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Esperar en un mundo que no trasciende de una puerta de mierda

lunes, 25 de agosto de 2014

El cielo que acabó con todas las nubes

Todo tenía un color demasiado exaltado. Demasiado brillante, la inmensidad se veía increíblemente nítida. El cielo, de un impoluto y uniforme azul, resaltando el vuelo de un pájaro en su recorrido. Las hojas de los árboles, mecidas por el suspiro el viento, despertándose con una suave caricia, con un susurro. Los tejados de los edificios, con las tejas perfectamente definidas en su entramado. Todo era demasiado para la concepción de alguien que volvió a nacer.

Mi mujer me miró con una capa traslúcida esparcida en los ojos, que resultaron ser lágrimas a punto de rebosar. No sabía quién era, dónde me encontraba, qué maldito año era en aquella época donde todo se decidió por brillar. Su pelo, recogido en una coleta más que desatendida, despedía ese aroma inconfundible a naturaleza, a vida, y recordé lo muchísimo que la amaba. Un mechón le cruzaba la cara, quedando cubierto por sus manos, que estaban tapándole la boca y la nariz, en un reflejo por tratar de ocultar su llanto. Tan sólo lloraba mientras me volvía a mirar cuando otro cargamento de lágrimas caía en el mantel sobre la hierba. Y yo con mi momento de realización y ubicación trascendental.

Me dijo que había muerto, que mi corazón dejó de latir durante un tiempo que le pareció interminable mientras entraba en pánico. Que me quedé mirando a la nada mientras dejaba de respirar. Que me fui con una sonrisa paralizada en la cara. Tan sólo recuerdo haberme quedado mirando a las nubes.

Mis nubes, mis sueños y aspiraciones flotando en el vacío que conforma el cielo. Todos y cada uno de los pensamientos y objetivos han ido siendo plasmados en la gran superficie etérea de nuestra vida, y nunca nos paramos a contemplarlos. Creo que me quedé mirando demasiado tiempo mis errores.

Cosas que no hice o que hice mal. Cosas que por cualquier motivo pospuse, cancelé o sobre las que me retracté. Gente a la que nunca volví a ver tras una despedida temporal. Besos que nunca di, abrazos que nunca pude recibir. Suspiros que nunca procuré ante la plenitud que sentía en mi pecho palpitante de plena felicidad. Tantas nubes que faltaban, tanto cielo por abarcar.

Contemplé los árboles bailar bajo el canto del viento durante unos instantes. Me quedaba tanto por vivir que el sólo pensamiento me quitaba de nuevo el aliento. Tanto que hacer, tan poco tiempo, la ironía de ese conjunto de maravillas científicas que hoy nos dan capacidad para vivir algo más de diez décadas. Sonreí a aquella paradoja y me reí de forma macabra, ante el maravilloso y trágico espectáculo que pude contemplar en el cielo.

En este mundo hay gente que vive las cosas que se le ofrecen y otro tipo que simplemente no lo confirman hasta que un tercero no les da su vacía aquiescencia. Los seres humanos somos los únicos animales que se suicidan de forma racional, tomando decisiones bajo sus plenas capacidades y bajo el único pretexto de su ulterior defunción, diga usted que sí, a la mierda primavera. También hay gente que abraza la ignorancia y habitan en ese estado transitorio entre la infancia y la madurez, nunca llegándose a cuestionar la vida, las emociones, el resto de las personas de la tierra, nunca aspirando a la plena autonomía intelectual. Hay otros sin embargo que hasta que no alcanzan el conocimiento absoluto no desisten, y gente que vive por el bienestar de otras personas. Hay tantos tipos, tantos millones que nunca podrá haber un patrón reducido de condicionamientos. Ahora, uno sólo puede hablar de lo que realmente es.

Tal vez fue una oportunidad del cielo de advertirme sobre mi camino, de alertarme de la posible inexistencia en la que podría caer de continuar viviendo bajo decisiones a corto plazo, estándares, convencionalismos dentro de los márgenes de la vida proclamada. Tal vez fuera un aliciente a vivir por mí mismo, a nunca juzgar a las personas por meros detalles, a simplemente vivir como le grita su propio ser. O simplemente fuera un chungo en el que me quedé inconsciente.


Abracé a mi mujer, que estaba temblando de miedo y confusión. Le besé la cabeza mientras aspiraba el dulce olor de su compañía y empatía, mientras me sentía vivo y un conjunto de planes iban formándose en mi determinación, socavando los grandes pilares estereotipados y los enormes prejuicios de la sociedad. Un ataque de tos del cielo despejó el horizonte, y pronto vi claras mis intenciones. Me esperaba una buena vida volviendo a llenarlo de nubes.

lunes, 28 de julio de 2014

Fuego reducido a ascuas

Lo último que veo, la luz que no se apaga nunca, tililante, cuando entrecierro los ojos antes de quedar sumido en la inconsciencia.

