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Esperar en un mundo que no trasciende de una puerta de mierda

domingo, 28 de julio de 2013

Now that I’m free

Aquel día la cafetería estaba repleta de esa clase de gente que, por motivos desconocidos, les da por salir en un día que saben perfectamente que va a llover y posiblemente no puedan ir a ningún sitio, y sin embargo, salen, en busca de un techo mejor que el de su casa donde leer el periódico, tomarse el mismo café (o peor, valga decir), o simplemente convivir en un microclima de sociedad.

Me puedo identificar con esa clase de personas que les gustan los días “turbios”, esos de cielos encapotados y un aire nostálgico; seguramente vendrá de mi preferencia por la soledad en estos días desde la infancia, o tal vez me haya dado ese pandémico aire de camisa de cuadros y una apariencia de hipócrita reflexión en sus miles de fotografías… que no!

Sí, aquel día estaba sola, leyendo una novela que promete más por su amplitud que por su contenido, y cuya escritura no es especialmente reveladora, pero que decides leértela por eso de que el siguiente libro te sepa mejor en comparación (no es lo normal… ¿verdad?), como una especie de baremo con el que siempre el siguiente será mejor… es igual, no es el argumento de la historia. Simplemente estaba sola, en mi mesa, a mi quehacer, cuando el murmullo atmosférico de la sala se vio atenuado por un par de voces orientadas en la esquina poco iluminada de la cafetería.
En aquel recóndito cruce de paredes se encontraban dos individuos enfrentados. Como era de esperar, la espalda del oyente no me dijo gran cosa, sino que la especial relevancia la ostentaba el personaje que no dejaba de parlotear. Parlotear, bramar, ladrar, mugir, cualquier tipo de onomatopeya o calificativo despectivo que realce mi especial sensación de vómito al dejar que sus palabras llegaran, de algún modo pasivo, a mi oído.
Y es que lo curioso era que, a pesar de que llevaría, desde que empecé a oír forzada, cerca de un cuarto de hora hablando, no dijo absolutamente nada. Desde pequeño te enseñan a subrayar los textos y sacar un “tema”, la idea esencial concentrada en un par de líneas, y que te ayuda luego a desarrollar el texto… pues este hombre no dijo absolutamente nada en lo que sería un monólogo trascrito en unas 3 o 4 páginas. Son gente fácil de reconocer, por el simple hecho de que te quedas igual cuando hablan. No sé si al resto del mundo les molesta tanto como a mí, pero de verdad… me ponen de los nervios.

Los más graciosos –por decirlo de alguna manera- son los que hablan por hablar creyendo que están diciendo algo realmente interesante, revelador o merecedor de un halago por su ingenio y cultura. Antes, al menos para mí, las personas eran esferas introvertidas que ibas descubriendo poco a poco, extrayendo los aspectos interesantes de su vida. Hoy, gran parte de la población que tiene medios y modos de ser culto e instruido, es fachada, por ser genial, por cumplir, por aparentar algo que nunca han intentado ser. Yo lo reconozco, no tengo muchísimo que ofrecer. No canto como un ángel, no bailo como una diosa y mucho menos tengo un talento oculto en los instrumentos. Lo único a lo que me aferro desde siempre han sido los libros, los que he engullido, vuelto a engullir y saboreado años después con aires de nostalgia, y los nuevos que airean mis oxidadas técnicas para escribir. Eso mismo que leo y releo hasta que, más o menos, lo califico como pasable viniendo de mis pulsaciones en el teclado.

A lo que iba, esta clase de individuos no se reconocen (o eso espero, porque hay que tener huevos) ni esperan hacerlo hasta que les preguntan en su esencia sobre un tema del que habrán estado hablando como un papagayo durante media hora, con abuso del polisíndeton, oraciones subordinadas relativas (cada vez las uso menos por puro conductismo) introducidas por una cantidad reiterativa de nexos con la intención de “explicar”. Explicar… realmente me pregunto si es posible explicar sin saber, es pura contradicción.

Hoy me quito el sombrero y las ganas de escribir, porque simplemente estoy harta de una clase de gente que se expande y se expande, educando a generaciones sobre pilares tan poco sólidos como sus propios conocimientos. Si no lo sabes, lo buscas, te informas, estudias y ya después argumentas, pedazo de ignorante de mierda. Estoy harta de discutir con gente que corre cortinas de “su opinión” cuando se habla de temas serios, donde o te mojas con inteligencia e investigación o te quedas en la orilla como mero espectador, que no hay variedad de opiniones como los temas deontológicos o simplemente morales, sino que es una cuestión de raciocinio, de lógica, de pensar una fracción de tiempo tras escuchar una explicación neutral.

