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Esperar en un mundo que no trasciende de una puerta de mierda

domingo, 18 de noviembre de 2018

Dreams

Espejismos de su mirada. Visiones que se cruzaban nada más cerrar los ojos.

Sentir una fuerza que rebota en mi pecho, haciéndome perder la consciencia. Ansiar su contacto, notar a la gravedad erizarse con cada respiración. Recorrer cada duna del desierto con la mano, deslizándose la arena entre mis dedos con una cálida suavidad. Grabarme a fuego el camino hacia su alma, bañada por la blanca luz de la noche. Pensar que nada en este puñetero mundo puede hacerme sentir este fuego que arde en mi corazón.

Un empujón anónimo me devolvió a la realidad. Abrí los ojos, hastiado. La humedad se respiraba en el ambiente, que teñía de un nubloso gris los rostros, permanentemente orientados hacia ninguna parte. Dejé caer la cabeza hacia atrás, devolviéndome el mugroso techo a la triste realidad.

Qué es el amor, nos preguntamos constantemente cuando nos vemos reflejados en los ojos de otra persona. Qué es lo que nos prometen las películas perfectas, donde dos personas se prometen fidelidad, respeto y admiración eterna, adivinándose los pensamientos, aspiraciones y en general la puta forma de vida. Qué coño es eso que nunca he llegado a asir, escurriéndose con cada palabra condenada, con cada caricia pintada con la fecha de caducidad tatuada al dorso. Por qué se me ha prometido una felicidad que no existe.

Una parada tras otra, las puertas se abren bruscamente, y unas cuantas personas dejan el vagón para dar lugar a otras, que buscan con rapidez un asiento donde poder abandonar sus pensamientos. Siento que la cabeza me pesa, tirándome hacia el suelo, teniendo que hacer un enorme esfuerzo para mantenerla entre mis hombros. Enfrente se sientan dos jóvenes entre risas, no soltándose nunca la mano. La chica pone sus piernas encima de las del joven, que las acaricia intentando darles calor con ternura. El puto amor comienza a desprenderse de sus ojos, unidos por un hilo invisible. Cuánto durarán esas miradas. Un fuerte sabor amargo me sube a la lengua. Necesito un cigarro.

Se nos ha dado la vida para vivirla, valga la redundancia. Nacemos, crecemos en el seno de nuestra familia, que nos enseña los valores con los que quiere que nos enfrentemos al mundo. A los pocos años creamos distancia con el centro de la Tierra y comenzamos a cuestionarnos nuestros dogmas, a pensar que por algún motivo estamos en este mundo y tenemos que hacer que valga la pena. Pronto algunas amistades se tornan demasiado intensas, y empezamos a rozar sentimientos peligrosos, de aquellos que tienen el filo más cortante. Si tenemos suerte, aprendemos lo que es el amor con una persona que nos quiere, que nos admira y que cada noche se va a dormir con tu imagen resplandeciendo en el subconsciente. Si no tenemos tanta, nos toca entregar nuestro corazón a ciegas andando sobre el abismo, rezando porque no le hagan daño. Si tenemos suerte, nos hacen la primera herida en una época en la que cicatrizar no es tan complicado. En todo caso, las cicatrices van creando patrones irregulares en su forma.

Llega mi parada, me levanto con lentitud, sintiendo mi cuerpo entumecido por el frío. Me arrebujo en la bufanda como símbolo preparatorio de la salida a los grandes túneles subterráneos. Las puertas vuelven a abrirse con un estruendo, y salgo mirándome a los pies. Recorro los pasillos junto con una corriente oscura que con sus pasos crea un concierto digno de un desfile militar protagonizado por borrachos. Subo las escaleras, y la luz me da la bienvenida un día más con una fría bofetada en la cara. Antes de dejar de sentir las manos saco el paquete de tabaco y el mechero mientras me alejo de la estación. A los pocos minutos llego a las enormes puertas del gran edificio de cemento situado en el corazón empresarial. Enciendo el cigarro, aspiro con ansiedad, y me apoyo en la pared suavemente mientras siento el aire contaminado salir de mis pulmones, no sin antes dejar una sólida capa de negrura junto con una oleada de satisfacción.

