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Esperar en un mundo que no trasciende de una puerta de mierda

martes, 12 de febrero de 2013

Tiempo prescindible

Y ahora, el sol brilla, refulgiendo en la superficie expuesta de las hojas. El mundo continúa bajo el amparo de un suave cielo azul, claro, completamente despejado. La vida continúa aun cuando una mísera persona de un millón acentúa lo contrario.

Detrás de todo este rollo existencialista, hay veces que pienso lo que nos depara el tiempo. Destino… fe de los ignorantes. Simplemente no creo algo tan sencillo, algo tan resumible en una frase. Será lo que te depare el destino. A la mierda la ignorancia. Hoy alzo mis brazos ante el eterno interrogante que conforma mi vida.

Del mismo modo que puedo llegar a ser un monstruo, el mundo me ofrece la capacidad de ser lo contrario. Miles de tomos se han escrito ya acerca de las dos mismas facetas, la que te hace la vida más fácil y la que te explica lo contrario. Si bien no somos ni una millonésima parte de lo que nuestro cuerpo nos ofrece ser, nos obcecamos en absurdos conceptos de la mano del hombre. Creamos las máquinas que nos vigilan y construimos la sociedad que nos limita. Porque hay videojuegos en los que se me presentan tantos caminos que me agobia pensar que no los puedo recorrer todos, y me quedo al inicio. No se puede decidir todo de una vez para continuar el resto de nuestras vidas con esa determinación, si realmente quieres vivirlo todo. Siempre quedará vestigio de lo que fuiste ayer, lo que viviste hace años. Nunca será igual que ayer.

Tal vez mejor, o peor. Ese es el interrogante al que me ofrezco. Somos un conjunto de circunstancias que se entremezclan maliciosamente ante la perspectiva de la ignorancia de las víctimas, los cócteles cuyas experimentaciones hacen colores completamente diferentes en su esencia. Nunca se podrá repetir algo igual que antes, y nos torturamos con la idea de poder controlar la aleatoriedad con la estadística. A veces me pregunto si la gente que lo hace no se cae de rodillas y piensa qué coño ha hecho con su vida sino buscarle en sentido a lo que no podremos nunca averiguar. Esa clase de personas hacen que se mueva el mundo.

Porque no estamos determinados, ni lo queremos estar, aprendemos. Más allá de lo dado, cada día descubrimos nuevos ámbitos de actuación. A pesar de nuestros errores, vigentes en muchísimas e incontables facetas de nuestra sociedad, un pequeño sector se reserva a los éxitos más que improbables, más que milagrosos. No es cosa del destino, es cosa de quien aquel día se levantó con esa esperanza, fruto de su estudio y dedicación. No es cosa de Dios, ni de las fuerzas mayores que inventamos aferrados a esperanzas banales para no enloquecer de pura insuficiencia. Es cosa de nuestras manos, nuestros latidos contados que un día quisieron cambiar el mundo. Los brazos que se alzan contra las injusticias, los científicos que se dejan la vida en salvar las de otros. Aquellos que sembraron la discordia y la guerra resultan mezclas maquiavélicas y quién sabe si voluntarias de algunos seres humanos. No nacemos ni buenos, ni malos. Somos un lienzo blanco al que se le apegan millones de situaciones circunstanciales, y nunca, nunca podremos hacer dos cuadros iguales ante idénticas situaciones. La mente de cada uno de los seres vivientes en esta Tierra es tan maravillosa como intrigante, y en esta sociedad tendemos a dar reconocimiento de manera superflua. Nunca llegaremos a saber lo que nos perdimos en la historia con tantas guerras y conflictos. Si pudo haber nacido un nuevo arte, e incluso perder el que tenemos. Porque todas aquellas personas que cambiaron el mundo lo hicieron en un conjunto de circunstancias que de otra manera no podría suceder. La vida está sometida a tanta aleatoriedad que en cualquier momento te puedes encontrar con tu auténtico yo, o simplemente tirarlo por la borda en una vida demarcada por conceptos materialistas, por situaciones completamente prescindibles, absurdas y tópicas. Tan sólo unos pocos afortunados son los que de verdad se vayan de esta existencia sabiendo que hicieron algo bueno por este mundo. Y el resto, a jodernos con hipotecas y peleándonos con nuestros hermanos por el testamento de nuestro padre muerto. Son cosas que simplemente se anteponen a conceptos más básicos de la vida, como quedarte pasmado con los ojos cerrados disfrutando de un soleado –y glacial- día de febrero con los pies descalzos en el césped. Son cosas que, por definición, caen en el absurdo.

