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Esperar en un mundo que no trasciende de una puerta de mierda

lunes, 26 de septiembre de 2016

Que no, que todo es mentira

Cuando pensé que habían pasado tantos años que su propio peso había depositado una gruesa capa de cemento sobre mis recuerdos, de pronto vino un “Seguro que le hubiera encantado conocer todo esto que estoy viendo”. Así, de repente, una bofetada fría e inesperada que me llegó al puto corazón, estrujándolo. Los ojos se me cubrieron de lágrimas con el sólo pensamiento, una suave voz que me sugirió la situación tan entrañable que hubiera vivido con ella. Me falta el aire, siento que he perdido cualquier forma de vivir que no sea bajo la sombra de su recuerdo, y eso me mata. El dolor no disminuye, se esconde, se va a dormir un tiempo, pero nada garantiza que una cruda mañana de café y cigarro, o una noche a la luz de una lámpara arropado por una melodía de piano, se acerque y te abrace, se introduzca en cada uno de tus poros y llegue hasta lo más profundo de tu ser, arrasando con toda aquella esperanza de que algo fuera a cambiar.

He cambiado, sí, porque no ha habido otra forma de seguir. Porque no puedo salir a la calle y no confundir el pelo ondeante de una chica que pasa con prisa con el suave movimiento de cabeza que hacías cuando te inclinabas hacia atrás en una ruda e íntima carcajada. Porque no puedo poner una cafetera sin sacar dos tazas, porque el pulso no me deja de temblar cada vez que las cortinas simulan por un breve instante tu silueta sentada ante la ventana. Nada ha desaparecido, la vida sigue igual, y hago todo lo posible por no caer presa del pánico que me abruma cada vez que ansío tu vuelta, así que cubro todas mis puñeteras emociones con una gran capa de conformismo.

Cuando uno se enamora, se siente como un arma de doble filo: de un lado, la euforia de poder compartir tu vida con alguien, confesar cada una de tus viles manías y recónditos secretos, poder ser tú mismo sin importarte qué piense en qué momento si no es bajo el sentimiento general del cariño y deseo. De otro lado, el temor a que todo aquello que has dado haya sido un error, y te encuentres solo, desnudo y sin uno de tus secretos a salvo, con un pedacito menos de vida en manos de otra persona, que se lo llevará a su otro amor y lo integrará en su pasado. Sólo un necio se preocupa de aquello que no puede controlar, y aun así uno no puede evitar pensar en esas situaciones en esos momentos en los que cada uno parece de un planeta.


Supongo que ese es el precio de abandonar la razón y abrazar tus deseos más puros, conseguir aquello que anhelas y permanecer ahí, durante el mayor tiempo posible. Ser tú mismo durante unos gloriosos años hasta que una fuerza fortuita se lo lleva todo, te da una paliza y te quedas desnudo en la calle sin nada ni nadie a quien aferrarse. Qué fácil es decir “levántate”, pensar que hay otra oportunidad que merezca la pena, y obviar el camino más tentador que es el de la soledad teñida de rencor y resentimiento. Renegar de la humanidad y fiarse de uno mismo, cuando la mente no está obnubilada con anestésicos varios. Confiar en que únicamente de esta manera no volveremos a sufrir, y permanecer el resto de nuestras vidas imaginándonos aquello que nunca estuvo pensado para nosotros.

martes, 10 de noviembre de 2015

Who tought you how to fight

Desde pequeña entendía que había un orden en las cosas, una situación deseada, y para mí normal, en la que todos tienen igualdad de condiciones, y en el momento en el que alguien se encontraba en una injusticia, había que luchar. Libros de héroes que salvaban a poblaciones sometidas por un villano, películas en las que la gente alzaba la voz y se hacía oír más allá de la opresión, gente que se levantaba cuando les asestaban un último golpe que les dejaba en el suelo, y que tras muchos infortunios acababa en un final feliz. Luchar, por la igualdad, por un mundo que grita justicia, por una situación en la que el consenso sea la razón de ser de las decisiones. Menudo gran trozo de mierda.

La primera vez que conocí a mi compañero fue un día de tantos en el que volví a casa hastiada, en una de esas ocasiones en las que no pude hacer nada, en las que unos se beneficiaban más de otros y estos permanecían callados. Estaba enfadada, sentía que la ira me hacía hervir la sangre que, borboteante, me golpeaba con fuerza los oídos, gritándome que hiciera algo. Tras dejar mi pesada indignación sobre la mesa, mi padre me miró fijamente, y me dijo con voz pausada algo que tenía que empezar a asumir: a veces, no merece la pena luchar. Me sorprendió que mi padre dijera eso, que simplemente asumiera que hay gente cuyas convicciones no se pueden cambiar, y que llega un momento en el que uno sale más jodido por el simple intento de cambiar las cosas. Me quedé callada, masticando cada palabra, mientras sentía que mis principios y convicciones perdían fuerza poco a poco. Como si de repente, toda mi furia fuera absurda.

Con el paso de los años, he sentido a ese pensamiento acercarse, sentarse a mi lado y tomarse una copa conmigo cada noche, dejando poco a poco un enorme peso sobre mis hombros, sobre mis brazos, sobre mi cabeza. Para que cada vez me cueste más levantarla, y no me esfuerce siquiera por intentarlo.