Y si intentas explicarlo neutralmente (teniendo en cuenta mi excesiva pasión en las explicaciones), te tachan de pedante o intolerante. Gente que tiene un puto catálogo de respuestas patéticas y que te dejan peor que antes, incluso un poquito más ignorante (como la televisión de mierda, la única que hay en España prácticamente en lo que se refiere a televisión pública o privada). Gente que no reconoce tu mérito en algo porque no le gusta, porque no quiere probarlo o porque no le sale del soberano nabo (aunque eso no te lo dicen eh, para eso está el catálogo) y espera que le tires rosas por su dedicación a algún sector de lo que ellos consideran arte, hobby, afición, oficio, dedicación. Me pierde la impotencia.
Y ahí seguía hablando el hombre eh, como si le estuvieran apuntando con un calibre 38 en la nuca para que soltara todo lo que le surgiera por la cabeza, sin procesar, sin tratar, sin contrastar con la maldita realidad. Que yo sólo pido la Wikipedia por dios, que no pido más xD.

Creo, en esencia, que cada vez nos obcecamos más por no ver.

lunes, 3 de junio de 2013

Ni "filo" ni "sofía"

Y así es como “mi país” me da la patada hasta más no volver.

Lo único que siento en estos momentos es vergüenza, vergüenza por un país de mierda que me echa porque no quiere a nadie más en sus putos restos consumidos de lo que antaño pudo ser algo parecido a una verdadera civilización.

Definitivamente, ya no queda nada de lo que fuimos, absolutamente nada de lo mucho que nos ha ofrecido la historia. Ahora se meten con los filósofos, los que forjaron tantas facetas del conocimiento que sin ellos ni siquiera tendríamos conciencia de lo que hay más allá de las costas. El afán por la investigación se desliza entre los dedos, y con ello las propias esperanzas del país por ver que un español alcanza el colofón de un premio universal.

Y todo esto, porque la educación se desploma. Día tras día nuevos anteprotectos de leyes y mierdas de articulados van menoscabando la forma que algún día tuvo la educación, basada en un auténtico texto de principios. De PRINCIPIOS, ¡joder NADA DE IDEOLOGÍAS! Ni partidismos, ni inclinaciones religiosas, ABSOLUTAMENTE NADA POLÍTICO QUE LES PUEDA PERJUDICAR… espera. Tal vez sea eso. Tal vez lo que quieren es eliminar la autonomía racional.

Y justo entonces he dejado de escribir. Hoy es 3 de junio de 2013 y acabo de barajar la posibilidad de que nuestra sociedad prefiera nuestra ignorancia absoluta con el fin de manipular nuestras mentes, blancas, maleables, completamente dependientes. No puedo decir que nunca me lo haya imaginado, el gran George Orwell nos ha puesto a muchísimas personas los pelos de punta imaginando una auténtica alienación involuntaria, con la cual ni siquiera recordemos algo más que Eurasia y una guerra sin acabar. El Gran 
Hermano, la policía del pensamiento… ¿Y si todo esto, por inimaginable que fuera, esté ocurriendo?

Ahora mismo no sé qué decir, la impotencia irradia por cada uno de mis poros mientras veo el resto de generaciones que nos quedan consumirse al abismo. El resto de la historia que queda por contar se resume, fácilmente, en manipulación en masa para el control oligocrático. En mi mente tan sólo aparecen imágenes de violación, utilización y absoluto control de masas inconscientes. Mis manos tiemblan, mi mente imagina a mis propios hijos bramar estupideces partidistas. Si tan sólo pudiera hablar con uno de los legisladores de esa aberración que llevan elaborando durante más de 20 años, lo único que le diría es “Que te jodan por cultivar esta mierda de país, porque lo único que vais a cosechar es mierda”.

Y lo saben, no me haga reír, claro que lo saben. Son perfectamente conscientes de lo fácil que es la sociedad española de manipular con unas cuantas cámaras y un comunicado estatal de hombres trajeados haciéndose llamar “legisladores”. Con cada clase comprendo más la mierda en la que se consume la ley española, lo violada que está siendo la Constitución y lo distorsionadas que quedan las palabras de “libertad de pensamiento” y “bienestar social”. Cada día descubro que más y más personas son ignorantes por elección, eligen un camino tan sencillo como descompuesto, tan absurdo como masticado… tan estúpido como pensar si quiera que eso es un camino.

