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Esperar en un mundo que no trasciende de una puerta de mierda

jueves, 9 de abril de 2020

Cantando en la oscuridad

Últimamente cierro los ojos y entro en lapsos temporales.

Me imagino en otro tiempo, en otro lugar. Y respiro profundamente, trasladando mi mente a aquel ente corpóreo que ocupé alguna vez.

Cuando podía traspasar las fronteras imaginarias que nos hemos dibujado, y obedecía a mis deseos de libertad.

Esta noche es muy fría, la lluvia golpea la ventana a principios de Abril, y no parece querer irse. Se puede sentir la humedad en el aire.

Me pongo las botas, ajusto mi abrigo y me cubro con la capucha, para salir por la puerta mirando al suelo, pisando los charcos sin remordimientos.

Sueño despierta con recorrer las calles y adentrarme en paraísos desconocidos con los que grabar nuevos recuerdos que engrosarán mi biblioteca de borrachera nostálgica.

Y sin embargo, estoy aquí, haciendo uso de esos libros embriagadores. Nunca está de más releer algún clásico para recordar la importancia que cobran en el salón.

Qué buenos recuerdos que tenía escondidos, sin duda hay algunos que mejoran con los años, cuando sólo quedan las partes dulces y lo agrio se pierde en la vejez.

Hace tan poco tiempo que decía no tener tiempo para nada, que parecen años los que me diferencian de la masa de nervios que andaba por Madrid. Han sido años de los que no tengo apenas recuerdos memorables grabados, pasando como una etapa anónima en mi vida, un periodo sin pena ni gloria, de absoluta indiferencia significativa.

Ahora mis pies están suaves y blanditos tras haber dejado los tacones en el armario.

Qué raro es volver a mi niñez. Qué raro es que tengas días y días sin propósitos definidos, sin planes establecidos con tanta anterioridad que raya la obsesión.

Qué raro es no saber qué día de la semana es, hasta que te paras a consultarlo.

Qué raro es volver a esa etapa en la que los días pasaban despacio, de la importancia que le dabas al tiempo sin siquiera saberlo.

Esto da que pensar.

miércoles, 8 de abril de 2020

Isolation

Durante todos estos días de obligada soledad, siento mucha nostalgia.

Sin previo aviso, mi cerebro reproduce cientos de escenas en mi mente, y dejo todo para verlas con ojos nuevos, como una mera espectadora imparcial.

Después, siento una terrible ola de angustia inundar mi pecho, presionándolo hasta dejarme sin una gota de oxígeno.

…………………

Inspira por la nariz, exhala toda preocupación echando el aire por la boca.

Aaahhhh…

Olvida tus preocupaciones, suelta todo pensamiento negativo.

…………………..

Echo mucho de menos poder salir de casa, tener la posibilidad de decidir qué hacer con mi libertad de movimiento.

Echo de menos sentir que alguien más toca mi cuerpo. Un beso, un abrazo con sentimiento, una mirada cargada de emociones que no sea a través de una pantalla.

Echo mucho de menos mi antigua vida.

Escribir es como un músculo más, se notaba cuando cada día tenía material suficiente para crear una novela y no me estancaba borrando cien veces un párrafo insulso.

Siento que soy la misma, con el mismo fuego y la misma personalidad temperamental, pero muy triste, apagada por los años, por la vida, por el yugo de la sociedad.

…………………

Daría miles de euros por poder quedar con mis amigas en un parque en Madrid.

Tiradas en el césped, con cervezas o Coca Cola, haciéndonos trenzas y poniendo música para todos los públicos. A veces pop, a veces rock, a veces heavy que solo nos gusta a Zaida y a mí. Pásame las chuches, me encanta cómo tienes el pelo hoy, qué piel tan bonita, quién es esa de la que habláis, ahora qué vamos a hacer. Un intercambio constante de pensamientos fugaces, que circulan libres gracias a la confianza forjada en el instituto.

Daría miles de euros por poder sentarme en una cafetería y compartir un café durante horas con discusiones, verborrea y opiniones divergentes.

Mi reino por poder ponerme las botas e ir a andar al monte. Sentir el sudor escurriéndose por mi nariz hasta llegar al suelo, que dejo atrás, un paso tras otro, con esfuerzo. Sentir el aire puro atravesar mis pulmones, darme la vuelta y contemplar todo lo que hemos recorrido.