Hay gente que directamente es gilipollas, y no puedo hacerle nada. Pensamiento por cortesía de la humanidad. Hay gente a la que le resulta más sencillo chupar sin rechistar, meterse la polla hasta el fondo sin preguntarse el porqué, y simplemente asumir órdenes, porque sí. Porque eso de hacer valer los principios de uno mismo parece demasiado, ¿Para qué, pudiendo ganar la estimación de los grandes hijos de puta que dirigen la sociedad?. Esos hijos de puta guiados por el egoísmo, los propios intereses, la amistad que huele a mierda, esa que se usa un par de veces y en cuanto no tiene utilidad se tira a la basura, la dejas en una esquina para que la coja otro al que le interese volver a abrir sus piernas. Hay gente que concluye que sale mejor ser utilizado, por dejar de escuchar esa vocecita que probablemente tengan amordazada en su cabeza, para evitarse problemas, para morir al lado de alguien que piensan que merece la pena. Supongo que no puedo hacerle nada, y que sólo me queda contemplar el gran burdel de la vida.

Mi gran compañero me mira, expectante, buscando algún signo de reafirmación. Un "te lo dije", un "para qué sigues intentándolo". Es LÓGICO dejar de luchar, ¿No?, bajar la cabeza y la voz, y empezar a chupar como el resto. Porque la aprobación social está al orden del día, y si a uno no le miran a los ojos unas cuantas putas ya debe sentirse mal. 

En esos momentos, tras haber recibido unas cuantas ostias, no me queda más que reír. Joder, cómo que para qué, pedazo de cabrón. No lo hago por mí, lo hago para sentir que hago algo por este puto mundo. Pensar que hago algo más que mirar al mundo esperando que por mi anónima presencia alguien repare en mis escondidos talentos, un príncipe azul surga de la oscuridad y me lleve con los ojos vendados, rescatándome de mi miseria. Pensar que valgo algo como persona, y no me limito a chupar pollas de personas que supieron con habilidad manejar la gran mierda que es la sociedad, porque eso se lo aplaudo; definitivamente, requiere mucha habilidad y frivolidad manejar a la gente.

Ahora mismo siento mi sangre oscura, espesa, trabarse en cada esquina de mi cuerpo corrompiéndolo a voluntad. Siento que lucho por sacar pensamientos positivos dentro del vacío del día a día, dentro de la maldad generalizada y de la falta de empatía de personas que se supone que defenderán los intereses de otros, y que en cualquier momento podría acabar despedazando a los cuatro hijos de puta que van amargando la existencia de varios. Me imagino que no queda otra, recibir las ostias correspondientes y los aires de superioridad de quienes piden el periódico a otros y no van ellos mismos a por él, pero sentir cómo mi compañero se sienta incómodo en el asiento y espera a otra noche en la que entre desesperanzada para ofrecerme una copa. Por fortuna, después de un oscuro día, tras salir una vez más de la interminable ciénaga con las botas embarradas, recuerdo que hay gente por la que merece la pena luchar, y que te hace recobrar la fe, en cierto sentido, en el ser humano, que comparten tu opinión y te dicen que son idiotas. En algún momento de la vida es cuando uno se da cuenta de que debe aprender a luchar, y a encajar ciertos golpes imposibles de esquivar y que no puede evitar que surjan.


sábado, 11 de octubre de 2014

Elegía

La carretera transcurría, curva tras curva, dibujando el mismo paisaje, con pequeñas variaciones en la distancia.

La misma música, la misma canción. El sol brillaba con el esplendor de la mañana, y el coche volvía a describir otra curva. Mi hermana no tardaría en marearse y balbucear a mi padre su malestar con la mirada perdida. Yo respiraba hondo y trataba de no mostrar empatía, mirando fijamente al horizonte y pensando en lo que quedaba hasta llegar.

No recuerdo si habrán pasado ya casi diez años desde aquella escena, o si fue la penúltima vez que toda la familia fue a aquella casa. Pero lo recuerdo como si fuera ayer, y es lo que más me duele, porque la herida no deja de sangrar.

Hace una semana, la misma carretera no brillaba. No oía la misma canción, no pensaba en que en dos horas estaría en casa de mi abuela y que ella me daría un fuerte abrazo mascullando entre lágrimas lo mucho que habíamos crecido. Tenía el corazón en un puño, lo sentía botar en mi pecho intentando salir mientras el coche se acercaba a aquel horrible instante. Tenía pánico, no quería afrontar lo que iba a suceder, no quería verla débil y quebrar todos mis recuerdos. No quería asumir que el tiempo acaba con el ser humano y se lo lleva de esta existencia, para grabar a fuego y sangre sus pasos en el resto de nuestras vidas. Y no olvidar, y sufrir.

Tras una hora más en el coche, los pantanos hicieron su presencia en el paisaje. Grandes superficies de agua con un brillo verdoso, dentro de un hermoso paisaje de vegetación. Recuerdo cuando fuimos a bañarnos, cuando yo llevaba un bañador entero con volantes amarillos y mis pequeños pies trataban de no resbalarse en esa superficie pringosa, pasito a pasito, prudente. Recuerdo cuando me adentré en la oscuridad del agua, y nadé como un perrito intentando no asustarme ante semejante abismo. Cuando mi padre me cogía y me ahorraba el inmenso esfuerzo para seguir flotando, y todo era simplemente perfecto. Ni siquiera recuerdo haberlo visto en mi último viaje, apenas recuerdo nada que no fueran mis pensamientos intentando facilitarme el trago en una secuencia borrosa. El viaje más largo de mi maldita historia.

