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Esperar en un mundo que no trasciende de una puerta de mierda

sábado, 26 de noviembre de 2016

Crónica de una mierda

Miré la piedra, esa que cogió de la orilla un día y me dijo que me la regalaba por la forma y los colores que tenía.

La cogí, sentí su peso, y de pronto la encontré increíblemente inútil. Símbolo de algo que me había esforzado por mantener en esa estantería para nada. De lo que yo había venido haciendo todo ese tiempo mientras el mundo me mostraba la falta de respuesta.


Imagino mi expresión de indiferencia mientras me di la vuelta con la piedra en la mano y abrí la ventana. En ese momento mi mente no decía nada, tan sólo me transmitía esa orden, sin mayor trascendencia. El aire frío del lluvioso día entró en mi habitación en el breve momento en el que abrí la ventana completamente. Localicé un punto en el jardín donde perder esa puta piedra y no volver a verla jamás en la vida y volví a sentir una vez más el peso de ese estorbo antes de lanzarlo con la fuerza suficiente como para que llegara al otro extremo del jardín. La vi describir una suave parábola antes de perderse entre la oscuridad de la hiedra. Tan simple, tan rápido, tan sencillo. Una pequeña muestra de lo que debería haber hecho con todo lo que lleva grabado su nombre y quedarme con un cuarto vacío si hacía falta.

Gracias por toda esta mierda.

jueves, 13 de octubre de 2016

What about those days

Esos días en que el mundo grita en silencio. Cuando quieres escuchar y no oyes nada. Salvo a ti. Tu eterno compañero. Hasta el fin de tus días.

He perdido un pedazo de mí por el camino. Lo siento, siento su ausencia. Acaricio la marca que me ha dejado, como una dentellada. La acaricio y todos los recuerdos vuelven en ráfagas. Voces, risas, frases congeladas. Ahora sin sentido. Vacías.

La reconfortante sensación de enterrar tu cara entre tus manos y soltar un llanto desgarrador. Soltarlo todo, oírte sufrir. Y sentirte mal. Querer abrazarte, ayudarte y decirte que todo saldrá bien. Que un día vendrá ese que llaman tiempo y que de alguna manera maravillosa cubrirá esos amargos recuerdos de un borroso manto. Traslúcido, nunca opaco, siempre presente. Ojalá se hubiera llevado eso y no ese pedazo de mí.

Me río al pensar qué mierda me deparará ahora la vida. Si tiene otra de estas preparadas, guardadas en un cajón lista para ser estampada en mi cara. Cuando vaya andando por la calle, sin destino fijo, y de repente me suelte el ostión. De esos que te obligan a recuperar el equilibrio, que te quedas como gilipollas porque no lo habías visto venir. A ver cuándo cojones me va a soltar otra de estas.
A lo mejor no debería confiar en nadie. Sería la opción fácil, ¿No? No volver a entregar tu corazón. Ese que ahora lo tengo frío, cubierto de escarcha, que sólo suspira un par de palabras al día entre un mar de sufrimiento. A lo mejor debería aislarlo del mundo para que no vuelva a sufrir. Sería lo justo, porque no se merece nada de lo que le ha tocado vivir.

Igual debería dejarme llevar, inerte sobre una corriente que no se para a pensar en mis problemas. Flotar como me encantaba hacer en la piscina de mi amiga, con el suave sonido del agua como banda sonora. Igual encuentro nuevos lugares en los que olvidar mis pensamientos y despedirme de mi puta soledad. Y mientras tanto, dejar que mi corazón se cure él solo con ese al que llaman tiempo.


Jamás me sentí preparada para afrontar esto. Touché, igual me lo merecía por imbécil.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Que no, que todo es mentira

Cuando pensé que habían pasado tantos años que su propio peso había depositado una gruesa capa de cemento sobre mis recuerdos, de pronto vino un “Seguro que le hubiera encantado conocer todo esto que estoy viendo”. Así, de repente, una bofetada fría e inesperada que me llegó al puto corazón, estrujándolo. Los ojos se me cubrieron de lágrimas con el sólo pensamiento, una suave voz que me sugirió la situación tan entrañable que hubiera vivido con ella. Me falta el aire, siento que he perdido cualquier forma de vivir que no sea bajo la sombra de su recuerdo, y eso me mata. El dolor no disminuye, se esconde, se va a dormir un tiempo, pero nada garantiza que una cruda mañana de café y cigarro, o una noche a la luz de una lámpara arropado por una melodía de piano, se acerque y te abrace, se introduzca en cada uno de tus poros y llegue hasta lo más profundo de tu ser, arrasando con toda aquella esperanza de que algo fuera a cambiar.

