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Esperar en un mundo que no trasciende de una puerta de mierda

jueves, 14 de noviembre de 2013

Conformismo bajo coacción

Jueves, Ocho de la mañana. A estas horas ya estaría andando desde la parada del Metro hasta la facultad. 
Esta mañana, las cosas son diferentes, y tengo tres horas para estudiar. Tengo sueño, y ahora mismo el ensañamiento no me tienta lo suficiente como para estudiarlo mejor. Así que rebusco en mis documentos, el cajón desastre de mis escritos.

Tanta fortuna que encontré un documento escrito cuando iba a Primero de la carrera, hace ya dos años; una reflexión deprimente sobre la nueva vida y estilo universitario, sobre lo inmunda que se puede considerar la compañía rivalista. He de reconocer que hay veces en las que sé que esas palabras son mías, pero no recuerdo la oscuridad de su contexto.

Dos años han pasado, y tampoco habría mucho más que decir. Lo que sospeché se hizo cierto, y las compañías se fueron matizando; unos más, unos menos, pero la misma tónica en general. Rivalismo, competencia, mierda, mierda por todas partes. Pues ahora súmale la falta de respeto de ciertos profesores.

Siento cierta debilidad por el arte de la enseñanza. Cuando veo a un profesor entrar el primer día voy elaborando un perfil, un boceto de sus rasgos principales para poder determinar si es un buen profesor. En la materia de Derecho, la repetición constante de generaciones que durante años siguen teniendo el perfil de postergar los estudios hasta lo más prorrogable deben haber creado, sin duda, un aura de cansancio en los magistri españoles de universidades públicas, que tienden a pagarla con los pobres ignorantes víctimas de Bolonia. Si pudiera comparar la adaptación de Bolonia a mi universidad y especialmente a mi carrera, sería como si a uno de esos ancianos de principios de la década le empiezas a enseñar cómo funciona un ordenador, la inmensa era de Internet y la evolución de la industria del videojuego y del grunge en las últimas décadas en tan sólo una semana. Tan absurdamente inabarcable, como absurdo en su aplicación práctica.

Se nos exige participación, asistencia y servidumbre a los caprichos. Sinceramente se creen que al llegar a nuestras casas nos dedicamos a comernos los mocos y preguntarnos qué haremos el fin de semana. Nunca, nunca hay razón de menos como para ponernos trabajos de más, y siempre, siempre hay una excusa por la que restregarnos la mierda de poca diligencia que tienen los estudiantes españoles. Nunca estudiamos lo suficiente, y a un ritmo de dos o tres trabajos por semana de extensión considerable, exposiciones y controles por tema aún tenemos que llevar el temario de la lección del día siguiente más que resabido. Todo controlado, nada dominado en la maestría.

Incompetencia, arrogancia y falta de escrúpulos a la hora de mandar. Últimamente me encuentro con profesores que más que exigir respeto por su cátedra o doctorado esperan que les limpie la baba mientras duermen y les haga el desayuno por las mañanas mientras plancho la colada de toda su familia, ignorando el resto de cosas que pueden conformar lo que consideraría mi vida; recuerdo que este año me planteé retomar el teatro, y no me he vuelto a acordar del tema hasta que a mediados de noviembre tengo el calendario lleno de advertencias de estudio, prácticas y exámenes por delante, y me pregunté si tenía algún proyecto a comienzos de año. La carrera es, literalmente, una carrera sin pausa, sin un puto respiro para valorar lo que te estás haciendo, lo que construyes a tu paso, sin una consideración por parte de quien debería ser tu mentor. Enseñanza sobrevalorada, porque no es más que arrogancia de sus estudios y miles de artículos en toda España, Europa y Estados Unidos, mientras sólo aprendes a permanecer tres horas sin pausa sentado en una silla y con cara de no querer suicidarte y esparcir tus sesos por su estúpido traje y corbata chillona.

No hace demasiado vi uno de esos especímenes de los que pocos quedan (de hecho, sólo habré visto dos o tres en mi vida universitaria de cerca de treinta profesores) que son profesores entusiastas. En materia más teórica que práctica, se les reconoce por su hiperactividad, por su energía plena y por ese leve saltito que hacen al pie del estrado, como si en cualquier momento se fueran a sentar a nuestro lado y explicarnos el arte de la materia que enseña. Esos, son los auténticos mentores, los que te acompañan y viven ese cuatrimestre contigo, por muy complicada que sea la materia objeto de inyección. Lo pienso y lamento la vez que no supe apreciar a uno de ellos por ser mi primer año en la universidad. El otro día tuve el honor de recibir la clase de uno de ellos sobre el artículo 464 del Código Civil y casi me echo a llorar a sus pies pidiendo que me acompañara al menos el resto del curso.

Porque los profesores nos pueden tratar mal, pueden no sólo pasar de nosotros sino odiarnos, como si le obligáramos a continuar en la enseñanza de algo que termina hastiándole. Qué quiere que le diga, de verdad, el Estatuto del Estudiante al parecer es una baza para poder violarnos a horas más que extralectivas y con todo tipo de pruebas y exámenes en nuestro tiempo de estudio en casa. Qué quiere que le diga, si no le gusta, deje la enseñanza.

No es tan horrible darse cuenta de que no estás siguiendo el camino que deberías, a veces la vida te lo deja justo en tus narices para que reacciones de una maldita vez; gente que profesa la fe lo interpretaría como señales, yo sólo veo consciencia mental de que no eres feliz. La visión del mundo depende enteramente de la actitud que lleves por él. Si hay estudiantes que te odian… creo que no hay mucho que enlazar.