Recuerdo aquellas tardes calurosas en su casa, en ese salón tan extraño que se hizo a base de reformas complementarias en la vivienda. El viento recorría toda la estancia, atravesaba el pasillo y daba un fuerte golpe en la puerta del recibidor, que se cerraba súbitamente de un portazo. Mi abuela veía su serie subtitulada mientras hacía punto, y yo leía los subtítulos a pesar de que estaban en castellano. Era sorda, aunque yo siempre pensé que en el fondo nos mentía y oía nuestros más oscuros pensamientos, porque siempre tenía la respuesta apropiada. Nuestro lenguaje era peculiar, una mezcla de señas interminables, grandes muecas intentando vocalizar y mensajes garabateados en papeles que aparecían ocasionalmente. Siempre era yo quien le buscaba con paciencia las gafas (¡¡Esas no, las de cerca!!) o el pastillero, quien me quedaba con ella intentando batir los huevos en un enorme barreño haciendo dulces mientras la sartén chisporroteaba aceite hirviendo, y quien escuchaba todas sus plegarias a su Dios, al que siempre intentó presentarme, antes de irme a dormir.

Hace mucho que dejé de rezar, cuando vi que el mundo seguía transcurriendo inmutable a mis plegarias sobre la paz mundial, sobre la ausencia de enfermedades, sobre la buena fe del maldito universo, y cuando la gente seguía siendo cruel, y las guerras seguían asolando a las poblaciones. Y sin embargo, seguía escuchándola, y seguía cogiendo sus pequeñas plegarias y postales de vírgenes y guardándomelas en mis libros como marcapáginas. Porque seguía queriéndola con locura, aunque no soportara seguir yendo a esas misas eternas.

Cuando te necesitaba, gritaba tu nombre fuerte desde la cocina. Hace una semana volví a escuchar su voz en mi cabeza y no pude evitar desmoronarme. Permanece grabada, como si la hubiera escuchado ayer, como si ayer mismo estuviera trasteando en la cocina, como si ya no estuviera muerta. Como si nada hubiera cambiado, y estas navidades pudiera volver a hablar con ella y contarle mi vida mientras ella sonríe expectante. Como si la realidad fuera una neblina de negación que cubre mis más profundos recuerdos, y les barniza con mayor fiabilidad y realismo.

Tras las puertas del hospital, se trazaba un enorme pasillo, blanco, interminable a cada paso atemorizado que dábamos mi hermana y yo pasando umbrales de nuevas salas. “No quiero” susurraba con cada nueva puerta, con cada esquina a la izquierda a describir. “No puedo verla así, ¡¡NO PUEDO!!”, mis ojos iban de un lado a otro del edificio buscando la condenada puerta donde estaba sufriendo. Sentía a mi hermana más débil que yo, más abrumada por lo que iba a pasar, y traté de recomponerme antes de asomarme a la habitación y ver la camilla.

Y ahí estaba, dormida. Su respiración era automática, forzada. Su cuerpo se había quedado en los huesos, perdiendo ese tono rosado en las mejillas que tenía después de comer o cuando se enfadaba. No quedaba nada de ella, ni siquiera su memoria, tan sólo era una persona más a una pequeña distancia de la muerte.

Fue entonces cuando deseé por todo lo que había en la tierra que no abriera los ojos y no nos viera ahí, afligidas y temblorosas. Que nunca supiera que estuvimos en la habitación donde su corazón dejaría de latir, que no nos encaminamos cuatro horas antes en el coche sólo para eso, y que lo que quedara de mi recuerdo permaneciera ingrávido en la inexistencia. Deseé que no me olvidara al abrir los ojos, que no fuera capaz de reconocer a su nieta de doce años, la que le ordenaba el costurero y aprendía ganchillo con ella. Tan sólo deseé que dejara de sufrir, y todo quedara en una pesadilla.

Temía que a partir de ese momento todo se quebrara en mis pensamientos, y sin embargo ahora luce con demasiada fuerza, con demasiada estabilidad. Los recuerdos cada día brillan más lustrosos, más reforzados con mis momentos de silencio. No dejo de oír su voz, su apelación con mi mote, sus pasos azorados por la cocina y sus murmullos de esfuerzo cuando batía con imbatible fuerza esa espesa masa de rosquillas. No dejo de recorrer ese pasillo de baldosas y pasar la mayor parte de mi infancia entre esas paredes, no dejo de sufrir. Hacía dos años que no la veía, y aquel día no quise que me viera.