He cambiado, sí, porque no ha habido otra forma de seguir. Porque no puedo salir a la calle y no confundir el pelo ondeante de una chica que pasa con prisa con el suave movimiento de cabeza que hacías cuando te inclinabas hacia atrás en una ruda e íntima carcajada. Porque no puedo poner una cafetera sin sacar dos tazas, porque el pulso no me deja de temblar cada vez que las cortinas simulan por un breve instante tu silueta sentada ante la ventana. Nada ha desaparecido, la vida sigue igual, y hago todo lo posible por no caer presa del pánico que me abruma cada vez que ansío tu vuelta, así que cubro todas mis puñeteras emociones con una gran capa de conformismo.

Cuando uno se enamora, se siente como un arma de doble filo: de un lado, la euforia de poder compartir tu vida con alguien, confesar cada una de tus viles manías y recónditos secretos, poder ser tú mismo sin importarte qué piense en qué momento si no es bajo el sentimiento general del cariño y deseo. De otro lado, el temor a que todo aquello que has dado haya sido un error, y te encuentres solo, desnudo y sin uno de tus secretos a salvo, con un pedacito menos de vida en manos de otra persona, que se lo llevará a su otro amor y lo integrará en su pasado. Sólo un necio se preocupa de aquello que no puede controlar, y aun así uno no puede evitar pensar en esas situaciones en esos momentos en los que cada uno parece de un planeta.


Supongo que ese es el precio de abandonar la razón y abrazar tus deseos más puros, conseguir aquello que anhelas y permanecer ahí, durante el mayor tiempo posible. Ser tú mismo durante unos gloriosos años hasta que una fuerza fortuita se lo lleva todo, te da una paliza y te quedas desnudo en la calle sin nada ni nadie a quien aferrarse. Qué fácil es decir “levántate”, pensar que hay otra oportunidad que merezca la pena, y obviar el camino más tentador que es el de la soledad teñida de rencor y resentimiento. Renegar de la humanidad y fiarse de uno mismo, cuando la mente no está obnubilada con anestésicos varios. Confiar en que únicamente de esta manera no volveremos a sufrir, y permanecer el resto de nuestras vidas imaginándonos aquello que nunca estuvo pensado para nosotros.

martes, 10 de noviembre de 2015

Who tought you how to fight

Desde pequeña entendía que había un orden en las cosas, una situación deseada, y para mí normal, en la que todos tienen igualdad de condiciones, y en el momento en el que alguien se encontraba en una injusticia, había que luchar. Libros de héroes que salvaban a poblaciones sometidas por un villano, películas en las que la gente alzaba la voz y se hacía oír más allá de la opresión, gente que se levantaba cuando les asestaban un último golpe que les dejaba en el suelo, y que tras muchos infortunios acababa en un final feliz. Luchar, por la igualdad, por un mundo que grita justicia, por una situación en la que el consenso sea la razón de ser de las decisiones. Menudo gran trozo de mierda.

La primera vez que conocí a mi compañero fue un día de tantos en el que volví a casa hastiada, en una de esas ocasiones en las que no pude hacer nada, en las que unos se beneficiaban más de otros y estos permanecían callados. Estaba enfadada, sentía que la ira me hacía hervir la sangre que, borboteante, me golpeaba con fuerza los oídos, gritándome que hiciera algo. Tras dejar mi pesada indignación sobre la mesa, mi padre me miró fijamente, y me dijo con voz pausada algo que tenía que empezar a asumir: a veces, no merece la pena luchar. Me sorprendió que mi padre dijera eso, que simplemente asumiera que hay gente cuyas convicciones no se pueden cambiar, y que llega un momento en el que uno sale más jodido por el simple intento de cambiar las cosas. Me quedé callada, masticando cada palabra, mientras sentía que mis principios y convicciones perdían fuerza poco a poco. Como si de repente, toda mi furia fuera absurda.