No sé siquiera lo que estoy escribiendo. Estoy obnubilada, con una resaca tan grande que una noche eterna de desenfreno e inconsciencia. Estoy tan cansada que apenas tengo fuerzas para gritar. Sólo diré que mi verdadera pasión por aprender comenzó en una de aquellas clases de filosofía donde el profesor infundía un respeto inimaginable, y mi cara era de completa admiración por las cosas que podía llegar a saber.

La ciencia o búsqueda del saber, filo-sofía. Valiente mierda de política, de verdad. No puedo más que reírme, por dios, el mundo se derrumba y nosotros mismos rompemos los putos pilares. Ahora además de vagos de mierda, los españoles seremos, y esta vez con razón, unos jodidos incompetentes. Gente inculta, pero de la que no quiere saber porque no les han enseñado a quererlo. Por muy estúpido que suene, cualquier persona tiene que haber tenido un estímulo en su vida para descubrir más allá de lo que se le ofrece a simple vista.


Y… ya está, aquí me quedo por hoy. No tengo ni ganas ni tengo oyentes, ni siquiera siento que tengo voz. Como hoy día, la manifestación del individuo queda relegada a unas voces de unos perroflautas ahogadas en la miseria.

domingo, 5 de mayo de 2013

Y lo bien que me he quedado

Hay veces en las que alguna película o algún libro me devuelven a una triste realidad que inútilmente trato de cambiar; soy una ignorante.

Lo que yo llamaría una ignorante de libro, de aquellas que no trascienden más allá de los contenidos dados. Hace algunos años me enseñaron las Guerras Mundiales y me quedé en algunos párrafos disueltos entre fotos y contenidos tan escuetos como didácticos. Hace menos me enseñaron a los grandes de la literatura española, y tan sólo memoricé sus nombres y obras como un puto papagayo para por fin soltarlos en una hoja oficial el día tan esperado como temido. Y ahí me quedé, quizá con un libro importante que me tuve que leer. Pero nada más. Pronto todo aquello se fue por el retrete por el simple paso del tiempo. Una cosa tan absurda como contraproducente.

Hay veces en las que me sorprendo cuando escucho a gente que se aprende una estúpida frase y la repite como un loro como si aquello demostrase su más ínfima inteligencia. De hecho, les pregunto acerca de cuál es su argumentación o cómo llegaron a esas conclusiones, y creo que su expresión debe ser la misma que cuando si a mí ahora mismo me preguntan por un autor de los que se fue por el retrete. Absoluta perplejidad y confianza máxima en su fuente, aunque la suya no fuera un libro sino un estúpido arrogante que se aprovechó de la ignorancia masiva.

Aunque no lo parezca, el fenómeno de masas no tiene casi nunca una justificación racional, si acaso la del líder que aprovecha la contingencia de analfabetismo o si acaso un alfabetismo sin desarrollar. Lo lamentable es que hoy día nos encontremos en auténticas dictaduras, cuando los medios de comunicación nos posibilitan acceder a fuentes que ni de lejos podrían haber contado nuestros padres en su formación básica. 

Actualmente, los líderes se aprovechan de nuestra raquítica formación sobre economía, política o la sociología básica que mueve nuestros cuerpos en la sociedad, y nos meten semejantes supositorios por el culo cargados de corrupción y en sí una auténtica mofa sobre nosotros que nos quedamos plácidamente dormidos ignorantes de la pocilga donde nos revolcamos. La que nosotros mismos hemos construido cuando decidimos dejar de investigar sobre nuestros límites en conocimientos. No sabemos lo que significa la verdadera crisis, la falta de oferta de dinero en el país o el endeudamiento hasta los dientes, lo que ya venían diciendo algunos eruditos tanto españoles como europeos mientras nosotros seguíamos construyendo nuestra ciénaga por omisión. La justicia yace tan muerta como nuestras ganas de aprender, respaldada por gente guiada más por el dinero de los delincuentes que por la más básica moral. No sé si es realmente por dinero, porque creo que ahora mismo no pagan a varios de los ignorantes que están en mi clase. La verdad es que me gustaría preguntárselo, pero lo bueno de las mentes alienadas es que no necesitan justificación y pueden absolver a dos padres que prácticamente mataron a su hijo al no impedir que vomitara lo que comía durante un mes y medio llevándolo al hospital. A mí, simplemente, me sale una risa macabra de lo más profundo de mi ser al ver que incluso la gente en vías de abogados o jueces ya está corrupta en su propia moral.