Nunca pensé que fuera a escribir una elegía desde el fondo de mis más profundos pensamientos, desde un componente tan anímico e indescriptible como es el amor hacia una persona que ha guiado tus fortalezas y determinaciones durante tanto tiempo. Sé que nunca terminó por olvidarme, a pesar de su enfermedad. Sé que sus recuerdos se guardaron con sentimiento antes de desaparecer, y confío en que sea una dibujante mínima para poder plasmarlos en estas palabras. Nunca serán suficientes, pero no deja de ser su legado, su vida a mi lado y tras mis ojos, sus esperanzas y fuerzas en sus hijos y nietos. Gracias por ser la mejor abuela del maldito universo, y por dejar la mayor huella que uno puede dejar en esta existencia, más allá de tu nombre escrito en la posteridad. Descansa en paz, y tómate un respiro de esa enorme vida que has tenido, para sentarte a recordar con una sonrisa. Siempre tendré un trato tácito con tu Dios por el que de vez en cuando nos hablaremos a ver si pasa algo en este universo, sólo porque insististe demasiado en ello. Porque si no lo haces tú, nadie lo hará mejor.

sábado, 27 de septiembre de 2014

El grito más ahogado

Aquella noche se había puesto su mejor vestido, el que estaba colgado de la percha, en el lugar menos accesible del armario, prácticamente impoluto, brillante, cargado de expectaciones y esperanzas.

Se miró al espejo, de cuerpo entero, giró un poco el tronco mientras mantenía la mirada, examinando todos sus complejos y virtudes. Le gustaba la línea que formaba su cadera, cómo conectaba con las piernas en una suave línea ondulada. Cómo insinuaba su cuello la línea invisible entre sus pechos, el gran vacío que nunca le gustó, y que sin embargo siempre terminó por definirla. Sus brazos tersos, su piel casi inexplorada de la nuca, que trazaba el sendero de su espalda. Su sonrisa, sumida en la oscuridad y el olvido. Sus ojos, completamente oscuros y vacíos de todo júbilo y juventud, encadenados a una vida más que odiada.

Y sin embargo, ahí estaba, de pie, con aquel vestido con el que llegó, esperando que aquel día las cosas fueran diferentes. Recogió todos los proyectos de vestuario y los dobló cuidadosamente, cada uno en su sitio en el armario, expectantes por una futura ocasión. Fue al baño, se atusó el pelo, lo peinó levemente, dejando que las ondas se definieran hasta su terminación en su pecho. Aquel día no iba a recogérselo en un moño estratégico para no molestar durante el resto de la jornada, ni tampoco iba a detestar los brotes de rebeldía que dejaban esos mechones frontales. Repasó su mirada con un lápiz negro que encontró en su antiguo equipaje, de cuando era joven y tan sólo un aprendiz del gran reto de la vida. Buscó sus únicos tacones, aún envueltos cuidadosamente con ese papel crujiente, y esparció con el dedo un par de gotas de su perfume. Trató de sonreír, pensando incluso que se vería extraño después de tanto tiempo.

Salió de la habitación, bajando las escaleras con cuidado. Todo estaba preparado, había estado cocinando durante horas y la casa tenía un aroma a comida horneada y a las flores que cogió por la mañana, y que yacían en un jarrón improvisado. Todo estaba meticulosamente perfecto para la ocasión, el momento en el que construyó todas sus aspiraciones y la confirmación de aquella vida, aún ajena.

Se sentó en el sofá, cruzó las piernas y sintió el suave contacto de la seda del vestido con su piel. Se mantuvo con la espalda recta, las piernas cruzadas cuidadosamente, un tacón bailando en el aire mientras el tiempo pasaba. El reloj tocó las nueve, ni siquiera sabía por qué estaba tan nerviosa, si todo aquel plan era demasiado estúpido. No se iba a acordar, era pedir demasiado cuando nunca había obtenido nada, o casi nunca.

Hacía veinte años que llegó a aquella casa, con sus maletas y una enorme sonrisa en la cara. Sus ojos brillaban, imaginaba un millón de posibilidades con su vida al lado de su alma gemela. A medida que descubría una nueva habitación, todo parecía más sublime e increíble. Todavía recordaba el entusiasmo y energía que desprendía, los pensamientos que le hacían pensar que todo iba a ser perfecto, inimaginable, la vida que siempre soñó. Él la miraba con ternura, mientras le contaba detalles impensables sobre todo lo que tenían por delante, y lo mucho que la amaba. Lo especial y extraordinario que era su amor, que les diferenciaría siempre del resto del universo. La única vida que se imaginaba junto a ella, la única mujer con la que podría llegar a vivir y a la única a la que le haría el amor dejando su alma y persona. Jamás olvidaría lo increíble y especial que se imaginó aquel día, el día en el que brilló más que las estrellas.

A la media hora se le había dormido el pie que estaba apoyado en el suelo, y se le estaba empezando a entumecer la pierna. Tuvo que reacomodarse y apoyar la espalda en el sofá, alisando el vestido para evitar que se doblara. Tenía que tener cuidado de que la comida se estropeara con el calor, si pasaba un rato más debería meterla en la nevera. Tan sólo esperaría un poco más, seguramente le salió un tema de última hora, no tardaría demasiado. Hoy no podía ser como siempre.

Soñó que la acariciaba, que le susurraba que no era nadie sin ella y que el mundo simplemente se congelaba cuando estaban juntos. La luna iluminaba sus siluetas levemente cubiertas por las sábanas, y el silencio que reinaba creaba la melodía perfecta. Recordaba el suave viento que mecía las cortinas de las ventanas abiertas, el tenue ulular de un búho en el árbol del patio de atrás, el propio sonido de la vieja casa asentándose una vez más, y el contacto tan completo que tenía con él, como nunca antes había sido. Llegó a sonreír mientras estaba dormida en sus recuerdos oxidados, hasta que el reloj tocó las doce.