Con el paso de los años, he sentido a ese pensamiento acercarse, sentarse a mi lado y tomarse una copa conmigo cada noche, dejando poco a poco un enorme peso sobre mis hombros, sobre mis brazos, sobre mi cabeza. Para que cada vez me cueste más levantarla, y no me esfuerce siquiera por intentarlo.

Hay gente que directamente es gilipollas, y no puedo hacerle nada. Pensamiento por cortesía de la humanidad. Hay gente a la que le resulta más sencillo chupar sin rechistar, meterse la polla hasta el fondo sin preguntarse el porqué, y simplemente asumir órdenes, porque sí. Porque eso de hacer valer los principios de uno mismo parece demasiado, ¿Para qué, pudiendo ganar la estimación de los grandes hijos de puta que dirigen la sociedad?. Esos hijos de puta guiados por el egoísmo, los propios intereses, la amistad que huele a mierda, esa que se usa un par de veces y en cuanto no tiene utilidad se tira a la basura, la dejas en una esquina para que la coja otro al que le interese volver a abrir sus piernas. Hay gente que concluye que sale mejor ser utilizado, por dejar de escuchar esa vocecita que probablemente tengan amordazada en su cabeza, para evitarse problemas, para morir al lado de alguien que piensan que merece la pena. Supongo que no puedo hacerle nada, y que sólo me queda contemplar el gran burdel de la vida.

Mi gran compañero me mira, expectante, buscando algún signo de reafirmación. Un "te lo dije", un "para qué sigues intentándolo". Es LÓGICO dejar de luchar, ¿No?, bajar la cabeza y la voz, y empezar a chupar como el resto. Porque la aprobación social está al orden del día, y si a uno no le miran a los ojos unas cuantas putas ya debe sentirse mal. 

En esos momentos, tras haber recibido unas cuantas ostias, no me queda más que reír. Joder, cómo que para qué, pedazo de cabrón. No lo hago por mí, lo hago para sentir que hago algo por este puto mundo. Pensar que hago algo más que mirar al mundo esperando que por mi anónima presencia alguien repare en mis escondidos talentos, un príncipe azul surga de la oscuridad y me lleve con los ojos vendados, rescatándome de mi miseria. Pensar que valgo algo como persona, y no me limito a chupar pollas de personas que supieron con habilidad manejar la gran mierda que es la sociedad, porque eso se lo aplaudo; definitivamente, requiere mucha habilidad y frivolidad manejar a la gente.

Ahora mismo siento mi sangre oscura, espesa, trabarse en cada esquina de mi cuerpo corrompiéndolo a voluntad. Siento que lucho por sacar pensamientos positivos dentro del vacío del día a día, dentro de la maldad generalizada y de la falta de empatía de personas que se supone que defenderán los intereses de otros, y que en cualquier momento podría acabar despedazando a los cuatro hijos de puta que van amargando la existencia de varios. Me imagino que no queda otra, recibir las ostias correspondientes y los aires de superioridad de quienes piden el periódico a otros y no van ellos mismos a por él, pero sentir cómo mi compañero se sienta incómodo en el asiento y espera a otra noche en la que entre desesperanzada para ofrecerme una copa. Por fortuna, después de un oscuro día, tras salir una vez más de la interminable ciénaga con las botas embarradas, recuerdo que hay gente por la que merece la pena luchar, y que te hace recobrar la fe, en cierto sentido, en el ser humano, que comparten tu opinión y te dicen que son idiotas. En algún momento de la vida es cuando uno se da cuenta de que debe aprender a luchar, y a encajar ciertos golpes imposibles de esquivar y que no puede evitar que surjan.


sábado, 11 de octubre de 2014

Elegía

La carretera transcurría, curva tras curva, dibujando el mismo paisaje, con pequeñas variaciones en la distancia.

La misma música, la misma canción. El sol brillaba con el esplendor de la mañana, y el coche volvía a describir otra curva. Mi hermana no tardaría en marearse y balbucear a mi padre su malestar con la mirada perdida. Yo respiraba hondo y trataba de no mostrar empatía, mirando fijamente al horizonte y pensando en lo que quedaba hasta llegar.