Si por mí fuera, las clases se darían en jardines, vuelta al modelo estoico y de los filósofos griegos en general. Andar por las calles para hacerse entre ellas, aplicar lo aprendido en base a unos preceptos morales universales; igualdad, libertad, pensamiento autónomo, capacidad de razonar por sus propios medios. Si fuera por mí, leería cada uno de los libros que me hicieron suspirar y los analizaría con mis alumnos motivados y realmente interesados por sus páginas. Que viniera quien quisiera, a la mierda las faltas de asistencia y los putos controles que sólo muestran el estrés de una noche en vela. Yo misma lo reconozco, aquellas noches dieron frutos que hoy yacen podridos en un jarrón. Lo que sé es porque realmente me interesaba, si acaso, en vez de ser olvidado entre fotos y más fotos de los libros. Hoy día, en la universidad, si no encuentras motivación debes enterrarte en lo más profundo y realmente torturarte hasta conseguirlo. 

Aunque la mierda vuelve a ser la misma, los catedráticos nos vuelven a tratar como niños ante expectativas mejores empeoradas por las putas generaciones que nos preceden. No les culpo totalmente, siempre ha habido eruditos motivados, pero soy de las que piensa que la universidad se recuerda por los momentos en clase más que por las resacas mañaneras. Al menos en ciertos aspectos, no soy amiga de la amnesia temporal.
Y cuando la sufro, me siento estúpida. Cuando ignoro grandes hitos de la historia y nombres claves en las ciencias y letras, me cago en todo lo que memoricé y no trascendí más. Cierto que aún soy joven, y al menos supe apreciarlo en los momentos en los que di arte y latín para sumergirme entre sus dogmas. Capiteles, fachadas, pináculos, doseletes… tan sólo leves pinceladas de lo que realmente me pueden ofrecer.

El problema que le encuentro a la educación actual es que básicamente consiste en sentar a un alumno en una silla y ponerle un plato exquisito en la mesa. Simplemente situárselo a unos centímetros de su alcance, para que vea lo que no puede probar. Que no pueda siquiera coger una cuchara y saborear la primera cobertura. Y antes de que se dé cuenta, quitárselo, para que no le coja ganas. Y después se le pone otro plato distinto, y se repite la operación.

Consiste básicamente en una tentación rebuscada, si eso cuando no te has aburrido de ese sadomasoquismo que conforma el sistema educativo de hoy día. Los contenidos se reducen hasta el absurdo, y los profesores van apresurados de un tema a otro obligándote, casi hasta la súplica, que mires las páginas. Es inevitable aburrirse, no lo voy a negar.

Desde mi gran abismo de ignorancia asumida, creo que se necesita hacer una conexión cerebral antes de inyectar grandes dosis de aprendizaje comprimido. Que los alumnos vean que todo eso es para que luego puedan defenderse en la vida con algo más que amenazas o frases estereotipadas. Porque llegará un momento en el que todo aquello que pudimos albergar en nuestro cerebro en los años más receptivos se resume a estúpidas conversaciones en el metro o en una sala de conferencias. El hombre es tan estúpido que se resume las cosas para que generaciones posteriores lo tengan más fácil, pero no entiende que ello supone que no aprendan una mierda de lo que en realidad es. Y cuando eres uno de ellos, y te das cuenta, si aún conservas tu conciencia de ser humano como una mente infinita, te cagas en el sistema porque te hayan tirado todos aquellos años por la borda.

viernes, 22 de marzo de 2013

Fade to Black

Hay días en los que salgo a la calle y el cielo irradia una luz fruto de la lucha con las nubes, la impaciencia por salir aunque no se la vea, aunque el sol no dé la cara ante el mundo. Esos días cierro los ojos, molesta, odio la claridad escondida, la que brilla más por ausencia que por verdadera acción.

Cada vez veo más y más vidas vacías, de esas que no encuentras ni sentido ni interés en investigar, porque no son más que mierda superficial. Todo ha quedado reducido de manera progresiva a una auténtica mierda, escoria de lo que antaño fue simplemente maravilloso. Ignoro la evolución exactamente del mismo modo que los coetáneos tampoco sabrían describir la guerra de manera neutral, pero el resultado es el mismo; una pérdida, una victoria, una auténtica masacre.

A veces sueño con vivir en una época donde el aire de las imágenes en blanco y negro se mezclara con las vidas de hoy, y que hubiéramos sido capaces de mantenernos firmes ante todo lo que se nos ha dado, en vez de prostituirlo e integrarlo como si siempre lo hubiéramos tenido. La ingratitud invade las calles, las mentes ignorantes, vacías y sin ganas de completarse. El ser humano usará un diez por ciento de sus capacidades, pero si hoy tenemos más posibilidades las ganas de descubrirlo se escurren entre las calles.