Mi reino por no sentir miedo cuando tenga a alguien a menos de dos metros de distancia.

Ignoro qué nos hará este virus a largo plazo, pero mucho me temo que cambiarán demasiadas cosas que amaba.

Ojalá te hubiera aprovechado más, libertad.

viernes, 6 de diciembre de 2019

Todo comienza con un cigarro

Un paquete de tabaco descansaba en una mesa. Estaba doblado por el uso, se podían ver algunos cigarros asomando por uno de los dobleces de la tapa. Todos ellos aguardaban ser usados, eventualmente, con su propósito específico.

Un hombre estaba sentado mirando el paquete, o eso pretendía. A los pocos segundos se le desenfocó la mirada, y pasó a ver más allá. Pasó a tener demasiadas cosas en la cabeza, hasta el punto de formarse una película que transcurría demasiado rápido como para intentar descifrarla. Unos instantes después, alargó el brazo para coger el paquete, buscando un cigarro con movimientos automáticos. Se sacó una caja de cerillas del bolsillo, prendió una y la acercó al que ya tenía esperando entre sus labios. Inspiró profundamente, miró al techo y empañó su mirada con una oscura nube grisácea. 

Sintió el cuerpo cansado, como si el centro de la Tierra tirara de su existencia con un fuerte magnetismo. Se encontraba dando otra calada cuando desvió la mirada hacia atrás, al centro de la habitación.

Hay veces en las que uno se ve desde fuera en ciertos episodios. Tal llega a ser la desconexión de la mente con los actos, que no se llegan a recordar ciertos tramos porque se asume que no nos pertenecen. Este fue el caso que vivió Thomas cuando se encontró un cadáver en la alfombra, que estaba adquiriendo un tono terráqueo al mezclar las fibras de color con el fuerte rojo de la sangre coagulada. Cuando se dio la vuelta y vio a aquella mujer, con la mirada perdida en el abismo, sintió que alguien le había puesto con una mano invisible hacía unos minutos en ese escenario surrealista.

- Joder - musitó con el cigarro entre los labios.

Sin alterar apenas su respiración, Thomas estudió con más detenimiento la situación. El cuerpo estaba tumbado en una posición artificial, como si la hubieran forzado contra el suelo poniéndose encima. La fuente de sangre parecía venir del cuello, donde su perspectiva sentada no le terminaba de revelar el corte que tenía, pero se adivinaba por el color especialmente oscuro de la ropa y del pelo, de un color dorado en su inicio. Al llevarse de nuevo el cigarro a la boca, descubrió que sus manos estaban completamente bañadas en rojo, habiendo adquirido una textura cuarteada fruto de la sangre seca entre los pliegues de los dedos.

Ahora sí que estaba jodido.

Thomas cerró los ojos, frotándose las sienes con la mano que tenía libre, sin parecer importarle la sangre que acababa de descubrir. Intentó retroceder a un punto que tuviera claro, de ese mismo día, o de esa misma semana. Intentó recordar algún aspecto que le vinculara a ese momento.

- Qué cojones ha pasado, joder… - gimió con hastío, como si no fuera la primera vez que se encontraba en aquella situación.

- Lo has vuelto a hacer – escuchó decir a una voz. No había nadie en la habitación, tan sólo estaban él y el cuerpo de la chica, que cada vez adquiría nuevas tonalidades en el camino hacia la descomposición.

- No, no, otra vez no… - Thomas estaba cansado, quería irse a su casa y meterse en la cama, deseando que fuera una terrible pesadilla.

- Hay que salir de aquí, Tom – dijo la voz, con un tono que parecía cariñoso pero tajante. – Vamos, limpia tu rastro y sal de aquí echando hostias.

Inmediatamente después, Thomas se levantó de la silla con un nuevo aire, como si le hubieran inyectado energía y una fuerte determinación. Dejó la colilla en la mesa, al lado del paquete de tabaco, y se puso manos a la obra. En una rápida inspección del piso encontró varios trapos y un bote de lejía, que no tardó en usar en todos los elementos que pensaba que podía haber tocado. Especialmente, en el cuchillo de cocina que yacía al lado del cadáver.