No recuerdo si habrán pasado ya casi diez años desde aquella escena, o si fue la penúltima vez que toda la familia fue a aquella casa. Pero lo recuerdo como si fuera ayer, y es lo que más me duele, porque la herida no deja de sangrar.

Hace una semana, la misma carretera no brillaba. No oía la misma canción, no pensaba en que en dos horas estaría en casa de mi abuela y que ella me daría un fuerte abrazo mascullando entre lágrimas lo mucho que habíamos crecido. Tenía el corazón en un puño, lo sentía botar en mi pecho intentando salir mientras el coche se acercaba a aquel horrible instante. Tenía pánico, no quería afrontar lo que iba a suceder, no quería verla débil y quebrar todos mis recuerdos. No quería asumir que el tiempo acaba con el ser humano y se lo lleva de esta existencia, para grabar a fuego y sangre sus pasos en el resto de nuestras vidas. Y no olvidar, y sufrir.

Tras una hora más en el coche, los pantanos hicieron su presencia en el paisaje. Grandes superficies de agua con un brillo verdoso, dentro de un hermoso paisaje de vegetación. Recuerdo cuando fuimos a bañarnos, cuando yo llevaba un bañador entero con volantes amarillos y mis pequeños pies trataban de no resbalarse en esa superficie pringosa, pasito a pasito, prudente. Recuerdo cuando me adentré en la oscuridad del agua, y nadé como un perrito intentando no asustarme ante semejante abismo. Cuando mi padre me cogía y me ahorraba el inmenso esfuerzo para seguir flotando, y todo era simplemente perfecto. Ni siquiera recuerdo haberlo visto en mi último viaje, apenas recuerdo nada que no fueran mis pensamientos intentando facilitarme el trago en una secuencia borrosa. El viaje más largo de mi maldita historia.

Recuerdo aquellas tardes calurosas en su casa, en ese salón tan extraño que se hizo a base de reformas complementarias en la vivienda. El viento recorría toda la estancia, atravesaba el pasillo y daba un fuerte golpe en la puerta del recibidor, que se cerraba súbitamente de un portazo. Mi abuela veía su serie subtitulada mientras hacía punto, y yo leía los subtítulos a pesar de que estaban en castellano. Era sorda, aunque yo siempre pensé que en el fondo nos mentía y oía nuestros más oscuros pensamientos, porque siempre tenía la respuesta apropiada. Nuestro lenguaje era peculiar, una mezcla de señas interminables, grandes muecas intentando vocalizar y mensajes garabateados en papeles que aparecían ocasionalmente. Siempre era yo quien le buscaba con paciencia las gafas (¡¡Esas no, las de cerca!!) o el pastillero, quien me quedaba con ella intentando batir los huevos en un enorme barreño haciendo dulces mientras la sartén chisporroteaba aceite hirviendo, y quien escuchaba todas sus plegarias a su Dios, al que siempre intentó presentarme, antes de irme a dormir.

Hace mucho que dejé de rezar, cuando vi que el mundo seguía transcurriendo inmutable a mis plegarias sobre la paz mundial, sobre la ausencia de enfermedades, sobre la buena fe del maldito universo, y cuando la gente seguía siendo cruel, y las guerras seguían asolando a las poblaciones. Y sin embargo, seguía escuchándola, y seguía cogiendo sus pequeñas plegarias y postales de vírgenes y guardándomelas en mis libros como marcapáginas. Porque seguía queriéndola con locura, aunque no soportara seguir yendo a esas misas eternas.

Cuando te necesitaba, gritaba tu nombre fuerte desde la cocina. Hace una semana volví a escuchar su voz en mi cabeza y no pude evitar desmoronarme. Permanece grabada, como si la hubiera escuchado ayer, como si ayer mismo estuviera trasteando en la cocina, como si ya no estuviera muerta. Como si nada hubiera cambiado, y estas navidades pudiera volver a hablar con ella y contarle mi vida mientras ella sonríe expectante. Como si la realidad fuera una neblina de negación que cubre mis más profundos recuerdos, y les barniza con mayor fiabilidad y realismo.

