañía.

jueves, 20 de febrero de 2014

Cuando uno se harta del postureo de mierda

Delirando un poco por Internet encontré un vídeo realmente humillante, bajo el título de “20 cosas que una chica en sus veinte NECESITA tener”; el vídeo numeraba cosas tales como un amigo al que mandar mensajes cuando estés borracha, un buen sujetador deportivo, un biquini que te quede bien siempre, una película favorita que no sea El diario de Noah o un outfit fantástico para las entrevistas. Vale... ¿Qué cojones le pasa al mundo en la cabeza?

Será porque estoy en mis veinte (recién entrada, y ya me deprimo cuando los sitios a los que voy con mis amigas cuando no hay tiempo para algo más trabajado están llenos de niñatos a los que saco siete años que me miran con arrogancia) o será porque no soy el prototipo ideado por las marcas centradas en la mujer (dentro de lo que considero una extensa mayoría), pero creo que cualquier persona en sus cabales encuentra en este vídeo un contenido de mierda, y especialmente ofensivo cuando pone que estas cosas las “necesita” o las “debería tener” en esta época. Simplemente fantástico que podamos ser resumidos en tan poquita mierda y en un minuto y medio.

Siendo consciente –aunque siempre teniendo en cuenta que me tomo demasiado a pecho las cosas- de que este vídeo es una forma barata de añadir visitas y de ir escurriendo el bulto mientras se va creando contenido un poco más desarrollado, no dejo de pensar últimamente -ahora que mi cerebro anda más despejado dentro del nivel usual de presión y como consecuencia de granos emergentes en mi cara- en lo que estoy escribiendo en ese libro de tapas duras y lustrosas que conforma la vida de cada persona. Lo que se escribe tanto por lo que se hace, como por lo que se deja de hacer, y ésta última cuestión viene a ser mi problema más elemental. Qué ocurre realmente con los tópicos de los veinte.

Esos años maravillosos, de juerga completa y despelote de acuerdo con los arquetipos, de no acordarte ni de la mitad y de vivir a lo yolo o carpe diem cuando en realidad no se tiene ni puta idea de lo que está haciendo uno con su vida. Depender hasta el último extremo de dejar constancia en las redes sociales para que toda la maldita humanidad se entere de que estás disfrutando de tu vida al máximo y que valoras a tope cada momento e hito de tu vida cotidiana, y que sin embargo dependes tanto de su aprobación que cuando no se tiene capacidad para comprobarlo caes en una especie de ansiedad creada por la clase media alta y las gilipolleces que aún quedan por inventar. Me encanta saber que esto no me pasa, pero también me frustra un poco como concepto que la gente pueda llegar a entender que todo esto es la verdadera juventud.

No puedo dejar de recordar el momento en el que me senté ante esta misma mesa, y poniendo una de mis canciones preferidas ya desde que Kiss FM era la emisora del coche por antonomasia en los viajes a lo largo de la península, me puse a escribir el discurso de graduación, y empecé a pensar en la vida que tendría en la universidad. Siendo realista, ni imaginé nada de lo enumerado anteriormente, sino en esencia, descubrirme más. Asumiendo por ello que conservo mi base porque de vez en cuando echo una mirada retrospectiva y veo que no se ha producido un giro drástico en mi mentalidad, y que de ahí he ido construyendo, modelando y perfilando lo que soy y voy siendo, creo que por ahora se podría decir que voy bastante bien.

He conocido a gente realmente despreciable, me han rechazado como amistad cuando soy de las personas que más valora a esos entes aunque no siempre estén a tu lado, y me he dado unas cuantas ostias psicológicas que con las paladas continuas del tiempo se han ido sepultando poco a poco para dejar una mella considerablemente saludable en mi mente (excepcionando por ello los múltiples defectos, las experiencias fatales de vez en cuando revividas por mi perversa mente cuando ve que estoy en un plan de pacifismo mental, así como esa risa estúpida que me sigue saliendo en las situaciones sociales tensas o cuando saludo a alguien al que no conozco con una voz de infante perdido en un supermercado). Supongo que a fin de cuentas, los veinte son la década de sentar lo que quieres que conviva contigo durante el resto de tu vida.