Y por qué, sino por la propia tolerancia. La asunción de todo lo que nos rodea nos convierte en meras ovejas cambiadas de redil. Nos habituamos, y al instante pastamos como si siempre hubiera sido así. Y sí que es cierto que vivimos en una gran contingencia internacional e hipocresía de los gobiernos, pero hubo tiempos terribles en los que siquiera se podía hablar en voz alta con estas palabras y aún así la gente era capaz de pensar.

Y hoy, nos desentendemos de todo, y los que hablan parecen no entender. Las palabras son meras armas de la gente astuta, no inteligente y siquiera cultivada. Personas capaces de manipular auténticas masas con sólo un par de frases reiteradas una, y otra, y otra vez. Hasta que al final acabas extasiado, colérico y unido al fenómeno colectivo.

He de reconocerlo, en eso es casi imposible desistir. Quién sabe lo que seríamos capaces de hacer con un par de frases de auténtica verdad, en vez de condenarnos a la eterna ignorancia. Nos lo quitan todo, nos dejan desnudos ante el abismo, y seguimos cantando nuestras putas canciones. Porque ellos nos lo permiten, porque la vida siempre ha sido así, y porque nunca fue mejor.

Ojalá hubiera de esos cafés donde se reunían los intelectuales en vez de los malditos farfulladores, abocados a la puta mierda de los argumentos irracionales, repetidos como si tuvieran un esquema mental en su cabeza “A esto, digo lo otro” y “Cuando me diga esto le echo en cara tal cosa”. No es más que mierda. Mierda que te ahoga y te reprime porque todo el mundo se revuelca en ella.

La verdad, no sé cómo acabé pensando así. Tal vez fue mi padre, o tal vez fui sola. Quién sabe qué es lo que nos hace, si la licencia a la libertad o el descubrir tú mismo lo que hay con unas determinadas creencias. Que Dios no existe, ni tampoco la democracia. Que el poder corrompe, y que lo aceptamos y abrazamos con gracia y éxtasis. Que las palabras son tan falsas como los dientes de plástico, como las tetas de silicona o como los actores porno. Que todas y cada una de nuestras vidas están limitadas y que nadie será capaz de hacérnosla ver como un proceso hacia la vida eterna. Que cuando nuestro corazón deja de latir, somos historia.

Tengo los ojos secos, la piel de gallina, los pies en una pequeña banqueta arañada por el uso. Las manos resecas por el frío, el pelo erizado por la lluvia de la mañana. La boca con sabor a café, la respiración confusa. Los dedos sobre el teclado. Mi puto corazón en el puño. Porque no soy capaz de gritar ante el mundo, miro por la maldita ventana con los ojos entrecerrados, intentando hacerme ver más allá de la luz cegadora. Una vida condenada a la impotencia de no poder hacer nada más de lo que me permiten mis cadenas, tal vez pasear por los pocos espacios verdes industrializados o comprar comida manipulada en la tienda de una gran cadena multinacional. Obtener información de fuentes corruptas, escuchar música de mierda comercial. Dormir entre sábanas sintéticas, ponerme unas bragas y un sujetador que me arañan. Inconformismo, y a la vez impotencia.

Creo que esa es la ecuación del mundo actual, el quiero pero no puedo. Yo misma me siento culpable, pero… creo que sé que no lo hago porque no quiero abandonar lo que tengo. Porque me da miedo el mundo de lo incierto, y estoy a salvo dentro de la mierda que sé que será así mañana, tal vez peor, pero al fin y al cabo es la mierda que conozco de siempre. Soy de esas personas que sé lo que hay, y que grita mediante las palabras, algo que hoy, por muy irracional que suene, no funciona, no se oye, se amortigua, rebota en alguna pared, y termina colándose en alguna grieta que conforma la falta de cultura nacional.

sábado, 2 de marzo de 2013

Present Continues

La verdad es que fue una auténtica casualidad que estuviéramos nosotros cuatro frente a la puerta del bar Zanzíbar. Sin embargo, después de todo, no quería estar en otra parte.

Se trataba de una fría noche de Marzo en las que estás medio congelado-medio inconforme con los sofocantes espacios interiores, así que cuando entramos empezó a cargarse el ambiente. Un ligero murmullo inglés llegaba a nuestros oídos como si estuviéramos en un viejo bar londinense. Por qué no, me sentía especial.