Sin duda, depende de los estudiantes, y si son unos hijos de puta que te denuncian a la mínima bien puedes acogerte a ese Estatuto y darles bien por culo, en eso estoy de acuerdo. Pero, estudiantes medios, que van a sus clases, cogen apuntes y a los que ves una expresión de profundo cansancio en su mirada, no vendría mal que les preguntaran de vez en cuando si les viene bien esa última práctica, decisión o mandamiento incondicional. Sólo es una sugerencia, una sugerencia de alguien que ha conocido tanto la buena como la mala fe de los profesores.


Nada, las ocho y media y me vuelvo a los asesinatos, materia cuya profesora me martiriza por ser una fortuita ignorante. No tiene la culpa, simplemente no tiene tiempo; y una mierda, he visto profesores que han hecho lo imposible en menos tiempo y no me han llegado a dar ganas de llorar ante su falta de empatía. Sigo echando veneno por mis palabras, y sigo con esa sensación de injusticia cuando termino de escribir. Supongo que el día que la tenga, será que he perdido ese espíritu rebelde e inconformista, que siempre trataré que parta desde una base de respeto mutuo; que luego ya se pasen de ese límite, es el pasaje a la crítica, claro está.

Buenos días por la mañana ;D

martes, 8 de octubre de 2013

Una satírica y macabra historia acerca de la justicia

La luz amarillenta de la lámpara de mesa dejaba ver, en su foco proyectado hasta la superficie horizontal más cercana, pequeñas, diminutas partículas de polvo flotar en el aire. Tiré el bolígrafo más que sudoroso por el uso continuado y me eché hacia atrás en la silla, suspirando mientras buscaba otro cigarro en el paquete medio doblado en un cajón. Me picaba la cara, llevaba días sin afeitarme. Ignoraba en qué momento tiré la corbata en la silla de enfrente del escritorio, y en qué otro acumulé semejante cantidad de vasos de cartón de la cafetería del otro lado de la calle. En aquel momento la noche sentó su manto de oscuridad tras mi ventana, y la persiana cortaba en largos trazos y simétricos la luz de la farola en el tercer piso del edificio. Ruido continuo de sirenas de policía, narcotraficantes en su hora feliz, algún que otro chillido de esas mujeres que continuaban con hombres que las maltrataban hasta la tentativa de homicidio. Y yo, tan solo, ignorante, aquella noche no me puse la capa para detener el crimen.

Me podía definir en aquel entonces como un abogado de mala muerte, de esos que se ponían la camisa del día anterior y tapaban las manchas de café con los tirantes, que iban cargados con carpetas de casos sin 
resolver e iban recogiendo la mierda de los juzgados sin ánimo de obtener alguna recompensa pecuniaria. 

Pasaba días enteros completamente saturado, agobiado y hastiado con la idea de vidas dependientes de mis palabras, siempre insuficientes, siempre demasiado generales, siempre sin estudiarlas lo suficiente, nunca como me hubiera gustado. En aquel entonces era cuando dormía menos, pero cuando de verdad, dormía bien.

La razón era tan sencilla como que siempre tenía la sensación de que hacía lo mejor por la justicia. Las vidas que me confiaban el resto de sus años llegaban a mi “despacho”, una sala que contaba con la fortuna de disponer de cuatro paredes, una ventana carcomida con una persiana al borde del desprendimiento, una silla destartalada y una mesa repleta hasta los topes de archivos y casos todavía sin investigar, unos cuantos códigos, leyes y expedientes de casos de hace veinte años en adelante en el suelo, y mi mirada de comprensión hasta límites inimaginables. Esas vidas se sentaban, aprehendían su alma entre sus manos y me la entregaban, porque siempre, siempre había una justificación personal que me llevaba a acompañarlos hasta el final; maltrato, defensa propia, necesidad, accidente… todas y cada una de esas razones las sostenía, por pequeñas que fueran, y las cuidaba y estudiaba durante menos de 48 horas para presentarme a los juzgados una mañana en las que las presentaba como tesoros, pues era tan puro que nunca tuve que inventarme justificaciones legales para poder sostenerlas. Unas veces ganaba, y otras perdía, dependiendo de los jueces y de la transmisión de confianza por parte de mis testigos, pero siempre tenía esa sensación de haber dado lo mínimo por sus vidas.

Un día llegó una madre a mi descompuesto habitáculo. Apenas adiviné su llegada unos segundos antes cuando en medio del silencio escuché unos pequeños pasos de tacón medio sobre la moqueta verdosa y mugrienta del pasillo. Llevaba un bolso muy pequeño con los bordes desgastados por el uso, y en su mano sostenía un pañuelo, temblorosa, al igual que su mirada. En esa clase de momentos, sacaba mi libreta de hojas amarillentas y un bolígrafo y trascribía a la perfección y con el máximo detalle todas y cada una de sus palabras, muchas de ellas deducidas entre la voz entrecortada y los llantos repentinos. Mi día a día entre almas destrozadas.

Aquella mujer vino por su hija, asesinada brutalmente el día anterior. Fue en medio de un parque, unos chavales la quemaron viva. Le echaron cinco litros de gasolina tras andar persiguiéndola durante varios días, la golpearon y después tiraron una colilla en aquel bulto mojado y sollozante que suplicaba algo de misericordia. Ardió en apenas unos segundos, y ni siquiera alertaron a alguien durante la siguiente hora.