Tras las puertas del hospital, se trazaba un enorme pasillo, blanco, interminable a cada paso atemorizado que dábamos mi hermana y yo pasando umbrales de nuevas salas. “No quiero” susurraba con cada nueva puerta, con cada esquina a la izquierda a describir. “No puedo verla así, ¡¡NO PUEDO!!”, mis ojos iban de un lado a otro del edificio buscando la condenada puerta donde estaba sufriendo. Sentía a mi hermana más débil que yo, más abrumada por lo que iba a pasar, y traté de recomponerme antes de asomarme a la habitación y ver la camilla.

Y ahí estaba, dormida. Su respiración era automática, forzada. Su cuerpo se había quedado en los huesos, perdiendo ese tono rosado en las mejillas que tenía después de comer o cuando se enfadaba. No quedaba nada de ella, ni siquiera su memoria, tan sólo era una persona más a una pequeña distancia de la muerte.

Fue entonces cuando deseé por todo lo que había en la tierra que no abriera los ojos y no nos viera ahí, afligidas y temblorosas. Que nunca supiera que estuvimos en la habitación donde su corazón dejaría de latir, que no nos encaminamos cuatro horas antes en el coche sólo para eso, y que lo que quedara de mi recuerdo permaneciera ingrávido en la inexistencia. Deseé que no me olvidara al abrir los ojos, que no fuera capaz de reconocer a su nieta de doce años, la que le ordenaba el costurero y aprendía ganchillo con ella. Tan sólo deseé que dejara de sufrir, y todo quedara en una pesadilla.

Temía que a partir de ese momento todo se quebrara en mis pensamientos, y sin embargo ahora luce con demasiada fuerza, con demasiada estabilidad. Los recuerdos cada día brillan más lustrosos, más reforzados con mis momentos de silencio. No dejo de oír su voz, su apelación con mi mote, sus pasos azorados por la cocina y sus murmullos de esfuerzo cuando batía con imbatible fuerza esa espesa masa de rosquillas. No dejo de recorrer ese pasillo de baldosas y pasar la mayor parte de mi infancia entre esas paredes, no dejo de sufrir. Hacía dos años que no la veía, y aquel día no quise que me viera.


Nunca pensé que fuera a escribir una elegía desde el fondo de mis más profundos pensamientos, desde un componente tan anímico e indescriptible como es el amor hacia una persona que ha guiado tus fortalezas y determinaciones durante tanto tiempo. Sé que nunca terminó por olvidarme, a pesar de su enfermedad. Sé que sus recuerdos se guardaron con sentimiento antes de desaparecer, y confío en que sea una dibujante mínima para poder plasmarlos en estas palabras. Nunca serán suficientes, pero no deja de ser su legado, su vida a mi lado y tras mis ojos, sus esperanzas y fuerzas en sus hijos y nietos. Gracias por ser la mejor abuela del maldito universo, y por dejar la mayor huella que uno puede dejar en esta existencia, más allá de tu nombre escrito en la posteridad. Descansa en paz, y tómate un respiro de esa enorme vida que has tenido, para sentarte a recordar con una sonrisa. Siempre tendré un trato tácito con tu Dios por el que de vez en cuando nos hablaremos a ver si pasa algo en este universo, sólo porque insististe demasiado en ello. Porque si no lo haces tú, nadie lo hará mejor.

sábado, 27 de septiembre de 2014

El grito más ahogado

Aquella noche se había puesto su mejor vestido, el que estaba colgado de la percha, en el lugar menos accesible del armario, prácticamente impoluto, brillante, cargado de expectaciones y esperanzas.

Se miró al espejo, de cuerpo entero, giró un poco el tronco mientras mantenía la mirada, examinando todos sus complejos y virtudes. Le gustaba la línea que formaba su cadera, cómo conectaba con las piernas en una suave línea ondulada. Cómo insinuaba su cuello la línea invisible entre sus pechos, el gran vacío que nunca le gustó, y que sin embargo siempre terminó por definirla. Sus brazos tersos, su piel casi inexplorada de la nuca, que trazaba el sendero de su espalda. Su sonrisa, sumida en la oscuridad y el olvido. Sus ojos, completamente oscuros y vacíos de todo júbilo y juventud, encadenados a una vida más que odiada.