Desconozco el momento en el que uno empieza a pensar en pretérito, cuando todos los hechos sucedidos en su vida se reproducen una y otra vez envueltos en una atmósfera gastada, completamente impregnados por un sentimiento punzante de remordimientos y pura nostalgia, pura impotencia por no poder luchar contra el tiempo.

Hoy te veo especialmente nítida, como si todos mis recuerdos estuvieran concentrados en poder visualizarte de una forma tan ponzoñosa como necesaria para poder seguir respirando. Tus manos bailan en las sombras formadas por la lámpara, sin duda tus mejores movimientos transcurrían durante la nocturnidad. Siempre te encontré especialmente hermosa en esos momentos, cuando tus posibles preocupaciones sobre cómo podías parecer al resto del mundo quedaban desvanecidos y arrastrados por la suave brisa veraniega. Cuando te entregabas a la auténtica libertad de la intuición y el verdadero arte de la humanidad.

Hoy no tengo fuerzas, el mundo está empeñado en hacer las cosas cotidianas especialmente pesadas para un viejo solitario como yo. Solitario, aislado de toda la compañía que supusiste en ese hermoso camino que recorrimos juntos: con sus alegrías, sus despreocupaciones y sus verdaderos temores, nunca dejaste de mirarme como lo hacías. Con tus ojos brillantes, con plena confianza en mis decisiones, sin perder la autonomía espontánea que solías liberar para hacer valer tus opiniones.

Uno no termina de acostumbrarse a dormir solo cuando piensa que todas las camas del universo deben ser capaces de reproducir tu olor cuando no estás ahí. No duermo, velo hasta que mi cerebro confunde el tenue movimiento de las cortinas con tus suaves pasos por la oscuridad. Falso contacto, falso olor, falsos recuerdos abruman mis ojos durante la maldita oscuridad.

El hombre no tiene un objetivo definido de forma dogmática para actuar en esta Tierra, y sin embargo mi corazón me grita lo contrario, mi alma desgarrada no deja de buscarte en las calles, no deja de acechar a las sombras de la inconsciencia, de los grandes recuerdos que trato de sepultar tras años de sufrimiento. No puedo olvidarte, por mucho que quiera que mi cuerpo se deteriore con los años y tiña las memorias de tenebrosos vacíos inexplicables.

Veo tus ojos en ella, veo tu absoluto encanto y paciencia en sus palabras. Siempre te recuerda como una mujer fuerte, auténtica, tan increíble como la imagen que tengo de ti. De vez en cuando viene a visitarme, y vuelvo a ver esa luz del escritorio tililar a través de su elemento corpóreo, pero esta vez real, y esta vez sin ser la mitad de mi ser. Joder, deberíamos habernos ido de este mundo de la mano.

Tus sonrisas fueron cambiando desde que nos conocimos, aunque siguieron conservando ese rubor juvenil, esa energía impetuosa en los momentos más tortuosos, ese hálito de sentimiento puro irradiando de tu ser. 

Nunca dejaste de ser mi poesía, mi melodía, mi foco hacia la salida de la desesperación. Ojalá pudiera volver a tenerte en mis brazos, y en vez de llorar como un estúpido jurarte que nunca te borraré de mi memoria. Poder besarte por última vez y condenarme a una vida sin ti, una vida de la que escapaste volando antes que yo, sin que ninguno de los dos pudiera detener tu revoloteo eterno. Tan sólo tenía que haberme puesto yo mismo estas cadenas que hoy siguen aferradas a mi pecho, y vivir aquellos momentos que tuvimos juntos mientras el telón se iba cerrando en silencio.

Qué queda hoy, si no es tu presencia invisible en los tablones de nuestro pequeño mundo. Siento que los días se hacen más cortos, que ya estoy perdiendo las fuerzas que me diste para cuidar de nuestra pequeña; ya está hecha toda una mujer, y puedo jurar que estarías más que eufórica con lo que se ha convertido.

Cierro los ojos, y siento que puedo verte. Nuestra hija llora desconsolada, quisiera poder decirle que no es necesario, que puede sonreírme y recordar que nuestra visita por este mundo está hecha para lo que nosotros escribamos que es, y que nadie podrá decirnos que no hemos hecho lo que se nos pide si sentimos que nuestro corazón tiene su otra parte en otro ser. Tan sólo puedo esbozar una tenue sonrisa mientras mi corazón da sus últimos pasos, y sueño con volver a encontrarme contigo en lo que sea que fuere el lugar donde nuestras almas incorpóreas se fundan en un suspiro afónico.

miércoles, 18 de junio de 2014

"Odiar es un talento que se aprende con los años"

Aquella noche era de esas en las que mi padre no estaba en casa, así que mi madre nos daba desinteresada la cena, volvía a la cocina a hablar por teléfono y fumar a escondidas, y mi hermana y yo comíamos en silencio entre el murmullo atenuado de los informativos de las nueve. El mantel de cuadros se me antojaba tan rutinario como miserable, los cubiertos de mango rojo tan arañados como bastos, y mi mente tan sometida, tan subordinada, como otro día más.