La madre me pedía justicia, me suplicaba una respuesta del poder jurídico por una vez a su favor. En su voz no se deducía venganza, rabia, ira y ni siquiera falta de perdón. Simplemente se leía la tristeza, tan profunda, de que en ese momento su hija no estuviera con ella comprando los ingredientes para la humilde cena que tenían prevista cocinar juntas para el Día de Acción de Gracias para el resto de la familia. Sus ojos, pétreos, fríos, dejaron a un lado el sentimiento de venganza para reclamar una respuesta racional del Estado.

Aquel caso me secuestró toda la noche anterior y varias horas de la mañana siguiente, hasta que apresurado tuve que coger mi maletín imposible de cerrar repleto de carpetas y hojas con apuntes rápidamente garabateados durante aquellas horas y correr hasta la Sala donde se celebraba el juicio. Aquellos chavales no eran precisamente del gremio humilde y de mala muerte de la ciudad; ignoro lo que andarían haciendo a esas horas, pero no estaban sus respectivas mansiones y haciendas precisamente cerca de aquel parque. Contaban con auténticos cazadores como abogados, fieras y perversas criaturas que abrieron automáticamente sus maletines y sólo sacaron una escueta carpeta, perfectamente grapada e impecable. Lo tenían todo perfectamente planificado.

Alegaron que los acusados ignoraban en su totalidad los efectos de echar a alguien gasolina y tirar una colilla, que no se podía prever que eso fuera a causar un riesgo probable. Los esbozaron, pintaron y retocaron mediante palabrería redundante y propia de comerciales de la teletienda ante el jurado como auténticos santos, niños inocentes del barrio rico del Estado que tan sólo andaban perdidos por aquel parque y que dios sabe cómo, acabaron en semejante malentendido. Mi rabia latía por mi sangre emponzoñada, teñida de ese negro opaco que conforma el hambre de ser escuchado con objetividad. Cuando llegó mi turno, los miembros del jurado me miraban con escepticismo, todos del lado de aquellas inocentes almas y no de mi pobre cliente. La madre, al otro lado del estrado, testificó poniendo su corazón sobre la mesa, conteniéndose la opinión subjetiva sobre los jóvenes y solamente exponiendo la verdad. Finalmente puse todas las cartas sobre la sala confiando en la ley y en la justicia derivada de los jueces aplicando estrictamente lo escrito. Aquel día, sin embargo, no tuve suerte.

Los jóvenes salieron con una pena mínima, si acaso por los desperfectos provocados en el parque. Ignoro, de verdad que ignoro en qué momento se produjo ese desequilibrio en el universo, pero jamás le pedí un centavo a aquella mujer porque en mi vida me había sentido tan desgraciado por no haber obtenido algo tan claro y evidente. No tenía ganas de continuar viviendo en aquel asqueroso mundo de mierda.


Dimos nuestra libertad hace muchísimos años a cambio de unos estándares de orden, de organización, de leyes y de justicia. Nos comprometimos con los gobernantes a pagar unos impuestos con los que se levantarían los cimientos de una sociedad civilizada, donde se castigarían a los culpables y se recompensarían a las víctimas. Con el paso de los años, y a medida de que los fabricantes de bombillas se dieron cuenta de que si reducían su duración desmejorando la calidad aumentarían exponencialmente sus ventas, los abogados vieron que había tantas lagunas en las leyes que uno podía comprar a un jurado sin pestañear. Los tiempos cambiaron y me hice demasiado viejo como para seguir manteniendo aquellas miradas, cada vez provistas de menos y menos esperanza. Me recuerdo como un joven con muchísimas esperanzas, con proyectos inimaginables de compensación moral por lo trabajado, con cenas en casas de aquellas familias en agradecimiento por mi labor. Aquel día de Acción de Gracias cené solo un cartón de comida china en el puesto ambulante de la esquina, y me emborraché con vino barato para terminar paseando por aquel parque, donde quemaron a la chica con toda una vida por vivir. El rastro arrasado por el fuego del césped, de los árboles colindantes, del camino de piedra que se dirigía hacia la zona interior del recinto, estaba tan reciente que se podía escuchar a la naturaleza gritando por semejante destrucción. Vomité mi cena y mi festín, y di las gracias a Dios por darme vida en aquella existencia que hacía esquina por unos cuantos dólares por una mamada. Qué gran puta, qué gran decepción y qué gran descompensación terminó por dejarme tirado en aquel lugar carbonizado hacía apenas unos días, llorando como un niño recién nacido, que quería volver al vientre de su madre donde nunca tuvo que agonizar hasta el punto de no querer seguir viviendo.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Nepenthe

Justo aquella noche, tu piel se decidió por brillar más que nunca.

Tal vez fuera la luz de la luna sobre la almohada, reflejada en el espejo del otro lado de la habitación, reflejada en tus ojos, pero aquella noche parecías un ángel traído desde el rincón eterno del universo.

Imágenes que te recuerdan que estás vivo, que sientes, tocas, hueles… aquella noche estaba embriagado por ti. Por tus latidos, por todo tu ser a mi lado. Tal vez fuera la euforia, la ansiedad por ser la única noche, pero sé que bebí de tu piel como un andante en el desierto tras días de sequía y que me derretí entre tus manos y tus labios como aquel hielo que se queda a la luz del sol en el suelo de la terraza en pleno verano, que me integré como uno solo en tus sonidos, en tu respiración. Tan sólo quería estar siempre a tu lado.

Y hoy, no estás.

Esa frase, curiosamente, es lo único que permanece de ti.