Siento que nunca la entiendo, y que no la entenderé jamás. Siento que cuando abro una puerta y comienzo a andar, me la encuentro en medio del camino, andando en el sentido opuesto. Intento hablar con ella, preguntarle a dónde va, y si puedo acompañarla. Pero nunca me dice nada, nunca me deja meterme en su mente. Siento que estoy al lado de un jodido fantasma.

Es en estos momentos cuando sólo me queda preguntarme, por qué. Por qué siento una fuerza irremediable que me empuja a seguirte. Por qué lo daría todo por poder tenerte entre mis brazos por la noche, sintiendo tu cálida presencia abrigarme durante la noche de una manera que nunca podré sustituir. Por qué lucho por tu sonrisa, por qué sufro con tus tristezas, por qué mi corazón ansía tus palabras. Por qué amo a un jodido fantasma.

Lentamente el cigarro se consumió, quedándose reducido a ceniza. Dejé caer un suspiro junto con la colilla, pisándolos ambos con la punta del zapato. Me metí las manos en los bolsillos del abrigo, buscando un poco de calor en las costuras mientras las grandes puertas se deslizaban en silencio, dejándome entrar en la oscuridad.

domingo, 14 de octubre de 2018

Shadowboxing

Vamos a dejarnos de mierdas, de hablar del tiempo, del ambiente, ni hostias. No hace falta contextualización.

Estamos las dos solas, vale. En un espacio completamente vacío, oscuro, sin nada de lo que hablar. 

Estás desnuda.

Completamente expuesta, como a mí me gusta.

Me miras asustada, porque obviamente me tienes miedo. Sólo vienes aquí cuando no tienes defensas, qué ironía. Puedes estar en el tren, en el autobús, andando por la calle, en tu puta casa o en la de otro, que en cuanto aparece una mínima idea en tu cabeza ya me dejas entrar, reptando lentamente por tu pierna. Como por arte de magia, a los pocos segundos ya estás por aquí.

Tras tantas veces juntas, ya ni te doy unos guantes o algo con lo que atacarme, sé que vienes a recibir; tal es tu estado de derrota que ni se te pasa por la cabeza rozarme con un dedo.

Me acerco, un paso tras otro, hasta tenerte a dos centímetros. Puedo sentir tu respiración agitada, tus ojos entrecerrados esperando un golpe en cualquier momento, tu cuerpo temblando como un puto flan. Si es que no eres nada.

No eres nadie.

A nadie le importas una puñetera mierda. Ni tú ni las putas mierdas que haces para intentar darle significado a tu vida.

Vas dando lecciones de vida sobre la autoestima y la fortaleza interior cuando eres la primera que no sabe luchar sus propias batallas.

Nunca vas a ser suficiente.

Nunca vas a llegar a sentirte a la altura de nadie.

Uno tras otro, recibes mis golpes con pasividad. El primer puñetazo va directo a la nariz, tus ojos empiezan a llorar mientras te llevas inútilmente las manos a la cara. El segundo, aprovechando tu postura, una vez más, vulnerable, va a tu estómago, dejándote de rodillas. Una patada por la espalda te deja completamente en el suelo, gimoteando suavemente. No me has dado ni para cinco minutos de diversión, definitivamente hoy vienes hecha una mierda.

“Qué sientes” te pregunté desde arriba, gritando para que me pudieras oír a pesar de que tuvieras los oídos pitando por las hostias.

“Dolor” dijiste con dificultad, intentando respirar por la boca a pesar de tenerla llena de sangre.

“Por qué estás aquí” te volví a preguntar, esperando la misma respuesta de siempre.

“Porque me lo merezco”

“Por qué”

“Porque no soy suficiente”

“¿Nunca?”

“Nunca, nunca seré suficiente”

“¿Sabes qué es lo que te hace pensar eso?” te dije, mientras te miraba revolverte en el suelo. Me agaché para ver tu expresión, apartándote el pelo de la cara. Tenías la mirada vacía.