Desde algo tan obvio pero a la vez tan espinoso como es elegir el empleo o actividad a realizar en tu vida, hasta algo tan banal como puede ser la canción que quieres escuchar en la hora tonta o lo que quieres hacer mientras te lavas los dientes. Desde algo tan importante como quiénes van a ser las amistades que van a permanecer fieles a tu lado, no importa qué o cuándo, hasta quién va a ser el hábil ser humano que encontrará tu fuente interminable de placer y encanto, así como el que soportará tus peores estados mentales. Desde quién será esa o esas personas a las que no te cansarás de ver en el mismo restaurante o bar y hablar de las cosas más típicas y superficiales como consecuencia de un cansancio prolongado y simplemente unas ganas de estar, hasta la disposición de las cosas en tu habitación o el formato de letra que mejor te entra de tus apuntes. Desde tu escritor preferido, tus citas permanentes o tus lecturas por descubrir, hasta el estilo de música (o los estilos, por supuesto) que te acompañarán durante tantas veladas y tardes de tranquilidad, o tu jodido estilo de cine preferido (ah claro, que como antes mi película preferida era El diario de Noah, no puedo abarcar más de acuerdo con los estereotipos...), y sin mencionar a la minoría verídica que realmente nos vuelven locos los videojuegos, la plataforma idónea o la conservación de las que nos enamoraron a lo largo de los años (así como de esos juegos idealizados de nuestra niñez y adolescencia). Son tantas, tantas cosas que a mí me parecen millones de veces más importantes que las soplapolleces estereotipadas que iba escupiendo ese vídeo, que simplemente me dan ganas de gritar al mundo que se esfuerce un poco más por vivir.

El yolo cada vez es más simple, gilipollas y de postureo que ha llegado a ser en algún momento de la historia, donde era muchísimo más importante sobrevivir a un periodo de recesión, aguantar la contienda o el absolutismo o salir de una fuerte crisis financiera como consecuencia de un exceso de confianza crediticia. Es la época más pacífica de la historia, y a la vez la época de mayor hipocresía, gilipollez e ignorancia consentida por parte de la humanidad. No sólo uno se siente orgulloso de no saber bajo el pretexto de que “es su opinión y por ello está blindada contra el resto de ideologías racionalmente argumentadas” sino que no se tienen ganas de dialogar, debatir y conocer la situación actual, adentrándonos poco a poco en la alienación más burra que pueda haber; la de las personas que teniendo la fuente más extensa de información (y peligrosa por el otro lado precisamente como consecuencia de esa maravillosa y desmesurada libertad de expresión), le dan la vuelta y acarician su cubierta de plástico cutre en vez de ir escrutando las grandes raíces de los pensamientos racionales.

Porque hoy día se tiene más éxito con un traje  de vendebiblias y un libro firmado por el profesor, o con una sarta de palabrerías redundantes y que llegan hasta el vómito gracias a una vez más la forma cutre de adaptación por parte de España de sistemas educativos europeos (en los que se intenta equiparar las manzanas con las tiras pegajosas para atraer a las moscas que se ponen en las terrazas del caluroso verano español) donde únicamente se valora la gilipollez y el inoportunismo, cada día se van creando más gente aprovechada, gente que sólo se guía por su reconocimiento por los que ponen las calificaciones y las nóminas y no por realmente aprender algo de la asignatura o del trabajo a realizar. Porque en España se valora más un puesto fijo para el resto de tu maldita vida sellando formularios o tirando el cambio a los clientes que un fomento de un proceso de aprendizaje, desarrollo y cultura general, así como una introducción a la vida política decente, y no una puta sarta de discursos de mierda tras los cuales grandes masas de corderos aplauden al presunto pastor. Porque siempre acabo expeliendo veneno sobre la ignorancia expandida o la educación decadente, una vez más la cosa ha ido más allá del vídeo de mierda que me ha dejado con una expresión un tanto lamentable acerca de lo que le depara a este lugar que dice ser mi tierra de origen, y pido disculpas por mi continua repetición, esta vez reconocida.


jueves, 30 de enero de 2014

Esa carita sonriente del mechero del respaldo del autobús

Supongo que mi mente necesita comunicación cuando incrementa las visitas al compañero reflejado en el espejo del baño.

Últimamente mi mente flota más de lo exigido, y por ello debo entender que circula un poco a contra norma, como le sale de los cojones, y justo cuando la necesito se sienta en el verde prado de la imaginación y comienza a pensar en cosas que no me suscitó en meses enteros de relativa libertad académica, mientras masca un poco distraída la típica espiga de trigo.