Mi pierna me lo recuerda, se retuerce y quema en tu ausencia. Me recuerda que estoy vivo, que siento, que me duele y que me muero con el paso de los años sin ti. Odio mi respiración y mis latidos porque no estás para escucharlos, porque yo no puedo escuchar los tuyos. Me odio por no tenerte, por recordarte y recordármelo, por ansiar tu presencia y tan sólo expirar con ansiedad, con anhelo, con un último gemido antes de caer abatido por el sufrimiento. Estoy cansado de esperarte.

Tú querías una casa en la Toscana, entre los viñedos y cultivos interminables. Querías tender las sábanas blancas mientras la ligera brisa de verano acariciaba tus mechones desenfadados, y querías que yo llegara, te oliera, que acariciara, mi cara con tu cara, y que te besara como siempre te besaba, como si te fueras a ir en cualquier minuto. Vivías, en el fondo, de mi desesperación por tenerte. Y yo no hacía nada para evitar ese sufrimiento.

Te quería, te amaba y hoy día te amo. Nunca me prometiste nada de eso, pero yo soñaba con levantarte y llevarte a la habitación con la que siempre soñaste. Sumergirme en tu pelo, escuchar a tu propio cuerpo guiarme hasta la habitación más secreta y escondida, de esa de la que tú no tienes llave. Entrar, cerrar suavemente, sentarme en un sillón y escucharte hasta quedarme dormido, hasta que tú te acabaras durmiendo en la unión de mi brazo con mi pecho. Hasta que te quedaras dormida con esa cara en la que se esbozaba una sonrisa recién traída del subconsciente.

Dada mi lógica, soy de los que creen que hay alguien especialmente creado para nuestro cuerpo. Alguien que reacciona, que pasea por los laberintos que forman los arbustos del jardín de tu inconsciente. Que se sienta, permanece, se enraíza hasta no poder levantarse. Y, poco a poco, imposible decir cada cuánto, se va cubriendo por una y otra capa de piedra, costumbre, sumisión, dependencia, amor, necesidad, hasta poder llegar a quedar en apenas una expresión pétrea.

Tú fuiste mi ángel, mi ser, mi mundo entero. Soy capaz de adivinarlo porque de todas fuiste la única que me hizo suspirar cuando sonreías. Joder, tan cerca que te tuve y lo poco que me decidí a apreciarte. Nunca jamás sería suficiente, porque al final te acabé perdiendo. Porque al final acabé, simplemente, vacío.

La gente lo supera sabes, pasa página y sigue con sus vidas. Se vuelven a levantar por las mañanas y siguen andando y cogiendo trenes sin rumbo durante el resto de sus años, durante el resto de sus latidos y respiraciones. Ojalá, por todo lo que alguna vez tuve, que me hubieras dejado como a un loco más, sin conocerte. Que me hubieras librado de este pungente sufrimiento. Que nunca te hubiera visto leer en aquella hamaca con el sol irradiando sobre tu pelo color miel. Que nunca te hubiera besado, acariciado la espalda con ese suave vestido que llevabas los días de sol… que nunca te hubiera hecho gemir de aquella forma tan magistral. Joder, cuanto más lo pienso, más me sumerjo en mi locura, mi locura, porque al fin y al cabo es lo único que puedo decir que es mío.

A la mierda mi casa, mi coche, mis propiedades. Quiero tus ojos y tu forma de mirar al mundo, tu forma de coger las naranjas en el mercado y buscar algo que nunca supe qué. Quiero ser tuyo, estoy cansado de mi piel de tortuga derrotada. Quiero abrazarte por las noches, dios, eso es lo que más anhelo. Un último brindis por ti, una última balada por lo que fuimos, una última elegía por lo que quise que fuéramos.



viernes, 30 de agosto de 2013

When you are ready

La campanilla situada encima de la puerta repiqueteó cuando pasé por el umbral de la tienda. La atmósfera se tornó cargada, pesada y encogida por el polvo acumulado y el sol directo asentado sobre los tablones de madera durante años. Un hombre de mirada enigmática situado en el mostrador levantó la vista del periódico, y con apenas un ademán con la barbilla me dio a entender que podía pasearme a mis anchas por entre lo disponible.

Poco a poco, la peculiar tienda dejó que me fuera adentrando en sus más recónditos secretos. Vi un tocador victoriano con apenas unos dejes de desuso y abandono, un sofá tapizado de una textura tan suave y aterciopelada que quise ser su eterno durmiente, una lámpara recargada que parecía haber presidido un auténtico salón de baile, y una cantidad de géneros, estilos y épocas que me impresionaba que la estancia aún albergara más y más sorprendentes muebles en su interior. Sin embargo, sentí que sólo me estaba dando un anticipo mientras me susurraba “cuando estés preparado”.

Fue entonces cuando, apartando una sábana enmohecida, lo encontré.

Su estructura se alzaba altiva, orgullosa de que en un tiempo fue una auténtica belleza. La madera estaba raída, y su antiguo color apenas permanecía en unos pequeños tramos uniformes. Aún se podían deducir los tramos tallados en los bordes, formando largas y curvadas líneas en motivos vegetales. Y aun en el estado decrépito del armazón, el espejo permanecía íntegro, impertérrito, constante, esperándome.

Qué puedo decir, era un espejo. Un espejo muy antiguo, de esos que son de pie y ligeramente inclinados 
para dar una curiosa ilusión óptica. No obstante, a medida que me fui acercando, veía que un individuo completamente distinto a mí se acercaba del otro lado, justo con los mismos movimientos, hasta que nos quedamos a apenas unos centímetros delimitados por el cristal, mirándonos de manera absorta.

Puedo asegurar, por todo lo que soy, que la persona reflejada no era yo.