“Tú”

“Eso es, por una vez tienes toda la razón del mundo”

Y ya está, sin decorados ni mierdas. Sin sentimientos anclados en la nostalgia, sin días nublados atemorizados por la lluvia. Sin declaraciones sin confesar, sin historias de cigarrillos. Sin las putas mierdas que he escrito durante años. Tan sólo la pelea que presencio en mi cabeza cada vez que se me espesa la sangre.

Hoy no hay final feliz.

domingo, 4 de febrero de 2018

Nihilum

Tan sólo sé que era por la mañana, porque el sol había salido hacía unas horas, e intentaba ponerse al día cogiendo temperatura. Me recuerdo bajando del porche resguardado del jardín y colindante con la casa, tres escalones, para después encaminar el sendero construido con grandes bloques de granito sobre el cemento, hasta el jardín impoluto, de césped apenas atravesado por dos enormes pinos y un pozo al fondo, pegado a los setos medianeros con la siguiente propiedad.

Anduve un poco por el césped, hasta que me senté, y me tumbé boca arriba. Hacía frío, sentía el césped húmedo, y me puse las manos a modo de almohada, entrecruzadas detrás de mi cabeza. Miré hacia las copas de los árboles atravesadas apenas por los rayos del sol, y sentí cómo las luces de mis familiares se apagaban y el silencio extendía un gran manto negro sobre mi cuerpo. Tenía dieciséis años, mi abuela acababa de morir, y fue la primera vez que sentí cómo el silencio, la nada, es siempre el preludio del dolor.


Una noche más, como cualquier otra amante de un día anónimo, abrí la puerta del portal y traspasé el umbral de la otra dimensión, aquella zona donde el tiempo se paraliza y las nubes parecen despejarse, dejando un pequeño claro en su interior.

A pesar de ello, el suelo estaba mojado. Sentí las botas golpear contra un charco, chapoteando levemente, una y otra vez, hasta que alcé la vista al cielo oscuro y detuve mis pasos. Mis ojos se encontraron con los de la luna, y mantuvimos las miradas durante unos instantes que se quedaron suspendidos frágilmente en la eternidad.

Te miré, te quedaste callada, expectante, buscándome una respuesta con tu puñetera arma invisible. Hacía mucho tiempo que no hablábamos, más de un año, más de dos, refugiada en capítulos protagonizados por el estruendo provocado. Sabías que no iba a ser fácil, así que levantaste una mano, rozándome el cuello, acariciando la mandíbula, hasta posar tu mano sobre mi cara. Cerré los ojos e inspiré profundamente mientras me temía lo que iba a pasar, aun así inmutable. Fue entonces cuando, con la otra mano, te introdujiste en mi pecho, y sentí un fuerte crujido.
Y fue ahí cuando nos volvimos a encontrar.

“Mi gran compañero, cuánto tiempo. Qué ha sido de ti, joder, sería irónico decir que te he echado de menos, pero qué coño, algo de verdad tendría esa sentencia. Sin ti me ha sido imposible escribir algo de provecho. Vente, ayúdame con esta sangre que me sale a borbotones, y vayamos a tomar algo para acompañar tus lúgubres historias”.

Es complicado describir esto, pero me alegra volver a ver la sangre en mis venas, sentirla espesa, caliente, deslizarse por mi cuerpo. La reconfortante sensación de tener algo roto por dentro, de estar perturbado en ciertos sentidos. De volver a encontrarme contigo y fusionarnos hasta que el silencio se da el relevo con los primeros pasos del nuevo día. Porque eso significa que podemos ser diferentes al resto del mundo, y por ello sentirnos alguien durante los pocos años que nos da la vida para recorrer estas tierras.


Esta vez es distinto, pero en cierto modo semejante. Los años me han sorprendido con cientos de experiencias, pequeños capítulos insignificantes de forma aislada pero que pueden dar lugar a un compendio algo razonable, arañado por mi personalidad violenta y siempre anegada en el dramatismo. Y aun así hay algo básico que nos caracterizaba a ambos protagonistas de este absurdo texto. El hecho de que a veces sintamos que el mundo se para y no tenemos dónde ir.

lunes, 16 de octubre de 2017

La asquerosa mediocridad de ser normal

Un día como otro cualquiera, de esos en los que el cielo echa a todas las nubes y acampa a sus anchas, estaba en mi cuarto leyendo un libro. Por aquella época, me gustaban los libros gigantes, esos que nunca acaban. De vez en cuando, paraba de leer y cerraba el libro dejando mi dedo atrapado entre las páginas, tan sólo para ver cuánto me quedaba para acabar, y angustiarme con la idea de que la historia tenía los días contados. En ese momento, estaría leyendo un libro de mundos increíbles y personajes inimaginables por mi pequeña mente, cuando de repente ella entró.