Pienso, y las cosas se complican. Veo a mi sobrino de dos semanas y envidio su vida completamente nueva por descubrir. Un lienzo blanco sin prejuicios, sin preocupaciones, sin decisiones importantes que tomar con el riesgo de CAER estrepitosamente a largo plazo. Una caída suspendida, como una piscina sin fondo de cuyo borde te resbalaste sin siquiera darte cuenta. Porque así es la vida, no avisa la muy cerda, y cuando quieres darte cuenta estás en el puto fondo en un golpe sordo, con la imagen emborronada por el agua oscilante.

Tal vez lo borroso sea por mi miopía, o por mi propia alienación. Una alienación consciente, lo que sería una negación en toda regla. Me convenzo, como los animales domésticos, de que realmente vivir enjaulada está bien, se está seguro y no surgen las complicaciones propias de la supervivencia. Para qué, pudiendo recibir un calentito plato todas las tardes y un pequeño tap tap en la cabeza.

Me convenzo de que la vida va tal y como esperaba, de que las cosas no podrían ir mejor, y que si mi cuerpo físicamente se niega a hacer algo no es porque no me guste (¡no por favor!), sino porque soy vaga. No soy productiva, no soy eficiente y mucho menos soy un factor productivo digno de una empresa que ahorra en pérdidas innecesarias de tiempo y recursos. Soy la denominación en toda regla de lo que viene a ser una persona que nunca estará satisfecha de lo que hace.

Porque lo hace mal, porque lo hace lento, porque siempre lo podía haber hecho mejor. Soy el padre hijo puta de las películas americanas que exigía tanto al hijo que éste le mandó a la mierda y se hizo violinista callejero, o se fue en un viaje por todos los Estados a más no volver. Soy esa voz que me reprende por no estar estudiando, por no estar haciendo lo que todo el mundo debe estar haciendo en este mismo instante. Soy la angustia de la uniformidad, y no sé si viene a ser peor el hecho de que soy consciente de ello.

Me miro, y me río. Porque no queda otra, es tan sencillo. Contemplo mi ignorancia relativa, mi interés parcial y mi dedicación desconcentrada, esparcida en un montón de botes de diferentes especias y procedencias. Mi ansia por todo, mi dedicación a lo absurdo. Me propongo hacer un viaje a la montaña y me paso los días contando las judías que se colaron bajo las raídas tablas del desván. Simplemente maravilloso, cómo veo la forma tan surrealista que puedo llegar a tener de ver los días oscurecerse. Yazco inerte, inmóvil, cansada y hastiada de no hacer según yo una puta mierda decente; todo mal, lo poco que he hecho. Algunos días me consuelo diciéndole a la yo del espejo que es por culpa de la sociedad, o la educación, o los cereales con alto contenido en fibra.

También le digo que tengo algo especial, y que simplemente ahora no será el momento de que florezca de verdad. Le digo tanta mierda que creo que un día dejará el espejo de reflejar y se volverá opaco. Le suelto tanta mierda que creo que un día me caeré de rodillas gimoteando cual toxicómano sin su dosis de la tarde. Le suelto tanta mierda, que hay veces en las que paro de hablar, miro mis ojos inexpresivos, y veo mi imagen alejarse y apagar la luz tras de sí.

Odio a tanta gente que me siento orgullosa de a quienes amo. Es así de simple, mi faceta de sociópata viene a ser una negación del profundo rechazo que puedo sentir de la sociedad. Siento que mi expresión cambia en la realidad, y me miro desde fuera, tras haber sido ignorada, tras haber sido engañada (algo tan común en la vida académica) y tras simplemente estar sentada sola esperando al autobús. A veces trato de buscar al yo que espera en las dársenas y tratar de adivinar su vida, y si realmente se está haciendo la interesante, y en realidad gritando por algo por lo que sentir que se le eriza la piel de puro éxtasis mental. Hay veces en la que me miro desde fuera, y pongo cara de lástima, autocompasión, porque mi mundo se basa en un edificio donde tengo tres o cuatro cosas que realmente valoro y por las que he luchado con mi vida y la daría por ellas, y todo mi palacio es un montón de estiércol secado al caluroso atardecer de las noches de verano. Al menos sé, que cuando llegue el invierno la lluvia acabará con mis arquitrabes. Al menos lo sé, aunque no haga gran cosa por evitarlo.