jueves, 3 de enero de 2013

Poiné

De todas las horas que contenía el día, aquella podría llegar a ser la más inesperada de todas.

Un viento del oeste levantó una oleada de fina tierra del horizonte. Su falda desgarrada ondeaba ligeramente, sostenida por el cinturón de la mediana espada. El carcaj, sobre la espalda, estaba lleno de flechas talladas con especial atención, todas perfectas. Aquel era el día en el que nada podía ir mal.


Esperaba la orden mientras el sol amenazaba con hacer acto de apariencia. Una luz anaranjada asomaba por la colina, mientras el campamento respiraba aletargado. El resto de su clan estaba tras los bosques, esperando la orden de ataque. Ella era su señal.


Rápidamente, comenzó a bajar la colina, sorteando rocas y raíces prominentes. En apenas unos minutos estaba en el sitio planeado, especialmente elegido para no ser vista aun cuando las flechas silbaran en los oídos del comandante y sus tropas. Ahora sólo debía esperar a que ese bastardo saliera de su tienda tras haberse follado a la puta de ayer. Lentamente deslizó una flecha del carcaj hacia el pequeño soporte de sus dedos en el arco, en posición de disparo.


Aquel general había arrasado con su pueblo, con su vida. Todo aquello que alguna vez pudo planear se quemó en un crepitar constante. Toda su familia, sus amigos y el resto de la existencia arrasada por las llamas. Ahí comenzó su cólera, su grito eterno de venganza.


Para lograr su objetivo, lo mejor siempre había sido un grupo de mercenarios. Tan fácil como vienen, se van, pero son útiles para despejar el camino. Cuando quiso darse cuenta estaba en una orden de insurrectos inconformistas con la nueva política de destrucción. Y hoy, tan sólo debía cargarse al mayor cabrón de la legión, al rey de todo el maldito tablero.


Una flecha, rápida, directa a su objetivo. Más de diez años para aprender el perfeccionamiento de la técnica, junto al combate cuerpo a cuerpo y la propia defensa. Pasó de sentarse en el regazo de su madre las noches tormentosas a pasárselas en un lecho de paja afilando la espada, contando los días para que todo aquello acabara. Los hombres la tenían como uno más, parca en palabras pero directa en sus órdenes. Pronto la ascendieron a capataz del grupo, y cuando quiso darse cuenta estaba al frente de cincuenta hombres. Cincuenta espadas, una nimiedad en comparación con su objetivo, pero guiados por algo mucho más fuerte que la lealtad al superior.


Sabía que moriría en la contienda, porque esa era su guerra, y en ella vería muerto a su objetivo. Una vida en la soledad es una condena aprovechada por los mejores comandantes; los hombres que no tienen nada por lo que vivir son las perfectas espadas, los perfectos escudos y las perfectas almas que enfrentar a miles de inocentes. Ella perdió su vida entera, así que al menos debía perderla con honor. La venganza sólo conlleva más venganza, pero soñaba con el sabor de su sangre borbotando de su maldito y asqueroso cuello. Soñaba con chupar la verdadera gloria del hombre saciado.


Aquel no era su mundo, pero tampoco es el de nadie. De pequeña corría por los campos de trigo en primavera y ayudaba en las cosechas, haciendo mantequilla o cosiendo prendas viejas. Soñaba con casarse con un hombre que la hiciera feliz y con el que tuviera unos cuantos hijos. Lo más parecido habían sido unos cuantos hombres que la follaron contra la pared ignorando las cicatrices de su pecho y espalda, de sus músculos cuarteados o de su mirada fría y cargada de dolor permanente. 