Si pudiera definirla de alguna manera, creo que sería alta y fuerte, con el pelo alborotado y la mirada de fuego. De movimientos felinos y la vista fija, atravesándome por completo como si fuera transparente. Parecía que vino de paso, que mi cuarto era uno más para llegar a su verdadero objetivo, pero sacó una silla y se sentó a mi lado. Se quedó mirándome, curiosa y molesta por mi absurda tranquilidad, y empezó a hablarme.

“¿Qué haces aquí tan sola?” susurró con una voz extrañamente melódica.

“Leer” respondí tajantemente. Yo por aquella época no es que fuera muy habladora, más allá del mensaje que quería comunicar no trascendía demasiado de la mano de la retórica.

Se quedó callada unos instantes, en los que parecía pensar la siguiente frase con cautela.

“¿Sabes qué están haciendo el resto de tus amigos?” preguntó.

Se referiría a mis amigos del colegio, la clásica piña de clase de gente de todo tipo.

“No. Tampoco es que me interese” repuse sin interés alguno, intentando volver a mi historia sin apartar la mirada de la página en la que me había quedado, leyendo una y otra vez la misma frase.

“¿Nunca te has planteado si tú eres mejor que ellos?” dijo lentamente, saboreando cada palabra, estudiando cada uno de los músculos que conformaban mi expresión.

En ese momento levanté la mirada del libro, y observé a mi nueva interlocutora.

“¿Por qué me iba a plantear eso?”

Justo después de decir la última sílaba, se me acercó rápidamente, dejando su nariz pegada a la mía hasta tal punto que pude sentir su aliento apestando a ceniza.

“Porque sabes que eres mejor”

Y así fue como empezó la historia que acabó en la asquerosa mediocridad.

Aquella musa que una vez entró en mi habitación, nunca se fue. Poco tiempo después, vino de la mano de la ambición, su jodida compañera de brazos largos y palabras de terciopelo. Qué mala pareja hacen, joder, me puedo pasar días enteros viéndolas pelearse y comiéndome la cabeza, que no me cansan, es una de las drogas más potentes de este maldito mundo.

El problema viene cuando la historia acaba tal y como se llamaba esta mierda de escrito, en absoluta mediocridad. Cuando te das cuenta de que, por mucho que te esfuerces, por mucho que mires al mundo y una calificación o un título te respalde, no eres el mejor. Y nunca lo serás. Y te quedas con tu cara de imbécil esperando que el mundo rectifique y te dé un beso en la frente. De ahí en adelante, es cuando tienes que decidir qué hacer: si levantarte de nuevo y contraatacar, o buscarte una explicación que te aplaque durante un par de meses hasta que vuelvan a pincharte las dos musas de turno.

A día de hoy, no sabría decir cuál es la mejor solución, ya que he probado ambas y sigo igual de jodida tirada en el sillón después de cada una de ellas.

No está bien señalar a culpables, pero hace unos años, cuando era más pequeña y miraba con ojos muy abiertos desde casi el suelo, me hicieron unas alas de cera. Eran preciosas, enormes y con mil detalles fabricados con cera de expectativas, de sueños, de esperanzas. Eran tan grandes y tan bonitas, que creo que me rompieron el espinazo.

Supongo que no estaba hecha para eso.



lunes, 25 de septiembre de 2017

She needed a hero...

De un segundo a otro, la luz irrumpe súbitamente en mi mente.

Es muy probable que el sol entrara silenciosamente a través de la ventana, una rendija tras otra de la persiana a medio cerrar, acariciando cada elemento que iluminaba con el tenue amanecer de fin de semana. Minuto tras minuto, la estancia se iría encendiendo gradualmente en un tono anaranjado, como un susurro apenas audible. Sin embargo, mis pulmones piden una fuerte inspiración mientras abro los ojos al instante, volviendo de la tranquilidad nocturna que logró asentar la oscuridad.