Thomas mantenía una expresión impertérrita mientras realizaba la limpieza, como si hubiera sido estrictamente enseñado sobre cómo proceder para eliminar sus pasos en una escena de un crimen. Sus movimientos eran rápidos y precisos, buscando la perfección al limpiar minuciosamente el mango del cuchillo. Examinó el cadáver buscando signos de forcejeo y encontró rastros de sangre en las uñas de la mujer. Sin pararse a buscar dónde podía haberle arañado, dedicó más de veinte minutos a cortarle las uñas y limpiar todo posible rastro orgánico de las mismas, gracias a un kit de manicura que encontró en un neceser, dentro de un armario del baño.

Una hora después, Thomas miró satisfecho el escenario final tras su tarea. Cogió su paquete y lo metió en el bolsillo de su chaqueta, que había estado todo este tiempo colgada en la silla. Intentó repasar algún detalle de los eventos que pudiera darle pistas sobre si se dejaba algún cabo suelto, pero sólo tenía imágenes en negro sobre esta última semana, sacudiendo la cabeza con insistencia en la búsqueda de mayor claridad.

Abrió la puerta de la casa y cerró con cuidado, tratando de no hacer ruido. Tras reorientarse brevemente, bajó las escaleras del cuarto piso, hasta que salió a la calle. Debía ser de madrugada, porque el sol acababa de asomarse por los edificios con un tono anaranjado y tan sólo había un barrendero limpiando la acera de enfrente con parsimonia. Thomas se ajustó la chaqueta y eligió un sentido de la calle, concluyendo que se terminaría orientando en algún momento.

Fue así como Thomas comenzó un nuevo capítulo del que nunca terminaría de salir.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Cold

Un día más, el contador se activa para retroceder hasta el cero. Un nuevo día, vuelta a empezar.

Al principio era divertido, un mundo virgen para empezar a ensuciar con mis experimentos. Frases fuera de lugar, miradas indiscretas, viendo las caras descolocadas de la gente que no esperaban mis impertinencias.

Poco a poco, te acostumbras al día de la marmota, y cada día no deja de ser un nuevo reto para salir de la normalidad de no tener nada asegurado, hasta convertirse en una película con pequeños bonus tracks escondidos entre una y otra edición.

Y con cada edición, siento que pierdo habilidades.

Siento que no termino de entender a la gente, y que tampoco parecen entenderme a mí.
Como si, poco a poco, empezara a hablar un idioma completamente distinto al local.

No sé si fue antes la gallina o el huevo, pero parece ser que se ha trasladado a mis emociones. He perdido toda habilidad de saber por dónde salir, y de repente encontrarme con situaciones absurdas que tengo que justificar ante la sociedad.

Tu jefe, tu compañero, tu amigo, tu padre. Figuras que se disocian y con las que pierdes el control indistintamente.

Todo se va a la mierda, y sólo puedo editarlo, para darle aún más drama.

Escala de drama, del 1 al 10. Ya no bajo del 8.

Por qué ya no me salen escenas de una sociedad encapsulada con principio y final.

Porque mi vida ha ganado en rutina, y perdido en arte.

Y no parece importarme ni a mí, ni al resto del mundo.

martes, 16 de julio de 2019

Lapso


Me gusta cuando llego a casa, porque me invade el silencio.

Avanza, despacio, y pone la pesada manta sobre mis hombros.

Y se siembra la oscuridad.

Parece que al día siguiente brillará el sol de verano, de cuando era niña y la vida no tenía un objetivo específico a seguir, un punto más a cumplir en la complicada lista que vamos escribiendo con los años.

Parece que me volveré a despertar entre esas sábanas que acariciaban mis sueños en vela, que me susurraban que un nuevo día me depararía increíbles relatos, que luego escribiría por las noches.

Cuando mis pasiones se encontraban en un jardín, un libro y un sinfín de palabras.

Y de repente, vuelve la oscuridad y suena la alarma.

Vuelta a empezar.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Duality

Desperté, corriendo las espesas cortinas con los brazos. Antes de llegar a abrir los ojos, las imágenes se sucedieron, unas detrás de otras, en una rápida secuencia teñida por recuerdos borrosos. Deseé que todo fuera un sueño, pero bruscamente, el mundo me trajo de vuelta a la realidad.