Por fin, la tienda se abrió ligeramente. Una chica salió de la estancia subiéndose el vestido por completo, dejando entrever algunas marcas de violencia en los brazos y el cuello que seguramente no habían sido acordadas: “Maldito cabrón, sal de una puta vez para que pueda volarte la cabeza en una explosión de astillas”. Una vez más, la tela se sacudió hacia un lado, y salió el general, el destructor de su existencia, el creador de un alma más cegada por la ira y sed de venganza. Tensó el arco, escuchando el leve crujir de la cuerda. Recolocó la flecha mientras terminaba de tensar el brazo, moviendo el antebrazo del otro apuntando a la cabeza, siguiendo sus movimientos en dirección a las letrinas, más apartadas del resto de hombres. Era el momento en el que la seguridad era apenas un leve pestañeo de los adormilados del cambio de turno, en el que no querían molestar al superior tras su depravado y cuestionable episodio sexual. Justo cuando se preparaba para mear, soltó la flecha.


El resto fue historia. Cientos de gritos inundaron el campamento y las tropas de la joven arquera irrumpieron por sorpresa. El leve canturreo de los pájaros se sustituyó por la fuerte canción de los aceros entrechocando, los gritos ahogados y los últimos hálitos rematados por los puños de las espadas a modo de sanción espiritual. Salió de su escondrijo mientras sacaba el acero de su funda. Uno a uno sus combatientes caían en sencillos contraataques, iba preparada para algo mucho peor. Sus rivales estaban más confusos por hacer sido despertados hacía unos minutos que por la muerte de su general, y sus golpes apenas servían para su propia defensa. Ignoraba el magnicidio que se produjo casi al final de la batalla, pero tras más de treinta cadáveres en sus brazos no pudo dar el réquiem al comandante. Tal vez hubiera escapado, pero de ser así sería con un maldito tiro cerca de la clavícula gracias al imbécil que se cruzó en el momento justo. Maldijo cientos de veces mientras la contienda se inclinaba a favor de los insurrectos. Una victoria para el resto, pero no para ella.


Cuando apenas quedaban algunos cuerpos moribundos y cientos de cadáveres a lo largo y ancho del campamento, su tropa lo celebró con júbilo. La invitaron a unirse al festín, pero se limitó a coger uno de los caballos de la derrotada legión y salir trotando hacia lo más profundo de los bosques. Los árboles pasaban rápidamente, difuminados en una especie de línea continua de colores verdosos. Se sentía usurpada, tantos años planeando aquel sencillo ataque para que aquel mendigo sangrante anduviera deambulándose en algún lugar de aquel bosque. Ella se merecía escuchar sus últimas palabras mientras su corazón dejaba de latir entre sus brazos y sus ojos descansaran de aquel mundo. Ahora tan sólo estaba corriendo hacia ninguna parte buscando una pista que le podría llevar otra decena de años.


Sabía que todo aquello podía llegar a ser absurdo, pero el corazón manchado por la traición no entiende el más sencillo razonamiento. Las vidas despojadas sin algún tipo de motivo justificado comenzaron toda aquella masacre en la historia, y no parecía terminar hasta que los grandes murieran. Hasta que aquellas mentes controladoras exhalaran su último aliento ahogado por una daga clavada en la garganta, por un fuerte veneno en su copa o por una puta con otras intenciones. Tan sólo debía tener más paciencia, y seleccionar mejor sus ataques. Sería entonces cuando el mundo volvería a la paz, y cuando por fin ella podría descansar de toda aquella batalla sin fin.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Para qué

Lunes, 31 de diciembre de 2012, ya el fin de nuestra era. Qué curioso, por un pequeño instante confié en que todo esto resultara un pasaje temporal con una pequeña cláusula de cese prematuro. Y hoy, otro día absurdo.