Me incorporo y noto el cuerpo entumecido, como si hubieran pasado siglos y despertara tras una paliza mortal. Poco a poco recupero la sensación en brazos y piernas que me recibieron con un hormigueo generalizado, pudiendo al final abrir y cerrar las manos en un puño. Aquellas manos, casi irreconocibles. Aquella vida dejada atrás.

Ha pasado tiempo, quizás mucho, o quizás no el suficiente. Miles de imágenes recorren mi mente en el momento en el que me pongo a recordar. Tantas experiencias, tantos episodios tan breves como intensos, tantos ojos y miradas cargadas de mensajes sin transmitir. Tantas cicatrices asomando por la ropa que jamás verán el sol.

Hubo una vez que caí a un agujero del que no veía final. Hubo una vez que tuve miedo de la soledad, que se cernía sobre mí sin poder hacerle frente. Hubo una vez en que la vida me dio un empujón y me ofreció una espada. Y hubo una vez que la cogí y aprendí a usarla, torpemente, para abrirme paso entre la oscuridad.

En el fondo, en el puto fondo de mi corazón, agradezco lo que he vivido. Todo aquel sufrimiento y soledad que se fueron acumulando como un enorme riesgo al que me exponía dejando abiertas las defensas más básicas del ser humano. Una enorme hostia que me dijo que la vida no siempre es como uno desea y que hay que saber coger un escudo y clavar los pies en la tierra para ofrecer resistencia. Una enorme hostia que, no sólo requirió defensa, sino un ataque brutal que rompió mis esquemas de vida.

Hace un año el sol del sábado por la mañana me daban ganas de acurrucarme en la cama y llorar hasta que los ojos me ardieran, suplicando que todo aquello fuera una puta pesadilla. El estruendo de las paredes cayendo y de mi vida derrumbándose no me dejaba dormir. Tan sólo pensaba en que me llamaría, y traería de nuevo el orden a mi vida cayendo al abismo. Luego el dolor se convirtió en odio, en una fuerte oscuridad que me espesó la sangre y me hizo vivir día tras día y que tiñó mi mirada de ahí en adelante. Un año después, no deja de ser más que una cicatriz; terriblemente fea, pero una cicatriz, un episodio más del libro de doscientas páginas que debe ser mi vida actualmente.

Igual son demasiadas páginas, estaré exagerando de nuevo.

So that’s what she became

domingo, 25 de junio de 2017

Fast Car

Un día de verano, de aquellos en los que el sol, en su puro afán de protagonismo, inunda las calles y aceras, haciendo imposible la vida normal a cielo descubierto, pasé una tarde más con mi amiga en su piscina, hablando de nuestras simplezas y trivialidades que por aquel entonces nos parecían importantes, riéndonos sin preocupaciones y dejando que las horas transcurrieran sin mayor trascendencia. En aquella piscina, me llegué a pasar horas completas flotando boca arriba, dejando mi cuerpo suspendido en el agua a la merced de las suaves corrientes que creaba el viento con tenues suspiros. En esos momentos, el sonido se aislaba, para llegar a oírse únicamente mi respiración y el ruido blanco que hace el vinilo cuando se acaba la canción. En aquellos momentos, cerraba los ojos, y simplemente me dejaba llevar.

Ayer bajé al sótano que tengo en el corazón. La luz estaba fundida y la escalera parecía a punto de caerse, como si hubieran transcurrido años desde que un alma transitara aquellos pasillos. Tras muchos pasillos enmarcados con puertas cerradas a cal y canto, llegué al final de la estancia, en la que había un montón de armarios y muebles destrozados puestos a modo de barricada que escondía lo que era algo más. Uno a uno, fui apartando cada construcción de madera, como si nada de aquello me fuera propio de algún momento de mi vida, hasta que llegué a una puerta. Esta estaba atravesada de forma errática con tablones de madera clavados en la pared, como si la persona encargada tuviera prisa y estuviera aplicando medidas de emergencia para asegurar su interior. Algunos de estos tablones tenían manchas de sangre con la forma de una mano en su superficie, justo donde tuvo que apoyarlas para clavarlos en la pared. Cogí mi hacha, que había traído para aquel momento, y empecé a golpear, intentando arranchar los tablones de la puerta, uno tras otro, con la mirada fija y la mente en otra parte. Finalmente, se descubrió la puerta desnuda, con una peculiaridad que la diferenciaba del resto y que justificaba su brutal manera de ser cerrada. Aquella puerta no tenía cerradura.