Tras la típica licencia que se conceden los artistas e ignorando (o más bien desoyendo) nuestras mermantes posibilidades de volver a casa en metro con el trascurso de aquellos valiosos minutos, nos sentamos en una serie de sillas de madera a lo jardín rústico. El escenario estaba dividido en digamos tres sectores polivalentes, todos ellos rondando el entorno acústico. Las paredes hacían honor al nombre del establecimiento, con una serie de cuadros con fotos de gente de todo el mundo, máscaras tribales y un busto de gran león tallado con la boca semiabierta y con cara más de sorpresa que de verdadera defensa, todo ello sufragado con un cálido color violeta, o rojo, o lo que las luces me daban a entender. Un lugar que respiraba su pequeña historia.

Los músicos se sentaron, guitarras y percusión en mano. Mi amiga iba descalza, y la naturalidad de sus movimientos daba a entender que se sentía como en su casa. Posiblemente estaría más nerviosa que ninguno de nosotros, pero esa es la magia de las luces y un escenario, que el resto nunca nos llegaremos a enterar. Saludó tímidamente, como el discurso del hombre que no sabe qué decir en una boda o la reunión que nunca llega a terminar y de ahí deben salir propuestas, y comenzaron a tocar.
Sabía que mi amiga tenía talento para la música como puede tenerlo cualquier otra voz bonita de esta Tierra, y no tenía ninguna duda cuando empezó a cantar, pero en apenas cinco segundos sabía que ella tenía algo que millones de cantantes en el mundo no llegarían a tener. La capacidad de sumergirte en la música, dejarte llevar por la melodía que arranca tus latidos con su compás, con su tempo te dispara hacia lo más alto de tu mente y te deja flotar, subir y bajar en su eterna ingravidez. Tal vez fuera por el hecho de tenerla a apenas tres metros de distancia o incluso el hecho de que todos estuviéramos dispuestos como un pequeño grupo de amigos escuchando a una de los nuestros, pero la piel se me puso de gallina y empecé a vivir uno de esos episodios que nunca terminarán por olvidarse.

Y su voz trasgredía lo normal con cada verso, con cada palabra perfectamente consabida y adaptada al momento. Durante aquellas horas me imaginé tantos escenarios acompañados de su voz, guitarra y percusión que asustaba que hubiera pasado tanto tiempo, y todos estuviéramos igual de embobados. Ya no sólo la música, sino lo que verdaderamente hace a un músico, es el espíritu con el que la abraza y la amolda a su alma, a su vida, a él mismo.

Porque no hay dos canciones iguales, y nunca se pretendió lo contrario, la mayoría fueron temas propios. Canciones cuyas letras (en un inglés más que perfecto, bendito inglés) idolatraban un mundo existente, cuyas horas transcurrían para todos y cada uno de nosotros, y que había que vivirlo. Un mensaje tan optimista que aun hoy por la mañana con un sobrio café y tras una noche con sus melodías en la cabeza no soy capaz de expresar. Puede que simplemente Frances fuera feliz, o en cambio tuviera una especie de gafas mágicas con las que ver el lado bueno de cada uno de los acontecimientos que nos rodean; la vida pasa de una determinada manera y nosotros somos los que andamos nuestro camino, no podemos dejar la decisión al simple paso del tiempo y dar a entender que no es nuestra voluntad, porque ello significa del mismo modo que te has decidido a pararte en medio de la carretera. La existencia es algo de lo que no nos damos cuenta que terminará hasta que realmente ocurra, y entonces problemas que se nos hicieron ingentes se nos antojarán nimiedades que frenaron nuestros sueños. Los sueños que tenemos que perseguir más que conservar en un tarrito de cristal para que no se marchiten, los sueños que van marcando nuestras metas. La vida puede ofrecer tantas cosas que nosotros mismos nunca llegamos a imaginar lo que nuestras manos y nuestros pies pueden hacer con nuestras ambiciones.

Pies descalzos, un viaje a ninguna parte, un bote en medio de la inexistencia y unos padres desaparecidos en el silencio. Miles de historias acudían a mi cabeza mientras mi amiga se iba haciendo a su propia atmósfera, dejándose llevar como las antiguas ninfas por los bosques sagrados. Movimientos tan fluidos, una risa simplemente adorable y una actitud tan propia de ella, tan innata a su cara que el hecho de no sonreír sería lo realmente extraño en su expresión.