Debo estar pesimista hoy, porque siento precisamente esa sensación de que no merece la pena hacer lo que hago. Creando objetivos a corto plazo para sentirme bien conmigo misma “Bien, vale, he hecho lo que quería y que era claramente exigible, y ahora qué” me diré dentro de dos jodidas semanas. Ahora, querida, vuelta a empezar.

Y será entonces cuando llore cual esquizofrénica por un mundo que no me comprende y una boca que habla antes de pensar. Será entonces cuando maldiga, insulte y agreda a quien deseo estampar la cara contra la pared gritando que no soy gilipollas y que merezco respeto. Gritar que espero recibir una cantidad equivalente a lo que doy, y todo aquel que no lo aprecie será carcomido por la puta  arrogancia y el desprecio indirecto. Hay veces en las que me creo que hago algo con todo esto, y que un día se darán cuenta. Maldita ignorante.

Y si fumara, estaría fumando, del mismo modo que si necesitara la típica copita de vino americana (que dudo de su calidad dada la cantidad que tienen) después del duro día, llevaría dos botellas. Cuán cruel quiere ser mi existencia conmigo misma, y si no supone un reto me río de mi inconsistencia.


Heme aquí, cuando en realidad debería estudiar unas 15 páginas más. Un poquito más, y vuelta a empezar. Vamos, yo, que quiero verte dentro de dos semanas cogiendo el bus con esa cara de gilipollas que traes tras salir del abaratado metro. Quiero verte esa cara de imbécil que pones cuando oyes a la gente diciendo que hacen millones de cosas más que tú, y que incluso se califican de felices con su vida. Quiero verte ese cambio de expresión cuando el autobús abra las puertas y te encuentres de nuevo mirando las marcas del mechero en el plástico derretido que los canis de tu zona hacen en los asientos, con expresión completamente neutra. No la de los asientos, porque esa es sonriente por la forma del mechero, sino la tuya. De absoluta, y completa ausencia de motivación.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Conformismo bajo coacción

Jueves, Ocho de la mañana. A estas horas ya estaría andando desde la parada del Metro hasta la facultad. 
Esta mañana, las cosas son diferentes, y tengo tres horas para estudiar. Tengo sueño, y ahora mismo el ensañamiento no me tienta lo suficiente como para estudiarlo mejor. Así que rebusco en mis documentos, el cajón desastre de mis escritos.

Tanta fortuna que encontré un documento escrito cuando iba a Primero de la carrera, hace ya dos años; una reflexión deprimente sobre la nueva vida y estilo universitario, sobre lo inmunda que se puede considerar la compañía rivalista. He de reconocer que hay veces en las que sé que esas palabras son mías, pero no recuerdo la oscuridad de su contexto.

Dos años han pasado, y tampoco habría mucho más que decir. Lo que sospeché se hizo cierto, y las compañías se fueron matizando; unos más, unos menos, pero la misma tónica en general. Rivalismo, competencia, mierda, mierda por todas partes. Pues ahora súmale la falta de respeto de ciertos profesores.

Siento cierta debilidad por el arte de la enseñanza. Cuando veo a un profesor entrar el primer día voy elaborando un perfil, un boceto de sus rasgos principales para poder determinar si es un buen profesor. En la materia de Derecho, la repetición constante de generaciones que durante años siguen teniendo el perfil de postergar los estudios hasta lo más prorrogable deben haber creado, sin duda, un aura de cansancio en los magistri españoles de universidades públicas, que tienden a pagarla con los pobres ignorantes víctimas de Bolonia. Si pudiera comparar la adaptación de Bolonia a mi universidad y especialmente a mi carrera, sería como si a uno de esos ancianos de principios de la década le empiezas a enseñar cómo funciona un ordenador, la inmensa era de Internet y la evolución de la industria del videojuego y del grunge en las últimas décadas en tan sólo una semana. Tan absurdamente inabarcable, como absurdo en su aplicación práctica.

Se nos exige participación, asistencia y servidumbre a los caprichos. Sinceramente se creen que al llegar a nuestras casas nos dedicamos a comernos los mocos y preguntarnos qué haremos el fin de semana. Nunca, nunca hay razón de menos como para ponernos trabajos de más, y siempre, siempre hay una excusa por la que restregarnos la mierda de poca diligencia que tienen los estudiantes españoles. Nunca estudiamos lo suficiente, y a un ritmo de dos o tres trabajos por semana de extensión considerable, exposiciones y controles por tema aún tenemos que llevar el temario de la lección del día siguiente más que resabido. Todo controlado, nada dominado en la maestría.