Fui al supermercado a comprar las malditas uvas. 126. ¿por qué cojones ponen tantas en un mismo puto paquete? Odio estas fiestas, y que me sobren 114 uvas de mierda. Época de hipocresía absoluta, de pelis dignas de quemar la televisión por la tarde; ya que no la ven las familias felices podrían poner porno para los que estamos solos. No estaría mal verlo a la luz del sol en el sofá del salón. Otra manera de echar el día, sólo que en Navidad.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Largo y sin demasiado interés.

A lo largo de mi vida he venido pensando que soy de esa clase de personas que son “buenas” por naturaleza, que miraba con cierto reparo cuando sus amigos encendían un porro o hablaban mal de las personas mayores cuando ellos sólo querían advertirles de lo que conllevaba su modo de vida. Lo pensaba, y permanecía en silencio mientras mi moral contemplaba desde mi mente lo distinta que era la humanidad.

Y así durante el resto de los años. Crecí, estudié y me divertí como alguien diligente que no sobrepasa los límites establecidos. Me enamoré un par de veces, o al menos eso pensé. Una etapa de experimentación en la universidad y cuando me quise dar cuenta ya era un trajeado del montón con una pantalla y un teclado por despacho. El trabajo se hizo tan monótono que mi vida pasó a ser más sistemática de lo habitual. Me levantaba, desayunaba, me enfundaba en el traje, luchaba por buscar un resquicio en el metro entre miles de desconocidos durante media hora y después, medio kilómetro andando hasta la oficina, donde las miradas de indiferencia eran el puto pan de cada día. Ante todo aquello, no sé cómo lo hice, pero la mayor parte del día la pasaba en silencio.

Silencio, porque me educaron así. Ya sabéis, protocolo y respeto hacia el resto del mundo. No salirte de los límites y la diligencia, siempre cortés. No digo que esté del todo mal, pero una vida condenada a esos límites… digamos que te acaba quemando. Tu piel se cuartea y tu vocabulario se reduce hasta tal punto que cuando quieres darte cuenta no trasciendes de las meras frases estereotipadas. La gente habla y tú asientes, articulas y te vuelves a callar. Todas las mañanas te afeitas y olvidas cómo era tu mirada cuando hacías algo más que visualizar los colores y formas y trascendías más allá del maldito maquillaje y la puta hipocresía. Como las putas que desfilan ante un gordo seboso con un fardo de billetes en el mismo sitio donde guarda la puta polla. Simplemente desfilas, como el resto, a ver si pasa de largo y no tienes que follártelo a base de lubricante artificial. Hasta entonces, tiemblas mientras pasas de largo y te comportas exactamente igual que el resto, y vuelta a empezar.

En una de estas tardes, una fuerte lluvia interrumpió mi medio kilómetro de vuelta al metro, y me tuve que refugiar bajo la lona de un café. Aquello era insuficiente, así que entré en el establecimiento. Era viernes, la gente hacía lo imposible por salir antes y el negocio estaba bastante desolado a la hora a la que normalmente mis compañeros solían hacer la sobremesa. No se me ocurrió otra cosa que pedir un café, si no hubiera sido incorrecto, supongo.