Tampoco es que pueda decir que nuestra amistad se remonta a tiempos inmemoriales donde la vida era más fácil y nuestra relación pura, ni tampoco sabemos nuestras vidas de modo trascendental y magníficamente profundo. Au contraire, de camino al bar venía pensando que no la había visto en dos años, y que su imagen perduraba en mi memoria como aquella chica confiada en su sueño y realmente dispuesta a darlo todo por conseguirlo; envidiable, y lo digo en serio, porque nunca seré capaz de tirar el café y dedicarme a lo que realmente deja mis manos a su hacer hasta caer exhausta de vocablos y estructuras interminables.
Siempre pensé que un alma atormentada era la mejor musa de todo artista, y ello lo he podido comprobar por mi propia experiencia con historias desgarradoras que te arrancan los mejores párrafos. Ayer, sin embargo, el mensaje era distinto, fantástico, prácticamente perfecto. Un ambiente sufragado en una intensidad personal, meticulosa y envuelta en un aura de auténtica sencillez. La vida se resume a este tipo de canciones, de versos y estrofas paralelísticas cuya repetición hace que te lo pienses dos veces. Con los pies en la tierra, anda tu camino, sigue tu vida.

Y todo ello con mensaje reivindicatorio, trascendiendo lo meramente anecdótico. Una cantante chilena con una voluntad profunda de cambio, una canción inglesa sobre una auténtica revolución, tres almas que confluyen en ese espíritu de hacer algo con sus canciones. La esperanza pervive, y por un momento pude llegar a sentirme como en aquellos bares clausurados de los tiempos más represores de la historia.

Sin embargo, hoy también tenemos nuestra libertad limitada; las propias medidas de seguridad o simple generalización de gustos nos obligan a tomar decisiones en nuestra vida no tan adecuadas a nuestras preferencias; estudiar, sacar una nota, buscar un trabajo, una hipoteca, unas cuantas letras de un coche, unos niños que te pervirtieron el resto de padres capullos y desconsiderados, una mujer que perdió la pasión por ti hace años. Somos capaces de hacer lo que queramos, y aun así muchas veces nos condenamos a lo que hace el resto del mundo. Aquella noche en aquel local supe que todos podíamos ser diferentes si abríamos los ojos hacia un mundo que nos ofrece su perfección.

Pies descalzos sobre el campo, pelo suave ondeando al viento, un deslizar de una mano volátil, casi ingrávida, dejada llevar por el abrazo etéreo de la felicidad. Ser feliz con tan poco, con una guitarra y una voz, con unas risas nacidas del corazón y unas cuantas cervezas. Joder, qué perfecto. En aquellas horas apoyé la cabeza en la pared a mi espalda y cerré los ojos, mientras el altavoz aumentaba la intensidad de las canciones. En mis momentos nostálgicos enciendo mi equipo y me pongo jazz, baladas melódicas o simplemente música indie que unos pocos habrán escuchado por el fantástico boca a boca, y me dejo llevar por sus idas y venidas, subidas y bajadas. Durante esa noche deseé que aquel momento permaneciera, se congelara en el presente, y todos pudiéramos revivirlo un millón de veces. Pero ya lo dijo la canción, el presente continúa y ello es lo que lo hace perfecto. Un mensaje tan simple como puede ser la forma de vivir la vida recorriendo una calle embaldosada con millones de sueños que alcanzar, y una mochila destrozada con unos cuantos papeles garabateados a la espalda.

lunes, 25 de febrero de 2013

Choke

No sé qué es exactamente lo que me retiene en la cama por las mañanas, esa fuerza incontrolable, imprevisible, irrefrenable, que durante un instante te ahoga.

Lo piensas, y todo se nubla. El mundo parece oscurecerse bajo un manto de irracionalidad, bajo una frustración palpable. Las manos te tiemblan, los ojos se difuminan. Jamás supe controlar esas situaciones hasta que ocurren, hasta que te acogen de manera lenta, suave, hacia la oscuridad.

Lo asocio a la oscuridad, al tormento que supone no poder pensar. Permanecer tumbado en el suelo sin querer escuchar nada. Odias todo, odias el ruido del ordenador, odias el ruido que hace la persona de al lado con su mera presencia. Lo odias absolutamente todo, incluido a ti mismo.

Y no hago más que pensar que soy un maldito monstruo que intenta hacer las típicas cosas de una persona normal. Que cuando se distrae lo hace todo como le sale por naturaleza, mal, horrible, del revés. Y te quedas como un puto pasmarote mirándote desde fuera y dándote pena por lo estúpido que puedes llegar a ser.

La gente que te conoce te mira con desconcierto, confusos ante esa situación que nadie es capaz de prever. Simplemente estás así, tu antiyo, tu pesadilla. No saber qué hacer con tu vida, creerte solo en un mundo que no está hecho para los débiles, para los que no saben qué hacer cuando no hay alguien al lado. Tu vida se fundamenta en una soledad ficticia, pero lo cierto es que siempre has conseguido tener a alguien a tu lado.