Aquella noche, como otra más, había decidido dejar de hablar a mi hermana. La odiaba, la odiaba más que a nadie, sentía que mi alma estaba tan escondida en mi ser que las paredes se estaban tornando oscuras y los papeles de las esquinas se empezaban a retorcer y caer secos e inútiles. Sentía que me oscurecía, que la maldad iba a hacer de mí una persona despreciable, y que todo era por obra y gracia de mi hermana.

El problema era que se me olvidaban mis promesas internas. Por todo el daño que me iba haciendo progresivamente la persona que dormía en la cama contigua en la habitación, marcaba otro motivo más por el que odiarla en las paredes de mi mente, la volvía a escribir una y otra vez como un demente y me quedaba mirando la larga lista todas las noches, susurrando malvados planes de venganza. La oía respirar y deseaba odiarla, y más que nada, deseaba que ella lo supiera. Y sin embargo, a la mañana siguiente volvía a saludarla, tarde para ser consciente de que me había prometido despreciarla.

Aquella noche estaba comiendo una pera. Mi hermana me venía provocando toda la cena, preguntándome por qué no hablaba “¿Me has dejado de hablar?” “¿Por qué no hablas?” “¿Qué te pasa, eres tonta o qué?”. Había terminado por acostumbrarme, pero mi mente no dejaba de pensar en las heridas que habían dejado horribles cicatrices en mi temperamento, en mi apacible forma de ser, en la buena fe con la que había crecido toda mi vida, antes de que a mi hermana le diera por joderme. Torpemente trataba de pelar la pera con el cuchillo de punta redonda y mango de plástico rojo de nuestra más que ostentosa vajilla, cuando el número de inquisitivas pasó a ser sustituido por la metralla de los insultos. Mis manos temblaban mientras partía la pera en dos, una de las mitades, en cuatro. Estaba hastiada, cansada, harta y muy enfadada, y sin embargo si llegara a soltarle la bofetada que mis padres nunca le soltaron gritándole que madurara de una puta vez, la culpa iba a ser mía. El mito de los hermanos pequeños envueltos de inmunidad, no era más que eso, un mito, una jodida y desmentida leyenda en mi casa. Lo razonable hubiera sido seguir comiéndome mi pera, sin duda, terminarme la pera, volver a la habitación y leer y abstraerme hasta quedarme dormida.

Pero aquella noche no me iba lo razonable y prudente, y en una de las ocasiones en las que mi hermana estaba bufando un insulto por su enorme garganta, le metí la otra mitad de la pera sin partir en la boca, manteniéndola mientras abría los ojos sorprendida y me miraba fijamente. Lo recuerdo perfectamente, cómo la mantuve, cómo la iba moviendo para que pudiera entrar toda la fruta, cómo mi mano se pringaba del agua dulce de la pera e iba bajando por mi muñeca. Un grito ahogado salía de algún recoveco de su enorme buzón y se echó para atrás, tirando la fruta a la mesa. Rápidamente, y digo yo que por fuerza de la costumbre, se fue corriendo hacia la cocina gritando “¡¡¡¡MAMÁ, MIRA LO QUE HA HECHO!!!!”. Nunca me llamaba por mi nombre, nunca jamás lo iba a hacer.

Ahí permanecí, sentada en la silla del comedor, comiéndome los otros trozos que no habían estado en contacto con la saliva de quien decían que compartía mi sangre. Me sentía tranquila, feliz, satisfecha conmigo misma. Sin soltar ni una sola palabra aquella noche, habían finalizado los insultos y su absurda forma de humillarme. Tan sólo quería que el tiempo se parara y que siguiera yo sola, comiéndome mi fruta, viendo alguna que otra catástrofe política en los informativos que aún no era capaz de comprender. Tan solo seguir allí, leyendo rótulos y comiéndome mi pera. Tan solo disfrutar de mi justicia momentánea.

Nunca sentí que las cosas fueran justas en la vida, y sin embargo mi afán por reivindicarlo se ha agazapado en mi mente y se balancea rítmicamente cual alienado de este mundo, esperando que las cosas tornen de eje, que el mundo se vuelva loco buscando su racionalidad. Hoy día, tal vez dieciocho o veinte años después, sigo pensando que las cosas deberían ser iguales para todos, y cuando no es así, me dan ganas de meter peras de agua en las faringes de la gente.