Se despertó aturdida, la casa yacía sumida en la oscuridad, tuvo que ir tanteando para encender algunas lámparas. Dio un traspié con un tacón, maldijo y se lo quitó. El pelo le molestaba en la cara, buscó una goma y se lo recogió en un moño. Miró la mesa perfectamente dispuesta y tan sólo quería llorar, llorar y tirarlo todo.

Cuando él llegó a casa, apenas pudo abrir la puerta. Apestaba a alcohol y tenía la mirada perdida, tambaleándose con cada paso. Estaba enfadada, triste y decepcionada, nada de ello tenía sentido y se lo había confirmado una vez más. Vivía en la sombra, la miseria de no ser siquiera reconocido como persona, la mayor estafa jamás hecha, la que tiene como precio la propia vida y libertad. Posó la mirada sobre ella, de arriba a abajo, y farfulló algo de lo que puedo extraer que le había preguntado por qué llevaba ese vestido, por qué olía la comida tan rara y por qué se había pintado como una puta.

Fue entonces cuando le dio una bofetada, tan fuerte y oportuna que se desplazó hacia la pared dentro de la propia fuerza del golpe y su estado de embriaguez. Se quedó en vilo, la volvió a mirar y le respondió con un golpe en la cara que le partió el labio. Saboreó la sangre y el dolor, y volvió a la misma decadencia de siempre. Antes de que se recompusiera, y mientras él gritaba que era lo peor que le había pasado en la vida y que la odiaba, ella subía las escaleras y hacía memoria sobre todo lo que se tenía que llevar de esa casa: su ropa, sus libros y las fotos de su familia. No le cabría más en la maleta así que no podía contar con todo lo que podría haber amado en esos veinte años, aunque tampoco habría gran cosa. Tan sólo era ceniza, un negro y vil rastro de la farsa y decepción.

Vivió durante tantos años esperando que algo le dijera que había alcanzado todo lo que en algún momento había soñado, que el sueño se le hizo demasiado grande y cayó súbitamente por su surrealismo. Era demasiado utópico ¿verdad?, ser feliz, lo único a lo que aspiró durante toda su vida. Hace veinte años pensó que lo había conseguido, pero sin duda el primer golpe de todos fue el que acabó con sus sueños.

Y luego vinieron más, claro que sí, nunca quiso darse cuenta pero era una víctima de su abismo, de la completa falta de aspiraciones y la frustración y dependencia de aquel hombre, junto al despreciable arrepentimiento que tendía a sentir al día siguiente cuando el moratón había adquirido una sombra oscura en su cara o sus brazos. Pensaba que todo aquello había cambiado, como le había prometido la última vez en la que apenas podía levantarse de la cama, y que con el tiempo se le había ido la tontería de la cabeza, que era algo temporal. La única que podía aspirar a una solución era ella, si es que en algún momento decidía salir de la oscuridad y volver a salir a la luz del día.

Cerró la maleta entre los gritos de su marido, que había empezado a llamarla puta y escoria. Ya no le importaba, durante todo aquel tiempo pensó que podía hacer algo tan imposible como cambiar a un monstruo, una bestia como miles que hay en el mundo y que abusan de la sociedad, de la gente, de la buena fe del universo, del amor incondicional que proporcionan las personas. Todo aquello no era más que mierda, de la que estaba pringada hasta los ojos, que perdieron aquel brillo hace demasiado tiempo.


Fuera empezó a llover, y el cielo descargó su cólera. No sabía siquiera si iba a haber algún autobús a esa hora, pero no podía esperar más, no podía seguir más en aquel agujero que había acabado con ella, minando toda esperanza y ganas de vivir. Comenzó a caminar la calle tras la que tarde  o temprano llegaría a la estación. De vez en cuando pasaba algún que otro coche, pero nadie paraba. Nadie parecía ver a aquella alma que arrastraba sus cadenas hasta por fin liberarse de su propia prisión, hasta por fin gritar y ser oída por alguien en aquella maldita soledad. Tan sólo quería salir de aquel mundo tan violado y destrozado y descansar, cerrar los ojos y volver a aquel momento en el que las sábanas mecían ante el sol y su vida tan sólo consistía en adónde iría aquella tarde a explorar tras merendar.

lunes, 25 de agosto de 2014

El cielo que acabó con todas las nubes

Todo tenía un color demasiado exaltado. Demasiado brillante, la inmensidad se veía increíblemente nítida. El cielo, de un impoluto y uniforme azul, resaltando el vuelo de un pájaro en su recorrido. Las hojas de los árboles, mecidas por el suspiro el viento, despertándose con una suave caricia, con un susurro. Los tejados de los edificios, con las tejas perfectamente definidas en su entramado. Todo era demasiado para la concepción de alguien que volvió a nacer.