Sentía el cuerpo entumecido, como si me hubieran dado una paliza durante toda la noche. La cara me ardía, y mis manos no parecían ser las mías cuando las miré con el sol de la mañana. Inspiré hondo mientras intentaba incorporarme, y la cabeza me dio mil vueltas. Este fue el inicio del fin.

Todo ocurrió ayer, cuando se te antojó desvelarme todos tus secretos. Recuerdo que estabas en la habitación, acababas de entrar al haber terminado de hablar por teléfono y estabas de pie. Yo estaba tumbado en la cama, esperándote, sin ningún tipo de idea en la cabeza. Sinceramente, recuerdo que tenía la mente en blanco, a veces pienso que ojalá hubiera sospechado algo, pero no creo que pueda ser capaz de matar a la buena fe de una estocada.

Te hablé, preguntándote qué tal estabas. Me diste respuestas evasivas, ausente. Hasta que por fin soltaste la bomba. Empezaste a hablar, y no te creía. Mi cuerpo se quedó paralizado y mi mirada se clavó en la pared, oscurecida con los años. Buscaba formas inexistentes en sus trazos mientras hablabas, una puta palabra detrás de otra, encadenadas en un tono anecdótico. Como si todo hubiera sido cuestión de años atrás, y no días, horas, minutos. Segundos.

Por encima de tu monótono relato, advertí en que había algo más en la habitación. Algo que estaba reptando por la cama, dejando escapar un suave sonido de deslizar por las sábanas. Sentí que se me helaba la sangre, no podía ser. No ahora. Tú continuabas contando tu relato, mirando al suelo, con una expresión impertérrita. La serpiente ya estaba enrollándose en mi pie, subiendo por la pierna. Estaba cálida, suave pero rígida, ascendía tranquila por mi cuerpo, como si disfrutara del camino antes de llegar a la meta. Intenté decir algo, mandarte callar, levantarme de una puta vez y salir de mi posición de vulnerabilidad, pero ya era demasiado tarde.

Fue entonces cuando dijiste “Ya sé lo que vas a hacer, no tengo perdón” cuando la oscura cabeza de la serpiente estaba enfrente de la mía, abriendo ampliamente la boca en lo que parecía una mueca de satisfacción. Apenas un segundo después, sentí un fuerte mordisco en el cuello, dejándome sin aliento. Apenas pude hacer nada más que exhalar un pequeño e inaudible suspiro mientras mi cuello crujía con facilidad. La cuenta atrás había comenzado.

Apenas tenía tiempo, así que me levanté rápidamente y comencé a vestirme, intentando controlar mi respiración. Tú te sentaste en la cama, no sé si mirándome, sabe Dios pensando qué. Recogí mis cosas en cuestión de minutos y salí de tu casa, cerrando suavemente la puerta. Aquel día hacía niebla, y apenas llevaba una chaqueta para protegerme del frío invernal. Mis pasos retumbaban en los grandes muros de la urbanización mientras ansiaba salir de aquel complejo, evitando las miradas de tus vecinos. Cuando salí de ahí, me temblaba el pulso, ya era demasiado tarde, mucho había aguantado considerando que el mordisco fue en la yugular. El mundo desapareció, y todo se volvió negro.

Inmediatamente después, estaba de vuelta en aquella sala, precedida por la gigante puerta de metal. Cerré los ojos con dolor, maldiciendo mi destino por volver a estar en aquel lugar. No tenía ganas de repetir la misma escena, el mismo sufrimiento, la misma humillación. Pensé que jamás volvería a asir aquel pomo, a empujar fuertemente con el hombro, a sentir el crujido de las bisagras anteceder mi llegada. La escena se iluminó levemente con el fuego crepitando en la chimenea, dibujando la silueta del gran sillón opuesto a la puerta.

-          Siéntate – dijo la voz rasgada oculta por el respaldo.

Me acerqué tímidamente al centro de la sala, localizando una pequeña butaca puesta al lado del gran sillón. Sentí una bola de nerviosismo subirme por la garganta, pensé que no iba a poder articular palabra mientras me sentaba con lentitud.

-          Qué haces aquí – preguntó como resultado de mi silencio, con un tono manchado por el hastío.
-          Ha pasado otra vez – respondí, con el labio temblando y los ojos vidriosos. El tiempo pareció pararse mientras buscaba mil formas de poder justificar la ira que ardía en sus ojos inútilmente.