Su mirada era brillante, exitosa, minuciosamente estudiada para poder analizar a la gente en lo que dura un apretón de manos. Un hombre matemáticamente calculado para dar la mejor impresión, para saludar de la manera exacta y decir las palabras convenientes. Su cara estaba dispuesta de una manera antisimétrica, en un desorden que la hacía perfecta. Su sonrisa demasiado amplia, los ojos ligeramente entornados. Hasta podría haber olido el éxito que transpiraba ese hombre. Éxito, llevaba un traje caro y el pelo ligeramente peinado hacia atrás, en un estilo desenfadado que dejaba unos pocos mechones pasearse por su frente ante una pequeña brisa. Llevaba una alianza, y un reloj bastante caro –pude deducirlo por la semejanza con los relojes de los escaparates, sabía lo mismo de relojes que de la cosecha de vino de 1982 en la zona de la Toscana- y un par de gemelos se entreveían refulgiendo a cada movimiento de la muñeca. Completamente lo contrario a lo que yo podría ser.

Ahora mismo, me puedo imaginar un poco la situación de entonces. Mi cara de pasmarote, confuso y ligeramente alienado, contemplado a un anti-ego reflejado en un espejo. Lo que ello podría ser, significar, me tiene obnubilado desde que abandoné la tienda.

No compré el espejo. Estaba claro, ni tenía dinero ni tenía las ganas de ver a un ricachón de sonrisa profident contemplar mi piso de mierda.

Tal vez fuera una representación de lo que me gustaría: una vida perfecta, casado y tal vez con un par de críos, una casa en las afueras, una hipoteca no demasiado inflada y un trabajo que me permita todo esto y todo un armario de trajes italianos. Saberlo todo acerca de las relaciones con los empresarios, de lo que puede decir un apretón de manos o una mirada confiada, y enfundarme en ese traje de hipocresía todos y cada uno de los días, para que al final mi mujer acabe harta de mi ausencia, se tire al chico que corta los rosales mientras yo estoy en la oficina (aunque me la puede chupar una secretaria), nuestros hijos acaben mal criados y con un montón de sociopatías por nuestra falta de dedicación y el exceso de frialdad en los tratos, y que al perro que me he imaginado antes lo termine atropellando porque ni siquiera me fijé al dar marcha atrás para largarme de esa maldita casa para siempre. Seguro que todo esto me lo invento para no compadecerme de mí mismo, para intentar cambiar mi vida hacia algo que realmente me guste y no terminar atropellando a un perro y con un divorcio que me deje en la ruina. Seguro, que es eso.

Llueve, apenas puedo sacar las manos de los bolsillos del abrigo. Deambulo, meditabundo, y llego a un parque. Miro mis zapatos, mojados y embarrados. Tal vez ese espejo me recordó lo miserable que soy. Como Dickens me dio a pensar en Grandes Esperanzas, una persona puede ser perfectamente feliz y estable consigo misma, hasta que otro le recuerda que puede ser diferente. Qué se puede deducir cuando ese otro es un espejo.

Pero… ¿qué es lo que tengo que cambiar? ¿Mi forma de vida? ¿Mi personalidad, o simplemente la apariencia que tengo? Ese hombre llevaba un buen traje, una sonrisa perfecta, un estándar cumplido en su totalidad. Más que seguirle, imitarle, lo que me pide el cuerpo es decirle lo miserable que es su vida, porque yo al menos soy consciente de que no soy feliz.

El autoengaño, compañero de tantos y tantos humanos en este planeta. No estás gordo, no eres tonto, no te hace falta leer más ni aprender más sobre la vida para hablar deliberadamente sobre las cosas como hacen el resto. No te hace falta corregir tus faltas, reconocer tus errores. Eres así, piensas como piensas, y no puedes cambiarlo porque eres así. Es una tautología tan absurda que la gente se la cree basándose en su simplicidad. A todos y cada uno de ellos, me gustaría reventarles ese espejo en la cabeza. Somos humanos, unos más que otros, pero prácticamente todos tenemos un cerebro y posibilidades de desarrollarlo. Ser simplemente buenas personas, tener humildad, respeto y un poco de picardía en la ironía para animar las cosas. Partir de la buena fe a la hora de argumentar, no gritar, discutir, compartir opiniones y dogmas de vida. Un mínimo de respeto a la palabra convivencia pacífica.


Vivimos bajo estándares, bajo órdenes de los grandes, bajo información manipulada y violada hasta que nos llegan apenas dos palabras distorsionadas del auténtico y neutral mensaje, la presión moral, la autoestima, los objetivos imposibles, los sucesos que llevan a la nada. Siento que me absorbe el espejo, que lentamente me acaricia desde que soy un niño y me obliga a mirar, a hacerme a su imagen, a amarla y desearla. Y el resto, es una barbaridad. El sexo ha de ser silencioso y en tu propia casa y bajo la insignia de matrimonio, los argumentos políticos han de estar resguardados bajo un partido concreto, la crisis es culpa de gente a la que nunca tendremos cojones de decírselo a la cara, siempre es mejor, a la espalda y sin argumentar. A todos y cada uno de vosotros, os reventaría mi espejo en la cabeza. La universidad se vuelve tan cara que absolutamente ningún joven con esperanzas y mileurista podrá pisar sus suelos –valga decirlo- más que desgastados (que digo yo, dónde irán los miles de euros si no es al mantenimiento o al sueldo de los profesores que apenas les da tiempo a conocernos). La educación se vuelve resumida, cutre, deshilachada y sin ganas de vivir, como una puta cansada de su trabajo eterno y repetitivo. Y ese espejo nos dice que, puede que en algún momento, lleguemos a esos estándares y acabemos engañando a la mujer con la que duermes al lado o criando a unos niños a tu mierda de imagen y semejanza basada en el materialismo y el ansia de cumplimiento de falsas expectativas. Así, hoy día, es el mundo en el espejo del anticuario, que nunca se planteó que me lo fuera a llevar porque nunca iba a admitir la realidad.

sábado, 24 de agosto de 2013

Buen café para cuarenta minutos de verborrea

Os presento a la Ester del pasado.