Mi mujer me miró con una capa traslúcida esparcida en los ojos, que resultaron ser lágrimas a punto de rebosar. No sabía quién era, dónde me encontraba, qué maldito año era en aquella época donde todo se decidió por brillar. Su pelo, recogido en una coleta más que desatendida, despedía ese aroma inconfundible a naturaleza, a vida, y recordé lo muchísimo que la amaba. Un mechón le cruzaba la cara, quedando cubierto por sus manos, que estaban tapándole la boca y la nariz, en un reflejo por tratar de ocultar su llanto. Tan sólo lloraba mientras me volvía a mirar cuando otro cargamento de lágrimas caía en el mantel sobre la hierba. Y yo con mi momento de realización y ubicación trascendental.

Me dijo que había muerto, que mi corazón dejó de latir durante un tiempo que le pareció interminable mientras entraba en pánico. Que me quedé mirando a la nada mientras dejaba de respirar. Que me fui con una sonrisa paralizada en la cara. Tan sólo recuerdo haberme quedado mirando a las nubes.

Mis nubes, mis sueños y aspiraciones flotando en el vacío que conforma el cielo. Todos y cada uno de los pensamientos y objetivos han ido siendo plasmados en la gran superficie etérea de nuestra vida, y nunca nos paramos a contemplarlos. Creo que me quedé mirando demasiado tiempo mis errores.

Cosas que no hice o que hice mal. Cosas que por cualquier motivo pospuse, cancelé o sobre las que me retracté. Gente a la que nunca volví a ver tras una despedida temporal. Besos que nunca di, abrazos que nunca pude recibir. Suspiros que nunca procuré ante la plenitud que sentía en mi pecho palpitante de plena felicidad. Tantas nubes que faltaban, tanto cielo por abarcar.

Contemplé los árboles bailar bajo el canto del viento durante unos instantes. Me quedaba tanto por vivir que el sólo pensamiento me quitaba de nuevo el aliento. Tanto que hacer, tan poco tiempo, la ironía de ese conjunto de maravillas científicas que hoy nos dan capacidad para vivir algo más de diez décadas. Sonreí a aquella paradoja y me reí de forma macabra, ante el maravilloso y trágico espectáculo que pude contemplar en el cielo.

En este mundo hay gente que vive las cosas que se le ofrecen y otro tipo que simplemente no lo confirman hasta que un tercero no les da su vacía aquiescencia. Los seres humanos somos los únicos animales que se suicidan de forma racional, tomando decisiones bajo sus plenas capacidades y bajo el único pretexto de su ulterior defunción, diga usted que sí, a la mierda primavera. También hay gente que abraza la ignorancia y habitan en ese estado transitorio entre la infancia y la madurez, nunca llegándose a cuestionar la vida, las emociones, el resto de las personas de la tierra, nunca aspirando a la plena autonomía intelectual. Hay otros sin embargo que hasta que no alcanzan el conocimiento absoluto no desisten, y gente que vive por el bienestar de otras personas. Hay tantos tipos, tantos millones que nunca podrá haber un patrón reducido de condicionamientos. Ahora, uno sólo puede hablar de lo que realmente es.

Tal vez fue una oportunidad del cielo de advertirme sobre mi camino, de alertarme de la posible inexistencia en la que podría caer de continuar viviendo bajo decisiones a corto plazo, estándares, convencionalismos dentro de los márgenes de la vida proclamada. Tal vez fuera un aliciente a vivir por mí mismo, a nunca juzgar a las personas por meros detalles, a simplemente vivir como le grita su propio ser. O simplemente fuera un chungo en el que me quedé inconsciente.


Abracé a mi mujer, que estaba temblando de miedo y confusión. Le besé la cabeza mientras aspiraba el dulce olor de su compañía y empatía, mientras me sentía vivo y un conjunto de planes iban formándose en mi determinación, socavando los grandes pilares estereotipados y los enormes prejuicios de la sociedad. Un ataque de tos del cielo despejó el horizonte, y pronto vi claras mis intenciones. Me esperaba una buena vida volviendo a llenarlo de nubes.

lunes, 28 de julio de 2014

Fuego reducido a ascuas

Lo último que veo, la luz que no se apaga nunca, tililante, cuando entrecierro los ojos antes de quedar sumido en la inconsciencia.

Desconozco el momento en el que uno empieza a pensar en pretérito, cuando todos los hechos sucedidos en su vida se reproducen una y otra vez envueltos en una atmósfera gastada, completamente impregnados por un sentimiento punzante de remordimientos y pura nostalgia, pura impotencia por no poder luchar contra el tiempo.

Hoy te veo especialmente nítida, como si todos mis recuerdos estuvieran concentrados en poder visualizarte de una forma tan ponzoñosa como necesaria para poder seguir respirando. Tus manos bailan en las sombras formadas por la lámpara, sin duda tus mejores movimientos transcurrían durante la nocturnidad. Siempre te encontré especialmente hermosa en esos momentos, cuando tus posibles preocupaciones sobre cómo podías parecer al resto del mundo quedaban desvanecidos y arrastrados por la suave brisa veraniega. Cuando te entregabas a la auténtica libertad de la intuición y el verdadero arte de la humanidad.