Respiré hondo, puse una mano donde debía estar el pomo, y empujé levemente la puerta, descubriéndose una estancia sumida en la parcial oscuridad. Anduve unos pasos, silenciosa, y vi un sillón verde, grande, con orejas gigantescas que abrigaban a su huésped de la tenue luz de una chimenea reducida a ascuas. Me asomé por una de las orejas, y ahí la vi, acurrucada, con las manos ensangrentadas y la mirada fija en el abismo, como una canción rayada hasta la saciedad. Mi pobrecita oscuridad.

Dejé el hacha en el suelo, y me arrodillé para poder tenerla a la altura de los ojos. Acaricié su mejilla, y lentamente subió la mirada hasta encontrarme. Le susurré un par de palabras, mientras pasaba mi mano por su cara con ternura. Le di un beso, y la cogí de la mano, invitándola a levantarse. Ella no rechistó, sino que dejó todo lo que tenía y miró hacia la puerta, en parte ansiosa por salir, en parte asustada por dejar lo que ya conocía. Cuando estábamos delante de la puerta, surgió una cerradura hecha con retales de recuerdos olvidados. Fue entonces, cuando juntas, cerramos aquella puerta desvencijada con llave.


Una noche de verano, de aquellas en las que el sol firma una tregua con la luna, sentía el viento pasar a través de mi cuerpo, dejando una estela detrás de mí a medida que se iban dibujando los kilómetros. El paisaje pasaba ante mis ojos en una rápida secuencia, como un escenario emborronado en el que sólo llegas a avistar grandes pegotes de colores oscuros cual pintura impresionista de un anochecer. Una luz tras otra, un coche tras otro, una ráfaga secuencial y una sombra atada a mi pie, que no paraba de moverse intentando escapar tras cada nuevo foco de luz. Y ahí estaba, una vez más, dejándome llevar, con una tranquilidad intrínseca impropia de mí, como si el mundo simplemente me hubiera dejado de importar por unos instantes, y tan sólo fuéramos dos personas y una carretera.

domingo, 21 de mayo de 2017

Nemo

La luz del atardecer atravesaba las ventanas del tren, una tras otra, a medida que este surcaba los raíles en un constante traqueteo. A mis propios pensamientos, el tiempo pasó en un efímero lapso hasta tal punto que cuando me quise dar cuenta ya estaba a la mitad de mi trayecto. Decenas de personas habían subido y bajado del vagón, y todas las caras sentadas a mi alrededor eran nuevas. Dediqué unos segundos a escanear rápidamente a los viajantes, hasta que te vi.

Estabas sentada en uno de esos asientos enfrentados de dos a dos, en el lado de la ventana, leyendo un libro gigantesco de tapa blanda y papel reciclado. Inconscientemente, acariciabas la esquina de la siguiente página a medida que leías la anterior para preparar la transición cuanto antes y que fuera apenas perceptible en la lectura. Estabas seria, con esa tranquila expresión que tienes por defecto y que ya la había olvidado. Los mechones de tu pelo refulgían de forma irregular con el brillo del sol del ocaso, en un color que nunca te vi, que nunca te atreviste a adoptar cuando estuvimos juntos, y que imagino que decidiste ponértelo en un grito de necesidad de controlar algo en tu vida. Miles de pensamientos pasaron por mi cabeza en ese momento: qué será de tu vida, qué fue de tus estudios, dónde estás trabajando ahora, qué tal está tu familia, tus amigos… y qué tal estás tú.