Llegué a la caja principal, hice mi pedido. Esperé pacientemente mientras una chica entraba estrepitosamente empujando la puerta con uno de los hombros. Estaba completamente empapada y el abrigo mal puesto no hacía gran cosa por la causa. Un mechón rebelde hacía compañía al conjunto desordenado debajo del gorro de lana, y sobresalía en una aspiración al cielo por recibir la fría lluvia. Llevaba una carpeta repleta de papeles mal metida en un bolso medio abierto, que dejaba entrever miles de cosas que estaban sin orden ni motivo alguno. Me quedé mirándola, desconcertado por aquel caos que conformaba en su persona y que se situaba tras de mí en la cola de pedidos. No supe qué pensar, todo aquello no estaba dentro de mis planes, odiaba la improvisación en mi vida. No me preguntéis por qué, pero cuando me quise dar cuenta, estábamos sentados en una de las mesas hablando sobre nuestras vidas anónimas en aquella tarde lluviosa.
La verdad, fue increíble. Jamás pensé que la vida pudiera ser algo más que los objetivos estipulados a largo plazo, donde yo ya estaba. Hacía unos años terminé la universidad y formulé mi siguiente objetivo, el trabajo estable. Cuando ya lo tuve, no supe qué hacer, qué pensar. Es entonces cuando la gente hace una familia, tiene una hipoteca que te condena durante cuarenta años, una mujer hacia la que  años atrás perdiste la pasión sexual  (si es que alguna vez existió y no fue todo cosa de la desesperación mutua) unos hijos medio diabólicos y maleducados y un perro que sabe dios si algún día fue pequeño y adorable. Es lo que la familia te pregunta, si ya lo has conseguido. Me considero bastante estúpido por haber intentado seguir ese esquema, la verdad. Todo parece correcto y perfectamente calculado hasta que realmente lo cumples, hasta que tienes más de treinta años y no has saboreado una puta mierda de la vida. Cuando te das cuenta de que mientras te obsesionabas con los libros esa persona especial se escapó en alguna de las calles bajo algún paraguas, en una cafetería recóndita de la ciudad, en aquel bar de jazz al que nunca tuviste tiempo de ir, o en un tren que no iba a ninguna parte que te importara, te la suda bastante el título que ahora mismo cuelga de la pared de tu casa de mierda de soltero. Te veías rico y con miles de mujeres buenorras en tu ducha y en la cama, pero no tienes una puta mierda.

Ahora tengo más de treinta y estoy fumando en la azotea de un edificio del que ni siquiera sé cómo coño he entrado. La chica de al lado es de la que os hablé, una auténtica musa anacrónica. Dios, podría haber sido tantas cosas que de solo pensarlo me dan ganas de consumirme bajo el fuego como el cigarrillo que tengo entre mis dedos. Si le digo todo esto a ella, me va a llamar viejo. Me considero un viejo, estoy tan anclado en algo que puede llegar a ser tan absurdo que no abarco más allá, aunque a ella le gustan los tíos con unos cuantos años a la espalda. En fin, no le voy a decir lo contrario, ha sido el mejor soplo de aire fresco de mi vida.

Tal vez no sea demasiado tarde, y el mundo me abra una puerta más por la que abandonar todo esto. El piso de mierda, el traje almidonado. Dios, cómo odio ese traje. La chica de los bocadillos de la oficina, debe gritar como una zorra cuando se tira al jefe. La comida cutre, el papel higiénico que raspa. El ruido de los vasos de plástico al dejarlos en la mesa, el tecleo exagerado del tío del cubículo de al lado. Estridente, absurdo. Digno de un maldito suicidio. Ahora estoy en un sofá remendado al lado de una cama sin hacer. He empezado a pintar, mi padre siempre pensó que era algo propio de los muertos de hambre. Dentro de poco me llamarán profesor, a ver si de una vez tiene sentido mi jodida carrera. Tal vez escriba un libro, dé conferencias… quién sabe. Me consuela saber que al menos ahora las cosas son a corto plazo. Porque es lo propio, lo que viene con la libertad. Lo que llevan grabado las cadenas de los convencionalismos te sume en el absurdo del vacío, en esa insensibilidad que te prohíbe disfrutar de un día lluvioso y escuchar el sonido en la acera. Hoy tengo la sensación de que he escrito mal mi intención, y de que es cierto. Pero para qué volver a leerlo, cuando únicamente es el resumen de una vida más que no promete ser interesante por su título ni portada. Una vida más, con algún matiz distinto, pero al fin y al cabo con los mismos anhelos que miles de personas que temen no amanecer al día siguiente sin haber hecho lo que llevan soñando toda su existencia. Un texto largo y sin demasiado interés. Yo ya lo dije.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Un limbo neutral

Todo se desarrolla en una tarde oscura de invierno. El frío se cuela por los resquicios de las puertas, dios, por poco se me congela el aliento. Me arrebujo en una manta, esperando a un absurdo pronto de calor, que vuelva a hacer que sienta los jodidos dedos de los pies. Sentada en la cama, esperando una incongruencia de más.