Hoy no tengo fuerzas, el mundo está empeñado en hacer las cosas cotidianas especialmente pesadas para un viejo solitario como yo. Solitario, aislado de toda la compañía que supusiste en ese hermoso camino que recorrimos juntos: con sus alegrías, sus despreocupaciones y sus verdaderos temores, nunca dejaste de mirarme como lo hacías. Con tus ojos brillantes, con plena confianza en mis decisiones, sin perder la autonomía espontánea que solías liberar para hacer valer tus opiniones.

Uno no termina de acostumbrarse a dormir solo cuando piensa que todas las camas del universo deben ser capaces de reproducir tu olor cuando no estás ahí. No duermo, velo hasta que mi cerebro confunde el tenue movimiento de las cortinas con tus suaves pasos por la oscuridad. Falso contacto, falso olor, falsos recuerdos abruman mis ojos durante la maldita oscuridad.

El hombre no tiene un objetivo definido de forma dogmática para actuar en esta Tierra, y sin embargo mi corazón me grita lo contrario, mi alma desgarrada no deja de buscarte en las calles, no deja de acechar a las sombras de la inconsciencia, de los grandes recuerdos que trato de sepultar tras años de sufrimiento. No puedo olvidarte, por mucho que quiera que mi cuerpo se deteriore con los años y tiña las memorias de tenebrosos vacíos inexplicables.

Veo tus ojos en ella, veo tu absoluto encanto y paciencia en sus palabras. Siempre te recuerda como una mujer fuerte, auténtica, tan increíble como la imagen que tengo de ti. De vez en cuando viene a visitarme, y vuelvo a ver esa luz del escritorio tililar a través de su elemento corpóreo, pero esta vez real, y esta vez sin ser la mitad de mi ser. Joder, deberíamos habernos ido de este mundo de la mano.

Tus sonrisas fueron cambiando desde que nos conocimos, aunque siguieron conservando ese rubor juvenil, esa energía impetuosa en los momentos más tortuosos, ese hálito de sentimiento puro irradiando de tu ser. 

Nunca dejaste de ser mi poesía, mi melodía, mi foco hacia la salida de la desesperación. Ojalá pudiera volver a tenerte en mis brazos, y en vez de llorar como un estúpido jurarte que nunca te borraré de mi memoria. Poder besarte por última vez y condenarme a una vida sin ti, una vida de la que escapaste volando antes que yo, sin que ninguno de los dos pudiera detener tu revoloteo eterno. Tan sólo tenía que haberme puesto yo mismo estas cadenas que hoy siguen aferradas a mi pecho, y vivir aquellos momentos que tuvimos juntos mientras el telón se iba cerrando en silencio.

Qué queda hoy, si no es tu presencia invisible en los tablones de nuestro pequeño mundo. Siento que los días se hacen más cortos, que ya estoy perdiendo las fuerzas que me diste para cuidar de nuestra pequeña; ya está hecha toda una mujer, y puedo jurar que estarías más que eufórica con lo que se ha convertido.

Cierro los ojos, y siento que puedo verte. Nuestra hija llora desconsolada, quisiera poder decirle que no es necesario, que puede sonreírme y recordar que nuestra visita por este mundo está hecha para lo que nosotros escribamos que es, y que nadie podrá decirnos que no hemos hecho lo que se nos pide si sentimos que nuestro corazón tiene su otra parte en otro ser. Tan sólo puedo esbozar una tenue sonrisa mientras mi corazón da sus últimos pasos, y sueño con volver a encontrarme contigo en lo que sea que fuere el lugar donde nuestras almas incorpóreas se fundan en un suspiro afónico.

miércoles, 18 de junio de 2014

"Odiar es un talento que se aprende con los años"

Aquella noche era de esas en las que mi padre no estaba en casa, así que mi madre nos daba desinteresada la cena, volvía a la cocina a hablar por teléfono y fumar a escondidas, y mi hermana y yo comíamos en silencio entre el murmullo atenuado de los informativos de las nueve. El mantel de cuadros se me antojaba tan rutinario como miserable, los cubiertos de mango rojo tan arañados como bastos, y mi mente tan sometida, tan subordinada, como otro día más.

Aquella noche, como otra más, había decidido dejar de hablar a mi hermana. La odiaba, la odiaba más que a nadie, sentía que mi alma estaba tan escondida en mi ser que las paredes se estaban tornando oscuras y los papeles de las esquinas se empezaban a retorcer y caer secos e inútiles. Sentía que me oscurecía, que la maldad iba a hacer de mí una persona despreciable, y que todo era por obra y gracia de mi hermana.

El problema era que se me olvidaban mis promesas internas. Por todo el daño que me iba haciendo progresivamente la persona que dormía en la cama contigua en la habitación, marcaba otro motivo más por el que odiarla en las paredes de mi mente, la volvía a escribir una y otra vez como un demente y me quedaba mirando la larga lista todas las noches, susurrando malvados planes de venganza. La oía respirar y deseaba odiarla, y más que nada, deseaba que ella lo supiera. Y sin embargo, a la mañana siguiente volvía a saludarla, tarde para ser consciente de que me había prometido despreciarla.