-          Joder…. – susurró, llevándose la mano a la sien, dejando al fuego ocupar la habitación con su melodía. A pesar de ser joven, en esos momentos tenía una expresión de sufrimiento que sólo se consigue tras décadas de decepciones.

-          Lo siento, te juro por Dios que…

-          Basta – me interrumpió súbitamente. – Estoy harta de tus mierdas. Esto no se puede hacer así, ¿En qué coño estabas pensando para ponernos en esta situación?

-          No lo sé, pensé que esta vez sí que sería la definitiva…

-          ¡¿Definitiva dices?! – rugió mientras me miraba con los ojos ardiendo en ira – ¡¿Por qué cojones iba a ser esta puta vez la definitiva, me lo podrías explicar?!

Una fuerte bofetada sacudió mi cara, dejándome mirando a la otra punta de la habitación. Me caí patéticamente de la butaca, dejando escapar un fuerte sollozo. La oí resoplar, asqueada.

-          Estoy hasta los cojones de esta mierda, te lo digo en serio.

-          Ya, yo también, Ester.

-          No creo que pueda aguantar muchas más de estas, seguro que lo entiendes. – dijo mientras sacaba el cuchillo de la chaqueta. Le había dado tiempo a limpiarlo, junto a toda la escena de la última vez. No me podía creer que fuera a tener que repetir esto.

Me levanté, aceptando su ofrecimiento y ayudándola a tumbarse suavemente en el suelo. Su expresión se fue torciendo mientras miraba al techo, dejando escapar unas pocas lágrimas. Con la mirada congelada, mi pulso pareció tranquilizarse mientras desabotonaba su camisa, dejando ver la gran cicatriz de su pecho. Apenas tenía unos años, y aún se podía ver el color rosáceo de la piel nueva cruzar las dos grandes mitades de su pequeño cuerpo, de tono marmóreo. Los ojos se me empañaron mientras sujetaba el cuchillo con ambas manos, clavándolo lentamente cerca de su corazón, muy cerca, sintiendo con exactitud cada una de las capas romperse a mi paso. Oí un grito, seguido de un sollozo desesperado. Supe que ya era suficiente, y levanté el cuchillo limpiamente. Un montón de sangre comenzó a salir a borbotones de aquella incisión de apenas unos centímetros de largo, mientras sentía su cuerpo apagarse, quedando reducido a una pequeña llama.

-          Lo siento – pude decir entre lágrimas, viendo el dolor tiñendo sus pupilas.

-          Bueno, son cosas que pasan – dijo en un susurro desgarrado, intentando quitarle peso. – Ahora sólo queda cicatrizar, y esperar a que me vuelvas a dibujar otra fea línea continuando esta.

-          Si te puede servir de consuelo, mira esto – dije mientras me daba la vuelta, quitándome la camiseta. La expresión de su cara se iluminó brevemente mientras contemplaba a una pequeña serpiente blanca, clavada en mi hombro con firmeza.

-          ¿Qué hace ahí todavía? – pudo preguntar con interés.

-          Ni yo mismo lo sé, me di cuenta al llegar aquí. Parece que esta vez puede haber un poco más de esperanza.

-          Es muy pequeña, no tiene ninguna posibilidad contra la otra…

-          ¿Qué más dará? – la interrumpí con suavidad. - ¿Algo hará, no?

-          Sí, supongo que sí

Tan sólo recuerdo que volví, dejándola en la oscuridad.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Dreams

Espejismos de su mirada. Visiones que se cruzaban nada más cerrar los ojos.

Sentir una fuerza que rebota en mi pecho, haciéndome perder la consciencia. Ansiar su contacto, notar a la gravedad erizarse con cada respiración. Recorrer cada duna del desierto con la mano, deslizándose la arena entre mis dedos con una cálida suavidad. Grabarme a fuego el camino hacia su alma, bañada por la blanca luz de la noche. Pensar que nada en este puñetero mundo puede hacerme sentir este fuego que arde en mi corazón.

Un empujón anónimo me devolvió a la realidad. Abrí los ojos, hastiado. La humedad se respiraba en el ambiente, que teñía de un nubloso gris los rostros, permanentemente orientados hacia ninguna parte. Dejé caer la cabeza hacia atrás, devolviéndome el mugroso techo a la triste realidad.