Aquel día, como otros tantos, volví a oír comentarios inútiles. Aportaciones sencillamente vacías, y un agradecimiento del profesor. Tras un examen, alguien alardea de su falta de estudio y su magnífica nota. Manda huevos, mira que hay gente inútil en el mundo académico, no quiero ni pensar en el laboral. Mi afán se ha vuelto tan fuerte que poco a poco ha ido aumentando de nivel y hacerse con una fuerte armadura y una gran espada para señalar las situaciones donde hay falta de retribución. Lo siento, me golpea el pecho y me grita “¡Cómo cojones puede ser eso posible, no se lo merece!” parece que yo misma me quisiera contradecir y sosegarme “no te sulfures, déjalo, es absurdo sentirse así, no tiene sentido, ni siquiera te afecta”. Claro que me afecta, por mucho que lo intento es imposible engañarme. Mi afán me embiste, trata de salir por mi garganta y mi sangre empieza a bombear por mi cuerpo de un color mucho más oscuro, hirviendo, quemando todos y cada uno de mis pensamientos razonables. Ojalá le vaya mal en la vida. Ojalá alguien descubra que no tiene noción alguna perdurable de todos estos años de carrera y simplemente le vaya mal, le desacrediten, le hundan, joder que le hundan, que vuelva arrastrándose y me quede sentada, me quite mis gafas de intelectual, pose mi copa de brandy (dios sabe si beberé brandy cuando sea la comandante de mi utópico mundo) en mi aterciopelado y rococó sillón, y le mire con lástima, con tristeza, con simple humanidad. Que se hunda en la maldita miseria por su ignorancia y personalidad de chupapollas arrogante.


Y sin embargo, todos estos pensamientos se me desvanecen, y se me olvida que no tengo que volver a darle los buenos días. Porque mi sangre vuelve a ser roja y mis ojos vuelven a ser verdes. Porque, a pesar de lo visceral que puede llegar a ser mi sentimiento, se me olvida odiar, y sigo comiéndome mi pera mirando al mantel de cuadros apenada preguntándome dónde estará en ese momento mi madre para que no oiga la de mierda que me está soltando, o sigo estudiando como una auténtica obsesa, esperando que algún día se nos reconozca a los que nos dejamos la piel en lo que hacemos. 

sábado, 19 de abril de 2014

Un marinero perdido, un viajante sin fronteras

Su respiración se ha terminado convirtiendo en un suave oleaje en una noche solitaria en la playa. Invariable, arrasa con su suave sonido el silencio vigilante. Su cuerpo queda sumido en su propio océano de paz, completa parsimonia al arbitrio de Morfeo. Sólo durante la noche somos capaces de rendirnos ante algo tan conocido como peligroso, tan inquebrantable en nuestras conciencias como inesperado en su mezcla con otros recuerdos aleatorios remanentes en nuestra imaginación, en nuestra retina transformada hasta el absurdo. Ella sin embargo, parece la sombra de un mar en absoluta calma.

Me quité las sandalias y hundí mis pies en su arena. Casi al instante me abrazó en un mullido descenso, guiándome hacia la orilla. La arena me salpicaba con cada pie que levantaba, con cada pisada que dibujaba trazos de mi presencia por aquel terreno intransitado. Estaba la superficie tan caliente como una noche de verano donde el viento sopla cantándote una melódica canción, junto con la hermosa voz de la luna como solista. Las olas dibujaban nuevas sombras en la arena, y justo cuando me tumbé a tu lado se percataron de mi presencia.

No despertaste, ni siquiera frunciste el ceño como los niños que quieren diez minutos más por las mañanas. Sabías que no iba a despertarte, y permaneciste en tu dulce ensoñación. La cama crujió ruidosamente cuando me tumbé, y me pareció que un gigante iba a destrozar el techo de la casa con semejante algarabía. Y sin embargo, tu cuerpo, de perfil, cubierto por ese fino pijama a dos piezas, seguía en su laboriosa tarea de permanecer impasivo a la luz de las estrellas.

Desnudo, en un par de zancadas me sumergí en el mar. Las aguas corrientes de las olas me hicieron paso en su trascurso, demasiado atareadas en llegar al otro lado de la orilla. Como si no fuera su asunto, me dejaban pasar, me empujaban detrás de ellas en unos cuantos toques alternos, hasta llegar a la zona sin actividad lunar. Hasta llegar a tu epicentro, hasta rodearte con mi brazo y unirme a tu respiración.
Buceé durante años hasta encontrarte, dentro de aquel inmenso mar que conforma la incertidumbre. 

Navegué por mil y una penínsulas y peñascos, islas abandonadas o pobladas por sucias putas que tan sólo querían mi afán por amar y encadenar un alma. Me sumergí en las aguas más oscuras guiado únicamente por un par de palabros tartamudeados por algún marino retirado del oficio, buscando tu luz entre la más completa inexistencia. Hasta que te encontré y te perseguí durante mil y un leguas, mil y una noches, y conseguí la efeméride de tu presencia a mi lado.