Cada cierto tiempo, y con distintos aspectos de mi vida, ocurre que tengo esas ganas de revivir esas experiencias pasado cierto tiempo. Mi afición –por llamarlo de alguna manera- de volver a vivir esos momentos, creo que la adquirí cuando era una niña. El primer libro que me releí fue La historia interminable, y de ahí siguieron las otras seis veces.

El año pasado, tras unos diez años sin tocar el libro (joder, que ya tengo veinte), volví a acariciar sus páginas bicolor entre mis manos. Ese aroma que lo habré respirado mil veces, esa sensación extraña al volver a desentrañar la inscripción al revés de la primera página. Ese, fue el libro de mi infancia-adolescencia primeriza.

Aquella última vez que lo leí, creí percibir más aspectos de los que tenía en la memoria, pero a su vez se veían magnificados por extrañas reacciones en mi subconsciente. Jamás una araña gigante me había infundado tanto temor, o el respeto que le profería a aquel centauro bicentenario, o la predilección y confianza en el propio ÁURYN. Esto me puede sugerir que de pequeños vemos el mundo con unas lentes increíblemente aumentadas (ignorando la ironía de mis cinco dioptrías) que nos ofrecen un mundo distorsionado, exaltado en ciertos aspectos, y que puede que nos determinen en una gran faceta de nuestra personalidad.

Heme allí, en el tren traqueteante, con el sol atravesando la parte este de las ventanas, con las piernas encogidas y apoyada en un respaldo de otro sillón. Han cambiado tantas cosas desde entonces, pero sinceramente, fue como leer un libro revestido de un encantamiento o hechizo brutal.
Lo mismo me ha pasado con otros libros, donde tengo que nombrar por excelencia a Carlos Ruiz Zafón. Michael Ende me enseñó los límites difuminados y fácilmente transitables de la imaginación mediante personajes imposibles y sucesos simplemente fantásticos, pero Zafón me enseñó la belleza auténtica de las palabras. Unos por un lado, y otros por otro, y es por esto por lo que no se puede comparar a Follet con Poe (aunque algunas engreídas lo vayan gritando como cotorras alienadas por una sola gota de cultura), narrativa con retórica, simplemente incomparables. De pequeña me paseaba por la biblioteca cuando mi padre nos llevaba a mi hermana y a mí, y yo subía  a la segunda planta, y me paseaba por entre los libros de adultos buscando el más grande de todos. Precisamente por Ende, me gustaban las historias interminables, que me tuvieran ensoñada durante días y días seguidos, que no pudiera dejar de leer y que un día me encerrara en el sótano de mi colegio y me refugiara con una manta y apenas un bocata y una manzana para pasar unos días leyendo hasta terminar (mi colegio no tenía sótano, por desgracia). Gracias a este criterio de selección encontré al Príncipe de los ladrones, que me llamó la atención dentro de la literatura juvenil, pero especialmente conocí a Ken Follet. Un hombre tan prolífico como exhaustivamente documentado, una novela con una gran base histórica sobre la que desarrollar sus dramas, me tuvo desde siempre absorbida. 

Aunque fue años más tarde cuando descubrí que le ponían muy cachondo las pelirrojas en sus siguientes libros.

El caso –es evidente que me disperso en esta materia- es que hay libros que sólo se pueden leer en determinados intervalos de edad para sentir lo mismo. Por eso considero tan importante releer una buena obra, porque te suscita otras sensaciones, otros sentimientos. Es lo que me decide a darle a mi hijo del futuro La historia interminable cuando sea el momento exacto, y ver si desencadena en lo mismo. Simplemente pienso que mi pasión por los libros fue infundada, y para ello tiene que haber un detonante.

He de decir que tanto la literatura como los simples dibujos animados han cambiado. De pequeña madrugaba (no exagero, a las siete de la mañana) para ver los dibujos. Y no sé si el problema es suyo o es mío, pero con los de hoy día no siento lo mismo. Lo que me divirtió Las supernenas no se puede comparar con las mierdas en 3D de hoy, lo siento (y por favor, metamos a Bob Esponja y Hora de Aventuras en el cajón de “dibujos especialmente para los no-niños”, porque son demasiado brutales xD). No sé, puede que sea cosa mía.

Mucha gente no sabe el verdadero valor que tiene continuar con la palabra, y reformarla a tu gusto para las siguientes generaciones. Y no lo digo en un sentido dictatorial, puesto que en algún momento el niño tiene que valerse por sí mismo y aprender a seleccionar contenido, y es precisamente por eso por lo que es tan importante  encender esa llama por la cultura antes de que no haya opción y se inicie el Modo Automático. Criar a un hijo puede ser algo relativamente fácil, pero también puede ser un auténtico lienzo donde en el futuro se hará una obra de arte. Ahora estamos hablando de la Ester del futuro.