Qué es el amor, nos preguntamos constantemente cuando nos vemos reflejados en los ojos de otra persona. Qué es lo que nos prometen las películas perfectas, donde dos personas se prometen fidelidad, respeto y admiración eterna, adivinándose los pensamientos, aspiraciones y en general la puta forma de vida. Qué coño es eso que nunca he llegado a asir, escurriéndose con cada palabra condenada, con cada caricia pintada con la fecha de caducidad tatuada al dorso. Por qué se me ha prometido una felicidad que no existe.

Una parada tras otra, las puertas se abren bruscamente, y unas cuantas personas dejan el vagón para dar lugar a otras, que buscan con rapidez un asiento donde poder abandonar sus pensamientos. Siento que la cabeza me pesa, tirándome hacia el suelo, teniendo que hacer un enorme esfuerzo para mantenerla entre mis hombros. Enfrente se sientan dos jóvenes entre risas, no soltándose nunca la mano. La chica pone sus piernas encima de las del joven, que las acaricia intentando darles calor con ternura. El puto amor comienza a desprenderse de sus ojos, unidos por un hilo invisible. Cuánto durarán esas miradas. Un fuerte sabor amargo me sube a la lengua. Necesito un cigarro.

Se nos ha dado la vida para vivirla, valga la redundancia. Nacemos, crecemos en el seno de nuestra familia, que nos enseña los valores con los que quiere que nos enfrentemos al mundo. A los pocos años creamos distancia con el centro de la Tierra y comenzamos a cuestionarnos nuestros dogmas, a pensar que por algún motivo estamos en este mundo y tenemos que hacer que valga la pena. Pronto algunas amistades se tornan demasiado intensas, y empezamos a rozar sentimientos peligrosos, de aquellos que tienen el filo más cortante. Si tenemos suerte, aprendemos lo que es el amor con una persona que nos quiere, que nos admira y que cada noche se va a dormir con tu imagen resplandeciendo en el subconsciente. Si no tenemos tanta, nos toca entregar nuestro corazón a ciegas andando sobre el abismo, rezando porque no le hagan daño. Si tenemos suerte, nos hacen la primera herida en una época en la que cicatrizar no es tan complicado. En todo caso, las cicatrices van creando patrones irregulares en su forma.

Llega mi parada, me levanto con lentitud, sintiendo mi cuerpo entumecido por el frío. Me arrebujo en la bufanda como símbolo preparatorio de la salida a los grandes túneles subterráneos. Las puertas vuelven a abrirse con un estruendo, y salgo mirándome a los pies. Recorro los pasillos junto con una corriente oscura que con sus pasos crea un concierto digno de un desfile militar protagonizado por borrachos. Subo las escaleras, y la luz me da la bienvenida un día más con una fría bofetada en la cara. Antes de dejar de sentir las manos saco el paquete de tabaco y el mechero mientras me alejo de la estación. A los pocos minutos llego a las enormes puertas del gran edificio de cemento situado en el corazón empresarial. Enciendo el cigarro, aspiro con ansiedad, y me apoyo en la pared suavemente mientras siento el aire contaminado salir de mis pulmones, no sin antes dejar una sólida capa de negrura junto con una oleada de satisfacción.

Siento que nunca la entiendo, y que no la entenderé jamás. Siento que cuando abro una puerta y comienzo a andar, me la encuentro en medio del camino, andando en el sentido opuesto. Intento hablar con ella, preguntarle a dónde va, y si puedo acompañarla. Pero nunca me dice nada, nunca me deja meterme en su mente. Siento que estoy al lado de un jodido fantasma.

Es en estos momentos cuando sólo me queda preguntarme, por qué. Por qué siento una fuerza irremediable que me empuja a seguirte. Por qué lo daría todo por poder tenerte entre mis brazos por la noche, sintiendo tu cálida presencia abrigarme durante la noche de una manera que nunca podré sustituir. Por qué lucho por tu sonrisa, por qué sufro con tus tristezas, por qué mi corazón ansía tus palabras. Por qué amo a un jodido fantasma.

Lentamente el cigarro se consumió, quedándose reducido a ceniza. Dejé caer un suspiro junto con la colilla, pisándolos ambos con la punta del zapato. Me metí las manos en los bolsillos del abrigo, buscando un poco de calor en las costuras mientras las grandes puertas se deslizaban en silencio, dejándome entrar en la oscuridad.