Y sin embargo, ahí estaba, de pie, con aquel vestido con el que llegó, esperando que aquel día las cosas fueran diferentes. Recogió todos los proyectos de vestuario y los dobló cuidadosamente, cada uno en su sitio en el armario, expectantes por una futura ocasión. Fue al baño, se atusó el pelo, lo peinó levemente, dejando que las ondas se definieran hasta su terminación en su pecho. Aquel día no iba a recogérselo en un moño estratégico para no molestar durante el resto de la jornada, ni tampoco iba a detestar los brotes de rebeldía que dejaban esos mechones frontales. Repasó su mirada con un lápiz negro que encontró en su antiguo equipaje, de cuando era joven y tan sólo un aprendiz del gran reto de la vida. Buscó sus únicos tacones, aún envueltos cuidadosamente con ese papel crujiente, y esparció con el dedo un par de gotas de su perfume. Trató de sonreír, pensando incluso que se vería extraño después de tanto tiempo.

Salió de la habitación, bajando las escaleras con cuidado. Todo estaba preparado, había estado cocinando durante horas y la casa tenía un aroma a comida horneada y a las flores que cogió por la mañana, y que yacían en un jarrón improvisado. Todo estaba meticulosamente perfecto para la ocasión, el momento en el que construyó todas sus aspiraciones y la confirmación de aquella vida, aún ajena.

Se sentó en el sofá, cruzó las piernas y sintió el suave contacto de la seda del vestido con su piel. Se mantuvo con la espalda recta, las piernas cruzadas cuidadosamente, un tacón bailando en el aire mientras el tiempo pasaba. El reloj tocó las nueve, ni siquiera sabía por qué estaba tan nerviosa, si todo aquel plan era demasiado estúpido. No se iba a acordar, era pedir demasiado cuando nunca había obtenido nada, o casi nunca.

Hacía veinte años que llegó a aquella casa, con sus maletas y una enorme sonrisa en la cara. Sus ojos brillaban, imaginaba un millón de posibilidades con su vida al lado de su alma gemela. A medida que descubría una nueva habitación, todo parecía más sublime e increíble. Todavía recordaba el entusiasmo y energía que desprendía, los pensamientos que le hacían pensar que todo iba a ser perfecto, inimaginable, la vida que siempre soñó. Él la miraba con ternura, mientras le contaba detalles impensables sobre todo lo que tenían por delante, y lo mucho que la amaba. Lo especial y extraordinario que era su amor, que les diferenciaría siempre del resto del universo. La única vida que se imaginaba junto a ella, la única mujer con la que podría llegar a vivir y a la única a la que le haría el amor dejando su alma y persona. Jamás olvidaría lo increíble y especial que se imaginó aquel día, el día en el que brilló más que las estrellas.

A la media hora se le había dormido el pie que estaba apoyado en el suelo, y se le estaba empezando a entumecer la pierna. Tuvo que reacomodarse y apoyar la espalda en el sofá, alisando el vestido para evitar que se doblara. Tenía que tener cuidado de que la comida se estropeara con el calor, si pasaba un rato más debería meterla en la nevera. Tan sólo esperaría un poco más, seguramente le salió un tema de última hora, no tardaría demasiado. Hoy no podía ser como siempre.

Soñó que la acariciaba, que le susurraba que no era nadie sin ella y que el mundo simplemente se congelaba cuando estaban juntos. La luna iluminaba sus siluetas levemente cubiertas por las sábanas, y el silencio que reinaba creaba la melodía perfecta. Recordaba el suave viento que mecía las cortinas de las ventanas abiertas, el tenue ulular de un búho en el árbol del patio de atrás, el propio sonido de la vieja casa asentándose una vez más, y el contacto tan completo que tenía con él, como nunca antes había sido. Llegó a sonreír mientras estaba dormida en sus recuerdos oxidados, hasta que el reloj tocó las doce.

Se despertó aturdida, la casa yacía sumida en la oscuridad, tuvo que ir tanteando para encender algunas lámparas. Dio un traspié con un tacón, maldijo y se lo quitó. El pelo le molestaba en la cara, buscó una goma y se lo recogió en un moño. Miró la mesa perfectamente dispuesta y tan sólo quería llorar, llorar y tirarlo todo.