Está bien, estudio Derecho y Administración de Empresas, hasta yo misma digo que no da mucho rango al arte o expansión sensorial. Lo reconozco, pero podemos decir otra vez que son dos campos distintos. La verdad es que hasta que no he dado auténtica materia en Derecho no me he dado cuenta de que soy terca, y soy tan terca que muchas veces la arrogancia se levanta del sillón y también habla –medio ebria, mi arrogancia siempre está ebria porque habla sin pensar- y empiezan a discutir en mi cabeza que trata de defender lo que piensa. Defender, y hacerlo por encima de todo. Porque cree que está en lo cierto, y he de suponer que en un campo tan taxativo y a la vez tan variable como el Derecho puede bailar a sus anchas. La faceta asquerosa y a la vez más cierta, es que no todo el mundo piensa como debería ser, y con esto me refiero a la más básica moral.

Temo el día en el que me den la torta en la cara. Ya sabéis, el día en el que la justicia no esté de mi lado y realmente tenga que afrontarlo. Soy tan terca como moralista, y cuando una persona te pregunta lo típico de ¿defenderías a un asesino? Nunca soy capaz de responderle completamente segura de que esté respondiendo bien, porque puede que la Ester del futuro me contradiga. He ahí mi dicotomía.


Bueno, aquí queda un poquito de todo. Buen café para cuarenta minutos de verborrea.

domingo, 11 de agosto de 2013

Y esta, va dedicada a la música

Normalmente distingo lo que me gusta de lo que no por la reacción de mi cuerpo. Algo tan sencillo como la piel. Si se me eriza, debe ser brutal. Lo que te arranca una fuerte inspiración, te encanta, te envuelve y te canta hasta el fin de los tiempos. Aunque, cabe decir, que no todo lo que escucho tiene tanta trascendencia corporal.

Ignoro los orígenes exactos, ni la verdadera intención de los buenos músicos (hasta donde me puedo imaginar, me pierde la impotencia por la ignorancia), pero puedo adivinar que pocos son los que buscan erizar la piel a sus espectadores, porque no es precisamente la música más alta, más ruidosa o más repetitiva, sino, al menos para mí, la que tiene un pedacito de su alma.

Hay que decir, que me gusta el death metal, el rock y metal clásico, las baladas, epic metal y tal vez trash, incluido el nu metal, grunge, rock alternativo, pero también la música clásica, las canciones híbridas con un montón de estilos pero con piano o guitarra… tengo una enorme diversidad y cada día descubro otro género, pero lo que siempre busco es sentir que el grupo me está dando algo de ellos. Sí, especialmente el metal me dice mucho más que una canción estándar.

Porque yo cuando escribo, dejo algo de mí, espero que el resto lo hagan conmigo. No por retribución (ni mucho menos), sino por una cuestión de perfección. La verdadera música es la que te arranca algo, tanto para bien como para mal. Un cantante gritando en una buena canción puede estar clamando al mundo por su autodestrucción, la mano del hombre guiada por el afán de poder, del mismo modo que una balada se convierte en una elegía por la persona que no está o por lo fugaz que puede ser la vida vista como un tren. Que te dicen mucho, joder, y poco a poco cambian tu modo de ver las cosas.

Hay veces que pienso que al escuchar una canción sacas más de una persona que si quedaras con ella en un café y le hicieras un cuestionario hasta que os obligaran a salir porque tienen que cerrar. Otra forma de ver a la gente, parecido a leer una obra lírica del autor. Es otra cara, no la cara social, sino la propia cara interna.

Lo irónico del arte es que no necesariamente te hace sentir mejor cuando lo practicas, puesto que no siempre decides lo que quieres dejar plasmado. Una pintura, un largometraje, una fotografía, una canción, una obra de teatro, un libro, un baile, un beso… ¿por qué no un beso? Incluso el sexo es arte. Pero de eso puede que hable en otra ocasión, porque esta va dedicada a la música.

Hay muchos tipos de conciertos, pero lo que tienen en común es la expectación de los miembros protagonistas. Lo que esperan, lo que no, y lo que realmente se produce. Siempre pienso (pícaramente) que los músicos nunca obtienen lo que desean, porque su rendimiento es mucho mayor al perceptible. Si no te sale como quieres, te pasas horas, días y meses practicando, y siempre queda un deje de perfección incompleta. Cuando un espectador llega y les dice “me ha gustado, ha estado genial” no creo que obtengan todo lo que quieren como mínimo recibir. Yo les entiendo, es una cuestión de proporcionalidad, autoexigencia y no conformismo con uno mismo.

Porque si hay algo en lo que creo es en que una de las facetas del arte que más me gusta es la realizada por personas atormentadas. Personas que tienen una idea en la cabeza que nunca termina de desaparecer, atormentándoles por no poder salir en condiciones. Y se pasan la vida intentándolo, frustrándose y perfeccionando lo imposible. No digo que únicamente sean estos los que me gustan, sino que especialmente me llaman la atención. Puede sonar un poco sádico.

Y como muchas veces en la vida, se hace necesario variar, para lo que viene genial escuchar esas canciones que te hacen sonreír sin que te des cuenta. Tanto talento como las que te encogen y acongojan el corazón. Las que te recuerdan tu vida como una película antigua, las que profundizan en cosas que consideras banales o en personas que no sabes lo muchísimo que amas hasta entonces. Joder, claro que son necesarias, mi vida es una barca y unos pies en el césped del mismo modo que es una tarde lluviosa en una calle empedrada.