Eso me considero, un iluso soñador. Me encanta soñar que todo lo que me costó encontrarte desde aquel vistazo en el metro en esa tarde lluviosa no fue cosa del destino, sino labor de un servidor. Confiando en las coincidencias, en las probabilidades de que cogieras el mismo vagón en la misma línea a la misma hora otra tarde lluviosa. Y esa vez, tratar de hacerte mía con el valor de mis palabras y mis promesas.


Y aquí estás, mi dulce mar, mi sendero recorrido y por recorrer. Seguiré necesitando un par de mapas para surcar el intrincado recorrido desde uno de tus hombros hasta tu cadera, y desde una de tus rodillas hasta tu dedo pulgar. Mi brújula será inútil cuando me contemples bajo esos ojos centelleantes, bajo esa faz tan perfecta que me quita la respiración. Por cada uno de tus besos soy un marinero perdido, un viajante sin fronteras, un guerrero sin nada que perder. Soy la espada que sigue tus órdenes y que dará su acero por mantenerte en esta tierra. Porque mi vida sin ti perdió sentido desde que me permitiste adentrarme en tu océano y surcar la hermosa mente que conforma tu curiosidad por las antigüedades de cualquier mercadillo, las lámparas más oxidadas o los libros más decrépitos, y que en las noches de luna llena me cantas como los ángeles. Como una sirena que encontró la roca donde cantar por el resto de su vida, mientras con el paso de las olas va erosionándose, haciéndose a su forma, amándola por el hecho de ser ella. No somos más que locos sin fronteras, con un par de acantilados donde volar, lanzarnos al vacío con la única esperanza de sentir el viento en nuestra cara durante unos instantes antes de perder la conciencia y forma de ser. Somos capaces de dar nuestra cordura para no sentirnos solos en este mundo, porque cuando encuentras a tu ser en el infinito océano, eres capaz de olvidar que respiras oxígeno, y que tarde o temprano tendrás que salir a la superficie y a la aplastante realidad. 

lunes, 14 de abril de 2014

En casa de mi abuelo las judías se comen solas

En casa de mi abuelo todas las reglas que puedan haberse creado entre los comensales a lo largo de su histórica tradición, son nulas. En su casa, las reglas son dogmáticas, simples, y lo más importante, son suyas.

Las judías se comen solas. Todos permanecemos en silencio mientras masticamos y sorbemos de forma armoniosa, procurando armar el menor ruido posible, que se camufle con el  graznido repiqueteante de la radio y el zumbido del frigorífico procedente de la cocina. Yo miro mi plato, la cabeza siempre gacha. Mi abuelo preside la mesa, y al comienzo de la comida es él quien juzga la calidad de la misma con el primer bocado. Nunca está perfecta, siempre le falta sal o ha sido demasiada. El resto nunca dirá nada al respecto.

Hago demasiado ruido con los cubiertos. Cuando los dejo en el plato, chocan ruidosamente contra la vajilla haciéndome estremecer mi propio estruendo. Mi madre levanta la vista, severa, mientras avergonzado agacho aún más la cabeza hasta rozarme el pecho con la barbilla y las judías se vuelven enormes a mi parecer. Me siento avergonzado por mis pesadas manos, por lo sucias que tengo las uñas de haber intentado cazar ranas durante toda la mañana en el río que hay a un par de kilómetros de la casa, y por lo incompetente que llego a ser al no poder ser capaz de coger los cubiertos como un hombre. Y todos continuamos comiendo.

La radio farfulla propaganda política de la guerra. De vez en cuando, mi estólido abuelo gruñe algún que otro sonido reprobatorio y el resto responde con aquiescencia. Pienso que el silencio de mi padre es por puro respeto, y sueño con que un día le espete que todo lo que está viviendo el país es por culpa de gente toscamente engañada como él, por ser víctimas de un auténtico juego de borregos. Sueño, porque la comida nunca trasciende más allá de alguna interrogativa directa sobre si le pasan la sal o si le acercan una servilleta. Y poco a poco, con los días todo trasciende a algo mucho mayor.

Los bosques que hay cerca de mi casa ya no son tan tranquilos. Las grandes superficies de hierba ahora 
están surcadas por enormes huellas de neumáticos de los automóviles de los militares. Las ranas ya no salen a croar por la mañana, y de nada sirve que controle cada uno de mis pasos para hacer el menor ruido al pisar las plantas cerca de la rivera. Cuando llevo más de media hora agazapado entre un montón de juncos, justo cuando las ranas asoman la cabeza de nuevo, algún que otro camión cargado de gente me vuelve a espantar a todas mis futuras compañeras de verano. Ya ni me acuerdo del tacto de esa superficie gelatinosa que conforma su piel anfibia, ni esa forma tan alterada de mover su cuerpo al producir oxígeno. Ahora las nubes quedan oscurecidas por el turbio humo que sueltan los tubos de escape de la dictadura. Ahora el mundo se echa a dormir durante la opresión.