Cuando él llegó a casa, apenas pudo abrir la puerta. Apestaba a alcohol y tenía la mirada perdida, tambaleándose con cada paso. Estaba enfadada, triste y decepcionada, nada de ello tenía sentido y se lo había confirmado una vez más. Vivía en la sombra, la miseria de no ser siquiera reconocido como persona, la mayor estafa jamás hecha, la que tiene como precio la propia vida y libertad. Posó la mirada sobre ella, de arriba a abajo, y farfulló algo de lo que puedo extraer que le había preguntado por qué llevaba ese vestido, por qué olía la comida tan rara y por qué se había pintado como una puta.

Fue entonces cuando le dio una bofetada, tan fuerte y oportuna que se desplazó hacia la pared dentro de la propia fuerza del golpe y su estado de embriaguez. Se quedó en vilo, la volvió a mirar y le respondió con un golpe en la cara que le partió el labio. Saboreó la sangre y el dolor, y volvió a la misma decadencia de siempre. Antes de que se recompusiera, y mientras él gritaba que era lo peor que le había pasado en la vida y que la odiaba, ella subía las escaleras y hacía memoria sobre todo lo que se tenía que llevar de esa casa: su ropa, sus libros y las fotos de su familia. No le cabría más en la maleta así que no podía contar con todo lo que podría haber amado en esos veinte años, aunque tampoco habría gran cosa. Tan sólo era ceniza, un negro y vil rastro de la farsa y decepción.

Vivió durante tantos años esperando que algo le dijera que había alcanzado todo lo que en algún momento había soñado, que el sueño se le hizo demasiado grande y cayó súbitamente por su surrealismo. Era demasiado utópico ¿verdad?, ser feliz, lo único a lo que aspiró durante toda su vida. Hace veinte años pensó que lo había conseguido, pero sin duda el primer golpe de todos fue el que acabó con sus sueños.

Y luego vinieron más, claro que sí, nunca quiso darse cuenta pero era una víctima de su abismo, de la completa falta de aspiraciones y la frustración y dependencia de aquel hombre, junto al despreciable arrepentimiento que tendía a sentir al día siguiente cuando el moratón había adquirido una sombra oscura en su cara o sus brazos. Pensaba que todo aquello había cambiado, como le había prometido la última vez en la que apenas podía levantarse de la cama, y que con el tiempo se le había ido la tontería de la cabeza, que era algo temporal. La única que podía aspirar a una solución era ella, si es que en algún momento decidía salir de la oscuridad y volver a salir a la luz del día.

Cerró la maleta entre los gritos de su marido, que había empezado a llamarla puta y escoria. Ya no le importaba, durante todo aquel tiempo pensó que podía hacer algo tan imposible como cambiar a un monstruo, una bestia como miles que hay en el mundo y que abusan de la sociedad, de la gente, de la buena fe del universo, del amor incondicional que proporcionan las personas. Todo aquello no era más que mierda, de la que estaba pringada hasta los ojos, que perdieron aquel brillo hace demasiado tiempo.


Fuera empezó a llover, y el cielo descargó su cólera. No sabía siquiera si iba a haber algún autobús a esa hora, pero no podía esperar más, no podía seguir más en aquel agujero que había acabado con ella, minando toda esperanza y ganas de vivir. Comenzó a caminar la calle tras la que tarde  o temprano llegaría a la estación. De vez en cuando pasaba algún que otro coche, pero nadie paraba. Nadie parecía ver a aquella alma que arrastraba sus cadenas hasta por fin liberarse de su propia prisión, hasta por fin gritar y ser oída por alguien en aquella maldita soledad. Tan sólo quería salir de aquel mundo tan violado y destrozado y descansar, cerrar los ojos y volver a aquel momento en el que las sábanas mecían ante el sol y su vida tan sólo consistía en adónde iría aquella tarde a explorar tras merendar.

lunes, 25 de agosto de 2014

El cielo que acabó con todas las nubes

Todo tenía un color demasiado exaltado. Demasiado brillante, la inmensidad se veía increíblemente nítida. El cielo, de un impoluto y uniforme azul, resaltando el vuelo de un pájaro en su recorrido. Las hojas de los árboles, mecidas por el suspiro el viento, despertándose con una suave caricia, con un susurro. Los tejados de los edificios, con las tejas perfectamente definidas en su entramado. Todo era demasiado para la concepción de alguien que volvió a nacer.