Sexo y un plato humeante. Una detrás de otra. Simplemente perfectas. Me encanta tu espalda, me vuelve loca cuando te levantas a ponerte una camiseta. Tu cuerpo se perfila por la luz de la luna que apenas alcanza a iluminar ese pequeño trecho de la habitación donde está el armario, donde tantas veces te he visto sonreír medio desnudo. Esta habitación se lleva una gran parte de mi vida.
No por duración, más bien por intensidad. Joder, qué intenso, qué reiterada mi frase. Entiende que no surge ninguna otra cosa en mi mente mas que esa frase tan singular. Esa palabra recoge todas mis malditas emociones, mis gritos y mis orgasmos. Como si fuera virgen de nuevo, como si el mundo se descubriera de par en par. Como si mi mente y mi cuerpo confluyeran en un limbo neutral, como una bestia que despierta tras un infinito letargo. Como si acabara de revivir de un sueño tan largo que apenas recordara la última vez que te sentí. Y me lo recuerdas, y no sé cómo lo haces pero eres capaz de hacer que lo olvide con tal de volver a sentir que lo recuerdo.

Hay veces en las que quiero mirarte cuando me resulta imposible. Me gustaría verte todo el tiempo y a la vez tener esa sensación de que este se detiene en esa noche gélida, que nos quedaremos en una vivencia eterna, en aquel estado que ninguna droga podrá alcanzar en su mejor momento, que sólo tú podrás darme. Que me dirás mil veces lo que sientes mientras nos sumimos en el abismo que conforma la alienación de un mundo que se derrumba a nuestros pies. Que se joda el mundo, yo tengo la libertad. Yo tengo esa pequeña fracción del ser humano que le atonta, le desconcentra y le hace más humano. Que lo diferencia del resto de los hombres que jamás reirán o llorarán si no se lo dice su dios, de aquellos que confían su vida a la dependencia del resto, la sociología primitiva. Que buscan motivos tan absurdos a la existencia que se establecen sus propias limitaciones porque sí, porque de otro modo no estaríamos en esta porción de tierra. Ahora tan sólo contemplo mi plato humeante mientras la noche siembra la paz en la oscuridad.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Zapatos sobre el río

No sé si soy capaz de acordarme del todo, pero estoy seguro de que en cualquier momento, si la vuelvo a ver, sabré que es ella.

Estábamos en el viejo puente del pueblo, los dos solos. El río corría cuesta abajo con la fuerza del despertar de la primavera. Nuestros zapatos danzaban de un lado a otro, dándose de vez en cuando en una excusa para acercarse. Éramos niños, niños que querían ser grandes sentados en el viejo puente del río.

Ella me miró de repente, curiosa. Recuerdo que me sorprendió lo cerca que estaba, no era propio que me mirara así. Solía tirarle del pelo y ensuciarle el vestido con nieve derretida de la puerta del colegio, así que cuando me miraba sus ojos solían estar llenos de odio. Aquel día me miraban distintos, dulces, preciosos. Por aquel entonces no sabía lo bonita que era su mirada.

Y entonces, se acercó y pegó sus labios a los míos. Jo, qué raro me sentía. Me fijé en el montonazo de pecas que tenía en la nariz y que se caían dispersas en las mejillas. Los segundos se me hicieron eternos hasta que por fin se alejó y enfoqué la vista. Me seguía mirando así, jo, qué raro. Rápidamente miré mis zapatos danzar por encima del agua, hacia delante y hacia atrás. Sentí que ella seguía mirándome, y yo moviendo los pies como un tonto sobre el río.