Aquella noche estaba comiendo una pera. Mi hermana me venía provocando toda la cena, preguntándome por qué no hablaba “¿Me has dejado de hablar?” “¿Por qué no hablas?” “¿Qué te pasa, eres tonta o qué?”. Había terminado por acostumbrarme, pero mi mente no dejaba de pensar en las heridas que habían dejado horribles cicatrices en mi temperamento, en mi apacible forma de ser, en la buena fe con la que había crecido toda mi vida, antes de que a mi hermana le diera por joderme. Torpemente trataba de pelar la pera con el cuchillo de punta redonda y mango de plástico rojo de nuestra más que ostentosa vajilla, cuando el número de inquisitivas pasó a ser sustituido por la metralla de los insultos. Mis manos temblaban mientras partía la pera en dos, una de las mitades, en cuatro. Estaba hastiada, cansada, harta y muy enfadada, y sin embargo si llegara a soltarle la bofetada que mis padres nunca le soltaron gritándole que madurara de una puta vez, la culpa iba a ser mía. El mito de los hermanos pequeños envueltos de inmunidad, no era más que eso, un mito, una jodida y desmentida leyenda en mi casa. Lo razonable hubiera sido seguir comiéndome mi pera, sin duda, terminarme la pera, volver a la habitación y leer y abstraerme hasta quedarme dormida.

Pero aquella noche no me iba lo razonable y prudente, y en una de las ocasiones en las que mi hermana estaba bufando un insulto por su enorme garganta, le metí la otra mitad de la pera sin partir en la boca, manteniéndola mientras abría los ojos sorprendida y me miraba fijamente. Lo recuerdo perfectamente, cómo la mantuve, cómo la iba moviendo para que pudiera entrar toda la fruta, cómo mi mano se pringaba del agua dulce de la pera e iba bajando por mi muñeca. Un grito ahogado salía de algún recoveco de su enorme buzón y se echó para atrás, tirando la fruta a la mesa. Rápidamente, y digo yo que por fuerza de la costumbre, se fue corriendo hacia la cocina gritando “¡¡¡¡MAMÁ, MIRA LO QUE HA HECHO!!!!”. Nunca me llamaba por mi nombre, nunca jamás lo iba a hacer.

Ahí permanecí, sentada en la silla del comedor, comiéndome los otros trozos que no habían estado en contacto con la saliva de quien decían que compartía mi sangre. Me sentía tranquila, feliz, satisfecha conmigo misma. Sin soltar ni una sola palabra aquella noche, habían finalizado los insultos y su absurda forma de humillarme. Tan sólo quería que el tiempo se parara y que siguiera yo sola, comiéndome mi fruta, viendo alguna que otra catástrofe política en los informativos que aún no era capaz de comprender. Tan solo seguir allí, leyendo rótulos y comiéndome mi pera. Tan solo disfrutar de mi justicia momentánea.

Nunca sentí que las cosas fueran justas en la vida, y sin embargo mi afán por reivindicarlo se ha agazapado en mi mente y se balancea rítmicamente cual alienado de este mundo, esperando que las cosas tornen de eje, que el mundo se vuelva loco buscando su racionalidad. Hoy día, tal vez dieciocho o veinte años después, sigo pensando que las cosas deberían ser iguales para todos, y cuando no es así, me dan ganas de meter peras de agua en las faringes de la gente.

Aquel día, como otros tantos, volví a oír comentarios inútiles. Aportaciones sencillamente vacías, y un agradecimiento del profesor. Tras un examen, alguien alardea de su falta de estudio y su magnífica nota. Manda huevos, mira que hay gente inútil en el mundo académico, no quiero ni pensar en el laboral. Mi afán se ha vuelto tan fuerte que poco a poco ha ido aumentando de nivel y hacerse con una fuerte armadura y una gran espada para señalar las situaciones donde hay falta de retribución. Lo siento, me golpea el pecho y me grita “¡Cómo cojones puede ser eso posible, no se lo merece!” parece que yo misma me quisiera contradecir y sosegarme “no te sulfures, déjalo, es absurdo sentirse así, no tiene sentido, ni siquiera te afecta”. Claro que me afecta, por mucho que lo intento es imposible engañarme. Mi afán me embiste, trata de salir por mi garganta y mi sangre empieza a bombear por mi cuerpo de un color mucho más oscuro, hirviendo, quemando todos y cada uno de mis pensamientos razonables. Ojalá le vaya mal en la vida. Ojalá alguien descubra que no tiene noción alguna perdurable de todos estos años de carrera y simplemente le vaya mal, le desacrediten, le hundan, joder que le hundan, que vuelva arrastrándose y me quede sentada, me quite mis gafas de intelectual, pose mi copa de brandy (dios sabe si beberé brandy cuando sea la comandante de mi utópico mundo) en mi aterciopelado y rococó sillón, y le mire con lástima, con tristeza, con simple humanidad. Que se hunda en la maldita miseria por su ignorancia y personalidad de chupapollas arrogante.


Y sin embargo, todos estos pensamientos se me desvanecen, y se me olvida que no tengo que volver a darle los buenos días. Porque mi sangre vuelve a ser roja y mis ojos vuelven a ser verdes. Porque, a pesar de lo visceral que puede llegar a ser mi sentimiento, se me olvida odiar, y sigo comiéndome mi pera mirando al mantel de cuadros apenada preguntándome dónde estará en ese momento mi madre para que no oiga la de mierda que me está soltando, o sigo estudiando como una auténtica obsesa, esperando que algún día se nos reconozca a los que nos dejamos la piel en lo que hacemos.