Mi mujer me miró con una capa traslúcida esparcida en los ojos, que resultaron ser lágrimas a punto de rebosar. No sabía quién era, dónde me encontraba, qué maldito año era en aquella época donde todo se decidió por brillar. Su pelo, recogido en una coleta más que desatendida, despedía ese aroma inconfundible a naturaleza, a vida, y recordé lo muchísimo que la amaba. Un mechón le cruzaba la cara, quedando cubierto por sus manos, que estaban tapándole la boca y la nariz, en un reflejo por tratar de ocultar su llanto. Tan sólo lloraba mientras me volvía a mirar cuando otro cargamento de lágrimas caía en el mantel sobre la hierba. Y yo con mi momento de realización y ubicación trascendental.

Me dijo que había muerto, que mi corazón dejó de latir durante un tiempo que le pareció interminable mientras entraba en pánico. Que me quedé mirando a la nada mientras dejaba de respirar. Que me fui con una sonrisa paralizada en la cara. Tan sólo recuerdo haberme quedado mirando a las nubes.

Mis nubes, mis sueños y aspiraciones flotando en el vacío que conforma el cielo. Todos y cada uno de los pensamientos y objetivos han ido siendo plasmados en la gran superficie etérea de nuestra vida, y nunca nos paramos a contemplarlos. Creo que me quedé mirando demasiado tiempo mis errores.

Cosas que no hice o que hice mal. Cosas que por cualquier motivo pospuse, cancelé o sobre las que me retracté. Gente a la que nunca volví a ver tras una despedida temporal. Besos que nunca di, abrazos que nunca pude recibir. Suspiros que nunca procuré ante la plenitud que sentía en mi pecho palpitante de plena felicidad. Tantas nubes que faltaban, tanto cielo por abarcar.

Contemplé los árboles bailar bajo el canto del viento durante unos instantes. Me quedaba tanto por vivir que el sólo pensamiento me quitaba de nuevo el aliento. Tanto que hacer, tan poco tiempo, la ironía de ese conjunto de maravillas científicas que hoy nos dan capacidad para vivir algo más de diez décadas. Sonreí a aquella paradoja y me reí de forma macabra, ante el maravilloso y trágico espectáculo que pude contemplar en el cielo.

En este mundo hay gente que vive las cosas que se le ofrecen y otro tipo que simplemente no lo confirman hasta que un tercero no les da su vacía aquiescencia. Los seres humanos somos los únicos animales que se suicidan de forma racional, tomando decisiones bajo sus plenas capacidades y bajo el único pretexto de su ulterior defunción, diga usted que sí, a la mierda primavera. También hay gente que abraza la ignorancia y habitan en ese estado transitorio entre la infancia y la madurez, nunca llegándose a cuestionar la vida, las emociones, el resto de las personas de la tierra, nunca aspirando a la plena autonomía intelectual. Hay otros sin embargo que hasta que no alcanzan el conocimiento absoluto no desisten, y gente que vive por el bienestar de otras personas. Hay tantos tipos, tantos millones que nunca podrá haber un patrón reducido de condicionamientos. Ahora, uno sólo puede hablar de lo que realmente es.

Tal vez fue una oportunidad del cielo de advertirme sobre mi camino, de alertarme de la posible inexistencia en la que podría caer de continuar viviendo bajo decisiones a corto plazo, estándares, convencionalismos dentro de los márgenes de la vida proclamada. Tal vez fuera un aliciente a vivir por mí mismo, a nunca juzgar a las personas por meros detalles, a simplemente vivir como le grita su propio ser. O simplemente fuera un chungo en el que me quedé inconsciente.


Abracé a mi mujer, que estaba temblando de miedo y confusión. Le besé la cabeza mientras aspiraba el dulce olor de su compañía y empatía, mientras me sentía vivo y un conjunto de planes iban formándose en mi determinación, socavando los grandes pilares estereotipados y los enormes prejuicios de la sociedad. Un ataque de tos del cielo despejó el horizonte, y pronto vi claras mis intenciones. Me esperaba una buena vida volviendo a llenarlo de nubes.