Y ese fue mi primer beso. No sé si lo considera ella, espero que sí. Aunque me porté como un tonto, qué menos cabe esperar de un niño con las rodillas peladas de caerse jugando al fútbol en el patio. Aahh (suspiro), dulces recuerdos. Ojalá el mundo volviera a ser tan sencillo, y la vida no estuviera tan sistematizada. Ojalá una palabra no significara mil cosas, y tan sólo fuera lo que en un principio se nos enseñó. Que las lágrimas sean tan corrientes como las risas, tan sencillas y humanas. Que la felicidad se resuma en una tarde genial con los amigos y una merienda de leche con galletas en el comedor de tu casa. Que todo se pueda resumir en unas cuantas frases con polisíndeton e interjecciones. Que al tumbarte en tu cama, en lo único que pienses sea a qué jugarás mañana en el recreo, y si la niña de las pecas en la nariz se enfadará mucho cuando le tires del pelo al entrar en clase.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Cadena de acero

Qué me queda, sino el frío acero que baila en mi dedo corazón. A veces me imagino que se vuelve afilado, cortante hasta el punto de hacerte sangrar al mínimo descuido. Una pequeña daga que me recuerda el castigo que miro cada día. Un peso muerto en mi mano, pero que nunca se separará de ella.

El otro día me olvidé de sus ojos. Estaba en un viaje, indiferente con la mirada clavada en el cristal traslúcido de la ventana. Volví a pensar en ella, como otro millón de veces cada vez que me ensimismo, pero me faltaba algo, algo que se fue difuminando con el tiempo y que no me percaté por su tenuidad. Me olvidé de sus ojos. De su mirada, la que atravesé mil veces en mis sueños, en mis noches a su lado en el sofá. Cuando cocinaba y sonreía como una niña en uno de sus episodios de cocina experimental. Cuando le contaba algo que en teoría no le debería interesar, pero me escuchaba como si fuera el cuento más maravilloso de la historia. Cuando la acariciaba a la luz de una vela en la oscuridad de la madrugada. Cuando cortaba un ramo de flores silvestres tras volver de un paseo y se las ponía en un jarrón en la ventana. Cuando le decía que la amaba. Cuando le daba ese absurdo beso en la nariz. Tantas miradas, tantas malditas formas y ocasiones, y no consigo darles forma a sus ojos. Su color oscila entre los claros, pero no me acuerdo de su combinación. Sé que tenía una aureola de burbujas escarpadas, una curiosidad insaciable y un alma entregada a mi ser, pero simplemente no puedo acordarme de su mirada. Se me ha escapado, por fin, ansiosa de libertad.

En aquel momento me quedé estupefacto ante la ventana mientras el paisaje se difuminaba en un largo cortometraje sin fin, distorsionado y desenfocado en un cúmulo de colores. No sabía si maldecirla o llorarla de nuevo, tan sólo permanecí sentado, inmóvil. Deseé que al nacer no me hubieran dado esa imperfección humana que son los sentimientos, que tan sólo fuera una jodida máquina con un absurdo fin en la historia. Deseé ser un ambicioso magnate que sólo quiere un yate con papel higiénico de billetes y furcias de silicona. Deseé no haber amado en mi puta vida, y no hallarme en el dolor eterno que conforma la soledad.

El mundo tiende a dar consejos tan absurdos que te sientes mejor al refugiarte en su superficialidad. Todos los damos, los hemos dado y lo tendremos que hacer, bien por compromiso o frialdad contextual. Aquel día no sabía qué hacer con mi propia vida, si consolarme con al menos haber tenido a la mujer de mi vida en mis brazos o maldecirme por perderla en una vida atormentada. Sigo sin saberlo, y hoy día me abstraigo en los trenes y autobuses buscando sus ojos en los reflejos, en las miradas de mujeres de su edad, en vidas anónimas que se sientan enfrente en el mismo vagón. La imagino en mi obsesión enfermiza, sentenciada e inevitable. No elegí convertirme en un maldito viejo apocalíptico, que observa el presente con desdén mientras llora por los actos del destino. Del mundo cruel que nos rodea y confabula a nuestras espaldas, o de nuestros actos egoístas sin fundamento racional más que la autojustificación alienada en nuestro ego. Y que llegue el final, con su manto del olvido. Y que me cubra con el placer eterno, hasta que por fin mi alma arda junto con el resto en alguna hoguera de un bosque terrenal.