Como niño, mis preguntas son bastante simples. Por qué un día un grupo de señores quisieron hacerse con el poder a costa del resto del país. Por qué nosotros, simples habitantes de un pueblo alejado del mundo, tenemos que sufrir sus consecuencias. Por qué cada vez que vamos a casa de mis abuelos nos paran un millón de controles y miran a los asientos de atrás y al maletero con desconfianza. Por qué no me dejan tener unos días a una rana en un bote con un par de moscas y unos agujeritos en la tapa si luego la voy a soltar de nuevo en el río. Por qué mi madre ya no sonríe, y mi padre no hace más que leer el periódico y decirme cosas como que sentía que viviera en este mundo tan triste. Y por qué tengo la sensación de que todo esto no es más que el principio de un absoluto caos injustificado.

El viejo puente del pueblo que da a la parte derruida de los antiguos edificios abandonados apenas lo transitamos un par de niños aburridos después de comer, y todos nos sentamos a formularnos estas preguntas los unos a los otros esperando que los padres de alguno las hayan respondido, que la radio haya dicho algo más que esas frases repetitivas, o que los periódicos ofrezcan algo que podamos entender. Seguimos jugando hasta caer muertos del cansancio y de la risa, pero tenemos que irnos antes de que caiga el sol. Las noches de verano ahora las transito en mi cama mirando por la ventana cómo los gatos empiezan su jornada habitual. Otras noches he conseguido hacerme con el periódico de encima de la mesa del comedor e intento aplicar mis pocos conocimientos de lectura sobre los titulares encima de las fotos en blanco y negro, pero no entiendo absolutamente nada y todo es confusión en un mar de tinta. Es inútil tratar de entender cuando nadie quiere que lo concibas. Supongo que lo hacen por protegerme, por tratar de no preocuparme acerca de todo esto que parece ir tan mal.


Los días pasan y se vuelven más grises, y las comidas en la casa de mis abuelos siguen siempre las mismas reglas. Ahora hay menos judías, y la radio está más alta que otras veces. Todos se miran los unos a los otros inquietos, mientras yo miro a mi plato empecinado en sacar algo más de las grecas dibujadas en la vajilla aparte de unas flores en patrón. Porque en casa de mi abuelo no puedo mirar a nadie ni hacer ruido con los cubiertos. Porque hasta que no sea un chico mayor, las cosas no serán de otra forma.

viernes, 11 de abril de 2014

Época de simple ausencia

Tercera vez que borro un par de párrafos escritos hace apenas unos segundos. Hoy es de esos días que no escribo más que mierda.

Ese tópico del escritor frustrado, creo que se debe a lo mismo que a la falta de inspiración que puede sufrir un pintor cuando se le encarga el retrato más sobrio de la historia, o un músico cuando se le pide componer una cancioncilla para el bautizo de su primo el tonto del culo. Porque no le da la gana a su musa despertarse para semejante mierda. Y si te encargan un libro, porque no le sale de las pelotas ponerse a escribir sin sentir el tema con todo su ser.

El ser humano se guía por determinaciones, impulsos que él mismo va dibujando en el fondo de su alma y que de manera inconsciente terminan floreciendo un día totalmente aleatorio. Curiosamente -y eso es de lo que más me fascina de la mente humana- en los momentos más inoportunos es cuando la musa se despierta y, perezosa, acaricia tu mentón susurrándote bonitas palabras y temas auténticos para escribir. Justo, cuando tú no tienes tiempo para ella.

Y si la despiertas cuando está dormida, se enfada. Se arrebulla y gime algún que otro insulto o frase de prórroga. Porque no le da la gana, las cosas no funcionan así en tu mente. No es una fuente interminable y tampoco va a salir cuando tú quieras.

Cuando me refiero a lo inoportuna que puede ser, me refiero concretamente a situaciones cotidianas donde suelo estar rodeado de gente. En el Metro, en el autobús, cruzando la calle, rodeado de mi familia, en cualquier situación donde pertinentemente no tengo un teclado donde plasmarlo. Y me limito a posponerlo, a guardarlo en un cajón temporal en mi mente y prometerme que saldrá tan bien, tan espléndido como me lo dijo mi hermosa musa en ese momento.

Pero la muy puta no soporta que la pospongan. Es orgullosa, reticente y tan sólo quiere ser objeto de tu admiración. Si no estás en aquel instante en el que te mira de esa manera, de “vamos a escribir algo tan bueno que ni lo reconocerás cuando lo leas en un tiempo”, quiere que te arrodilles desesperado y cojas cada una de las palabras que salen de sus labios dibujados por un pincel tan suave que apenas se ve una correcta transición con su piel. Si estás acostado, tumbado en la cama mirando a la nada, quiere que la mires en la oscuridad y materialices sus susurros, y si estás en el Metro cansado del día que has tenido, quiere que susurres en bajo mientras te pones a escribir como un auténtico psicópata mientras las paradas se difuminan entre fuertes sonidos de máquina parlante. Es tan suya, como lo anómalo que tú puedes llegar a ser.