Para todos estos momentos, siempre la música se sentará a tu lado y se tomará, con gusto, otra copa contigo.

domingo, 28 de julio de 2013

Now that I’m free

Aquel día la cafetería estaba repleta de esa clase de gente que, por motivos desconocidos, les da por salir en un día que saben perfectamente que va a llover y posiblemente no puedan ir a ningún sitio, y sin embargo, salen, en busca de un techo mejor que el de su casa donde leer el periódico, tomarse el mismo café (o peor, valga decir), o simplemente convivir en un microclima de sociedad.

Me puedo identificar con esa clase de personas que les gustan los días “turbios”, esos de cielos encapotados y un aire nostálgico; seguramente vendrá de mi preferencia por la soledad en estos días desde la infancia, o tal vez me haya dado ese pandémico aire de camisa de cuadros y una apariencia de hipócrita reflexión en sus miles de fotografías… que no!

Sí, aquel día estaba sola, leyendo una novela que promete más por su amplitud que por su contenido, y cuya escritura no es especialmente reveladora, pero que decides leértela por eso de que el siguiente libro te sepa mejor en comparación (no es lo normal… ¿verdad?), como una especie de baremo con el que siempre el siguiente será mejor… es igual, no es el argumento de la historia. Simplemente estaba sola, en mi mesa, a mi quehacer, cuando el murmullo atmosférico de la sala se vio atenuado por un par de voces orientadas en la esquina poco iluminada de la cafetería.
En aquel recóndito cruce de paredes se encontraban dos individuos enfrentados. Como era de esperar, la espalda del oyente no me dijo gran cosa, sino que la especial relevancia la ostentaba el personaje que no dejaba de parlotear. Parlotear, bramar, ladrar, mugir, cualquier tipo de onomatopeya o calificativo despectivo que realce mi especial sensación de vómito al dejar que sus palabras llegaran, de algún modo pasivo, a mi oído.
Y es que lo curioso era que, a pesar de que llevaría, desde que empecé a oír forzada, cerca de un cuarto de hora hablando, no dijo absolutamente nada. Desde pequeño te enseñan a subrayar los textos y sacar un “tema”, la idea esencial concentrada en un par de líneas, y que te ayuda luego a desarrollar el texto… pues este hombre no dijo absolutamente nada en lo que sería un monólogo trascrito en unas 3 o 4 páginas. Son gente fácil de reconocer, por el simple hecho de que te quedas igual cuando hablan. No sé si al resto del mundo les molesta tanto como a mí, pero de verdad… me ponen de los nervios.

Los más graciosos –por decirlo de alguna manera- son los que hablan por hablar creyendo que están diciendo algo realmente interesante, revelador o merecedor de un halago por su ingenio y cultura. Antes, al menos para mí, las personas eran esferas introvertidas que ibas descubriendo poco a poco, extrayendo los aspectos interesantes de su vida. Hoy, gran parte de la población que tiene medios y modos de ser culto e instruido, es fachada, por ser genial, por cumplir, por aparentar algo que nunca han intentado ser. Yo lo reconozco, no tengo muchísimo que ofrecer. No canto como un ángel, no bailo como una diosa y mucho menos tengo un talento oculto en los instrumentos. Lo único a lo que me aferro desde siempre han sido los libros, los que he engullido, vuelto a engullir y saboreado años después con aires de nostalgia, y los nuevos que airean mis oxidadas técnicas para escribir. Eso mismo que leo y releo hasta que, más o menos, lo califico como pasable viniendo de mis pulsaciones en el teclado.

A lo que iba, esta clase de individuos no se reconocen (o eso espero, porque hay que tener huevos) ni esperan hacerlo hasta que les preguntan en su esencia sobre un tema del que habrán estado hablando como un papagayo durante media hora, con abuso del polisíndeton, oraciones subordinadas relativas (cada vez las uso menos por puro conductismo) introducidas por una cantidad reiterativa de nexos con la intención de “explicar”. Explicar… realmente me pregunto si es posible explicar sin saber, es pura contradicción.

Hoy me quito el sombrero y las ganas de escribir, porque simplemente estoy harta de una clase de gente que se expande y se expande, educando a generaciones sobre pilares tan poco sólidos como sus propios conocimientos. Si no lo sabes, lo buscas, te informas, estudias y ya después argumentas, pedazo de ignorante de mierda. Estoy harta de discutir con gente que corre cortinas de “su opinión” cuando se habla de temas serios, donde o te mojas con inteligencia e investigación o te quedas en la orilla como mero espectador, que no hay variedad de opiniones como los temas deontológicos o simplemente morales, sino que es una cuestión de raciocinio, de lógica, de pensar una fracción de tiempo tras escuchar una explicación neutral.

Y si intentas explicarlo neutralmente (teniendo en cuenta mi excesiva pasión en las explicaciones), te tachan de pedante o intolerante. Gente que tiene un puto catálogo de respuestas patéticas y que te dejan peor que antes, incluso un poquito más ignorante (como la televisión de mierda, la única que hay en España prácticamente en lo que se refiere a televisión pública o privada). Gente que no reconoce tu mérito en algo porque no le gusta, porque no quiere probarlo o porque no le sale del soberano nabo (aunque eso no te lo dicen eh, para eso está el catálogo) y espera que le tires rosas por su dedicación a algún sector de lo que ellos consideran arte, hobby, afición, oficio, dedicación. Me pierde la impotencia.
Y ahí seguía hablando el hombre eh, como si le estuvieran apuntando con un calibre 38 en la nuca para que soltara todo lo que le surgiera por la cabeza, sin procesar, sin tratar, sin contrastar con la maldita realidad. Que yo sólo pido la Wikipedia por dios, que no pido más xD.

Creo, en esencia, que cada vez nos obcecamos más por no ver.