Incompetencia, arrogancia y falta de escrúpulos a la hora de mandar. Últimamente me encuentro con profesores que más que exigir respeto por su cátedra o doctorado esperan que les limpie la baba mientras duermen y les haga el desayuno por las mañanas mientras plancho la colada de toda su familia, ignorando el resto de cosas que pueden conformar lo que consideraría mi vida; recuerdo que este año me planteé retomar el teatro, y no me he vuelto a acordar del tema hasta que a mediados de noviembre tengo el calendario lleno de advertencias de estudio, prácticas y exámenes por delante, y me pregunté si tenía algún proyecto a comienzos de año. La carrera es, literalmente, una carrera sin pausa, sin un puto respiro para valorar lo que te estás haciendo, lo que construyes a tu paso, sin una consideración por parte de quien debería ser tu mentor. Enseñanza sobrevalorada, porque no es más que arrogancia de sus estudios y miles de artículos en toda España, Europa y Estados Unidos, mientras sólo aprendes a permanecer tres horas sin pausa sentado en una silla y con cara de no querer suicidarte y esparcir tus sesos por su estúpido traje y corbata chillona.

No hace demasiado vi uno de esos especímenes de los que pocos quedan (de hecho, sólo habré visto dos o tres en mi vida universitaria de cerca de treinta profesores) que son profesores entusiastas. En materia más teórica que práctica, se les reconoce por su hiperactividad, por su energía plena y por ese leve saltito que hacen al pie del estrado, como si en cualquier momento se fueran a sentar a nuestro lado y explicarnos el arte de la materia que enseña. Esos, son los auténticos mentores, los que te acompañan y viven ese cuatrimestre contigo, por muy complicada que sea la materia objeto de inyección. Lo pienso y lamento la vez que no supe apreciar a uno de ellos por ser mi primer año en la universidad. El otro día tuve el honor de recibir la clase de uno de ellos sobre el artículo 464 del Código Civil y casi me echo a llorar a sus pies pidiendo que me acompañara al menos el resto del curso.

Porque los profesores nos pueden tratar mal, pueden no sólo pasar de nosotros sino odiarnos, como si le obligáramos a continuar en la enseñanza de algo que termina hastiándole. Qué quiere que le diga, de verdad, el Estatuto del Estudiante al parecer es una baza para poder violarnos a horas más que extralectivas y con todo tipo de pruebas y exámenes en nuestro tiempo de estudio en casa. Qué quiere que le diga, si no le gusta, deje la enseñanza.

No es tan horrible darse cuenta de que no estás siguiendo el camino que deberías, a veces la vida te lo deja justo en tus narices para que reacciones de una maldita vez; gente que profesa la fe lo interpretaría como señales, yo sólo veo consciencia mental de que no eres feliz. La visión del mundo depende enteramente de la actitud que lleves por él. Si hay estudiantes que te odian… creo que no hay mucho que enlazar.

Sin duda, depende de los estudiantes, y si son unos hijos de puta que te denuncian a la mínima bien puedes acogerte a ese Estatuto y darles bien por culo, en eso estoy de acuerdo. Pero, estudiantes medios, que van a sus clases, cogen apuntes y a los que ves una expresión de profundo cansancio en su mirada, no vendría mal que les preguntaran de vez en cuando si les viene bien esa última práctica, decisión o mandamiento incondicional. Sólo es una sugerencia, una sugerencia de alguien que ha conocido tanto la buena como la mala fe de los profesores.


Nada, las ocho y media y me vuelvo a los asesinatos, materia cuya profesora me martiriza por ser una fortuita ignorante. No tiene la culpa, simplemente no tiene tiempo; y una mierda, he visto profesores que han hecho lo imposible en menos tiempo y no me han llegado a dar ganas de llorar ante su falta de empatía. Sigo echando veneno por mis palabras, y sigo con esa sensación de injusticia cuando termino de escribir. Supongo que el día que la tenga, será que he perdido ese espíritu rebelde e inconformista, que siempre trataré que parta desde una base de respeto mutuo; que luego ya se pasen de ese límite, es el pasaje a la crítica, claro está.

Buenos días por la mañana ;D