Mis maravillosos tópicos, objeto de tantos escritos a lo largo de un conglomerado de años, son siempre los mismos. Hombres atormentados, mujeres tan hermosas de cuerpo y espíritu como inalcanzables, etéreas y desfragmentadas en la oscuridad, una sociedad tan destruida que tan sólo quedan gritos ahogados en la soledad, un mundo que se derrumba con cada ignorante que suelta un tópico más en los medios de comunicación, un texto que surge de situaciones tan absurdas como mirar a la ventana en una mañana demasiado silenciosa y toda una serie numerada de situaciones de las que nunca he llegado a trascender. Tal vez sea por mi pesimismo actual, porque a todo el mundo le habrá dado por mostrar su alegría de vivir entre botellas y sonrisas opacas, o porque simplemente hoy estoy cansada de mi forma de escribir. Mi musa yace dormida entre los cojines, su silueta se dibuja entre los parpadeos de la luz sacudida por la noche. Ahora me uniré a ella, abrazándole por la espalda y acompasándome a su respiración. Seguramente me gruña que no quiere escribir, pero hoy no me ha hecho falta para hablar de lo mucho que extraño su íntima compañía.

jueves, 20 de febrero de 2014

Cuando uno se harta del postureo de mierda

Delirando un poco por Internet encontré un vídeo realmente humillante, bajo el título de “20 cosas que una chica en sus veinte NECESITA tener”; el vídeo numeraba cosas tales como un amigo al que mandar mensajes cuando estés borracha, un buen sujetador deportivo, un biquini que te quede bien siempre, una película favorita que no sea El diario de Noah o un outfit fantástico para las entrevistas. Vale... ¿Qué cojones le pasa al mundo en la cabeza?

Será porque estoy en mis veinte (recién entrada, y ya me deprimo cuando los sitios a los que voy con mis amigas cuando no hay tiempo para algo más trabajado están llenos de niñatos a los que saco siete años que me miran con arrogancia) o será porque no soy el prototipo ideado por las marcas centradas en la mujer (dentro de lo que considero una extensa mayoría), pero creo que cualquier persona en sus cabales encuentra en este vídeo un contenido de mierda, y especialmente ofensivo cuando pone que estas cosas las “necesita” o las “debería tener” en esta época. Simplemente fantástico que podamos ser resumidos en tan poquita mierda y en un minuto y medio.

Siendo consciente –aunque siempre teniendo en cuenta que me tomo demasiado a pecho las cosas- de que este vídeo es una forma barata de añadir visitas y de ir escurriendo el bulto mientras se va creando contenido un poco más desarrollado, no dejo de pensar últimamente -ahora que mi cerebro anda más despejado dentro del nivel usual de presión y como consecuencia de granos emergentes en mi cara- en lo que estoy escribiendo en ese libro de tapas duras y lustrosas que conforma la vida de cada persona. Lo que se escribe tanto por lo que se hace, como por lo que se deja de hacer, y ésta última cuestión viene a ser mi problema más elemental. Qué ocurre realmente con los tópicos de los veinte.

Esos años maravillosos, de juerga completa y despelote de acuerdo con los arquetipos, de no acordarte ni de la mitad y de vivir a lo yolo o carpe diem cuando en realidad no se tiene ni puta idea de lo que está haciendo uno con su vida. Depender hasta el último extremo de dejar constancia en las redes sociales para que toda la maldita humanidad se entere de que estás disfrutando de tu vida al máximo y que valoras a tope cada momento e hito de tu vida cotidiana, y que sin embargo dependes tanto de su aprobación que cuando no se tiene capacidad para comprobarlo caes en una especie de ansiedad creada por la clase media alta y las gilipolleces que aún quedan por inventar. Me encanta saber que esto no me pasa, pero también me frustra un poco como concepto que la gente pueda llegar a entender que todo esto es la verdadera juventud.

No puedo dejar de recordar el momento en el que me senté ante esta misma mesa, y poniendo una de mis canciones preferidas ya desde que Kiss FM era la emisora del coche por antonomasia en los viajes a lo largo de la península, me puse a escribir el discurso de graduación, y empecé a pensar en la vida que tendría en la universidad. Siendo realista, ni imaginé nada de lo enumerado anteriormente, sino en esencia, descubrirme más. Asumiendo por ello que conservo mi base porque de vez en cuando echo una mirada retrospectiva y veo que no se ha producido un giro drástico en mi mentalidad, y que de ahí he ido construyendo, modelando y perfilando lo que soy y voy siendo, creo que por ahora se podría decir que voy bastante bien.