No sé si fue ese sexto sentido del que hablan, pero apenas transcurridos unos segundos desde que te vi, levantaste la mirada de tu lectura y el corazón me dio un vuelco. A pesar de estar a varios metros el uno del otro, tus ojos reflejaron la tenue luz del vagón en un azul intenso, magnificado en contraste con la oscuridad de tu pelo. Aquella cara que acaricié tantos años, aquellos labios que besé una y otra vez, esa pequeña nariz de cuya asimetría me reía, esa pálida piel marcada por algunos lunares y pecas aleatorios, me parecían lejanos, sumidos en un vago recuerdo, como si me hubieran contado que yo viví esas experiencias sin tener una percepción real de las mismas. Distinta, y aun así, cubierta de ese aura de familiaridad que me hizo quererte durante años.

Fue entonces cuando, si bien el más común de los mortales no hubiera notado ningún cambio en tu cara en el momento en el que reparaste en mi presencia, yo sentí que me matabas con la puñetera mirada.

No me atreví a evitarte, era demasiado tarde. Justo en el momento en que me viste, tu expresión se tensó y tu mirada cambió por completo. Sentí como que, de alguna manera, en ese momento te levantaste y, sin apartar tus ojos ardiendo de ira de los míos, me clavaste un cuchillo en el pecho, apretando lentamente, ejerciendo una presión brutal para clavarlo lo más profundo posible, respirando a horcajadas del esfuerzo con cada impulso de tus brazos. Vi que de repente sostenías el libro demasiado fuerte, tanto que empezó a moverse de forma innecesaria, arrítmica con respecto a los movimientos naturales del vagón, que pasó a un segundo plano en cuestión de segundos. Pasamos por un pequeño túnel, la luz del sol desapareció y fue sustituida por la luz automática del tren, todo ello mientras el traqueteo del tren se aisló en el túnel y se introdujo en el vagón como un gran rugido. Y tú seguías mirándome, posiblemente pensando cincuenta formas de acabar con mi vida en ese momento, mientras mi expresión debía estar entre la estupefacción y el pánico.

Sé que es demasiado tarde, pero lo siento. Siento haberte destruido como lo hice, a día de hoy no sé decirte ni por qué hice las cosas que hice, pero lo siento. Siento haberte hecho esa enorme herida que llevas cruzada en el pecho, esa terrible cicatriz mal curada que asoma del cuello de tu camiseta. Siento en el alma haberte mirado a los ojos como lo hice el último día que nos vimos y no decirte nada, dejando que te fueras al autobús contenta, ansiosa por empezar un nuevo capítulo de tu vida, sin saber que yo ya no iba a estar a tu lado jamás. Sin saber que, unas semanas después, te iba a empujar al abismo y dejar que te buscaras tu puta vida de ese momento en adelante, con la mayor hostia como primer capítulo en solitario. Siento no haberme puesto en contacto contigo desde entonces, no haberte llamado, no haberte ido a ver a tu casa movido por el remordimiento, no haberte escrito algo sincero y del corazón que te hiciera sentir menos sola en este proceso, aportando un mínimo de luz en el abismo. Siento no haberte respetado como te merecías, no haberte dicho toda la verdad, contarte toda la historia que se esconde detrás de mis acciones, decirte que te dejé de querer en algún momento. Porque es ahora, cuando veo el fuego en tus ojos y el odio en tu mirada, cuando sé que no hice bien en no contarte todo, en dejarte sola, con tus miles de trozos esparcidos en la oscuridad, y sin saber por qué estás ahí, sangrando del pecho a borbotones y sintiendo que el mundo se derrumba a tus ojos. Siento que la impotencia te destruyera poco a poco, y que la caída fuera mil veces más profunda que cuando se va con la verdad por delante o con los sentimientos muertos de escudo. Siento que no pudieras hacer costra como yo hice, y que todo lo que te dije te sonara a ciencia ficción porque pensabas que todo iba bien hasta hacía cinco minutos. Siento haberte metido en una relación que dejé de querer, siento haberte dado los mejores cinco años de tu vida y quitártelos de una forma tan traumática que desearas no haberlos vivido. Siento haberte hecho cambiar como lo has hecho, a hostión limpio y con el odio de canción de cuna.

Siento no haber escrito esto, no ser la persona que debería ser la que está al teclado poniendo estas putas mierdas, que nunca vayas a leer esto de quien debería escribirlo.


Siento no sentir nada de esto.