He conocido a gente realmente despreciable, me han rechazado como amistad cuando soy de las personas que más valora a esos entes aunque no siempre estén a tu lado, y me he dado unas cuantas ostias psicológicas que con las paladas continuas del tiempo se han ido sepultando poco a poco para dejar una mella considerablemente saludable en mi mente (excepcionando por ello los múltiples defectos, las experiencias fatales de vez en cuando revividas por mi perversa mente cuando ve que estoy en un plan de pacifismo mental, así como esa risa estúpida que me sigue saliendo en las situaciones sociales tensas o cuando saludo a alguien al que no conozco con una voz de infante perdido en un supermercado). Supongo que a fin de cuentas, los veinte son la década de sentar lo que quieres que conviva contigo durante el resto de tu vida.

Desde algo tan obvio pero a la vez tan espinoso como es elegir el empleo o actividad a realizar en tu vida, hasta algo tan banal como puede ser la canción que quieres escuchar en la hora tonta o lo que quieres hacer mientras te lavas los dientes. Desde algo tan importante como quiénes van a ser las amistades que van a permanecer fieles a tu lado, no importa qué o cuándo, hasta quién va a ser el hábil ser humano que encontrará tu fuente interminable de placer y encanto, así como el que soportará tus peores estados mentales. Desde quién será esa o esas personas a las que no te cansarás de ver en el mismo restaurante o bar y hablar de las cosas más típicas y superficiales como consecuencia de un cansancio prolongado y simplemente unas ganas de estar, hasta la disposición de las cosas en tu habitación o el formato de letra que mejor te entra de tus apuntes. Desde tu escritor preferido, tus citas permanentes o tus lecturas por descubrir, hasta el estilo de música (o los estilos, por supuesto) que te acompañarán durante tantas veladas y tardes de tranquilidad, o tu jodido estilo de cine preferido (ah claro, que como antes mi película preferida era El diario de Noah, no puedo abarcar más de acuerdo con los estereotipos...), y sin mencionar a la minoría verídica que realmente nos vuelven locos los videojuegos, la plataforma idónea o la conservación de las que nos enamoraron a lo largo de los años (así como de esos juegos idealizados de nuestra niñez y adolescencia). Son tantas, tantas cosas que a mí me parecen millones de veces más importantes que las soplapolleces estereotipadas que iba escupiendo ese vídeo, que simplemente me dan ganas de gritar al mundo que se esfuerce un poco más por vivir.

El yolo cada vez es más simple, gilipollas y de postureo que ha llegado a ser en algún momento de la historia, donde era muchísimo más importante sobrevivir a un periodo de recesión, aguantar la contienda o el absolutismo o salir de una fuerte crisis financiera como consecuencia de un exceso de confianza crediticia. Es la época más pacífica de la historia, y a la vez la época de mayor hipocresía, gilipollez e ignorancia consentida por parte de la humanidad. No sólo uno se siente orgulloso de no saber bajo el pretexto de que “es su opinión y por ello está blindada contra el resto de ideologías racionalmente argumentadas” sino que no se tienen ganas de dialogar, debatir y conocer la situación actual, adentrándonos poco a poco en la alienación más burra que pueda haber; la de las personas que teniendo la fuente más extensa de información (y peligrosa por el otro lado precisamente como consecuencia de esa maravillosa y desmesurada libertad de expresión), le dan la vuelta y acarician su cubierta de plástico cutre en vez de ir escrutando las grandes raíces de los pensamientos racionales.

Porque hoy día se tiene más éxito con un traje  de vendebiblias y un libro firmado por el profesor, o con una sarta de palabrerías redundantes y que llegan hasta el vómito gracias a una vez más la forma cutre de adaptación por parte de España de sistemas educativos europeos (en los que se intenta equiparar las manzanas con las tiras pegajosas para atraer a las moscas que se ponen en las terrazas del caluroso verano español) donde únicamente se valora la gilipollez y el inoportunismo, cada día se van creando más gente aprovechada, gente que sólo se guía por su reconocimiento por los que ponen las calificaciones y las nóminas y no por realmente aprender algo de la asignatura o del trabajo a realizar. Porque en España se valora más un puesto fijo para el resto de tu maldita vida sellando formularios o tirando el cambio a los clientes que un fomento de un proceso de aprendizaje, desarrollo y cultura general, así como una introducción a la vida política decente, y no una puta sarta de discursos de mierda tras los cuales grandes masas de corderos aplauden al presunto pastor. Porque siempre acabo expeliendo veneno sobre la ignorancia expandida o la educación decadente, una vez más la cosa ha ido más allá del vídeo de mierda que me ha dejado con una expresión un tanto lamentable acerca de lo que le depara a este lugar que dice ser mi tierra de origen, y pido disculpas por mi continua repetición, esta vez reconocida.