E incluso cuando lo tienes, temes sentirte solo. Pueden pasar meses hasta que te des cuenta, pero cuando llega, como siempre te pasa, te retuerces solo bajo la autotortura. Con la razón la naturaleza nos dio la ponzoña de nuestra muerte; la provocada, la que te consume mucho antes de que tu corazón deje de latir, la que te deja medio asfixiado en la cama, con los ojos llorosos sin explicación… simplemente absurdo.

Lo intento explicar, y se desmorona. Termino siendo como el resto, nunca saldrás por encima del resto. Joder, joder, joder joder. No puedo más, todo esto parece un puto chiste. Parezco uno de esos desequilibrados que terminan dando vueltas en una habitación sin esquinas. Parezco un demente, alienado al haber descubierto el absurdo. Parezco todo aquello que temo llegar realmente a ser.

martes, 12 de febrero de 2013

Tiempo prescindible

Y ahora, el sol brilla, refulgiendo en la superficie expuesta de las hojas. El mundo continúa bajo el amparo de un suave cielo azul, claro, completamente despejado. La vida continúa aun cuando una mísera persona de un millón acentúa lo contrario.

Detrás de todo este rollo existencialista, hay veces que pienso lo que nos depara el tiempo. Destino… fe de los ignorantes. Simplemente no creo algo tan sencillo, algo tan resumible en una frase. Será lo que te depare el destino. A la mierda la ignorancia. Hoy alzo mis brazos ante el eterno interrogante que conforma mi vida.

Del mismo modo que puedo llegar a ser un monstruo, el mundo me ofrece la capacidad de ser lo contrario. Miles de tomos se han escrito ya acerca de las dos mismas facetas, la que te hace la vida más fácil y la que te explica lo contrario. Si bien no somos ni una millonésima parte de lo que nuestro cuerpo nos ofrece ser, nos obcecamos en absurdos conceptos de la mano del hombre. Creamos las máquinas que nos vigilan y construimos la sociedad que nos limita. Porque hay videojuegos en los que se me presentan tantos caminos que me agobia pensar que no los puedo recorrer todos, y me quedo al inicio. No se puede decidir todo de una vez para continuar el resto de nuestras vidas con esa determinación, si realmente quieres vivirlo todo. Siempre quedará vestigio de lo que fuiste ayer, lo que viviste hace años. Nunca será igual que ayer.

Tal vez mejor, o peor. Ese es el interrogante al que me ofrezco. Somos un conjunto de circunstancias que se entremezclan maliciosamente ante la perspectiva de la ignorancia de las víctimas, los cócteles cuyas experimentaciones hacen colores completamente diferentes en su esencia. Nunca se podrá repetir algo igual que antes, y nos torturamos con la idea de poder controlar la aleatoriedad con la estadística. A veces me pregunto si la gente que lo hace no se cae de rodillas y piensa qué coño ha hecho con su vida sino buscarle en sentido a lo que no podremos nunca averiguar. Esa clase de personas hacen que se mueva el mundo.

Porque no estamos determinados, ni lo queremos estar, aprendemos. Más allá de lo dado, cada día descubrimos nuevos ámbitos de actuación. A pesar de nuestros errores, vigentes en muchísimas e incontables facetas de nuestra sociedad, un pequeño sector se reserva a los éxitos más que improbables, más que milagrosos. No es cosa del destino, es cosa de quien aquel día se levantó con esa esperanza, fruto de su estudio y dedicación. No es cosa de Dios, ni de las fuerzas mayores que inventamos aferrados a esperanzas banales para no enloquecer de pura insuficiencia. Es cosa de nuestras manos, nuestros latidos contados que un día quisieron cambiar el mundo. Los brazos que se alzan contra las injusticias, los científicos que se dejan la vida en salvar las de otros. Aquellos que sembraron la discordia y la guerra resultan mezclas maquiavélicas y quién sabe si voluntarias de algunos seres humanos. No nacemos ni buenos, ni malos. Somos un lienzo blanco al que se le apegan millones de situaciones circunstanciales, y nunca, nunca podremos hacer dos cuadros iguales ante idénticas situaciones. La mente de cada uno de los seres vivientes en esta Tierra es tan maravillosa como intrigante, y en esta sociedad tendemos a dar reconocimiento de manera superflua. Nunca llegaremos a saber lo que nos perdimos en la historia con tantas guerras y conflictos. Si pudo haber nacido un nuevo arte, e incluso perder el que tenemos. Porque todas aquellas personas que cambiaron el mundo lo hicieron en un conjunto de circunstancias que de otra manera no podría suceder. La vida está sometida a tanta aleatoriedad que en cualquier momento te puedes encontrar con tu auténtico yo, o simplemente tirarlo por la borda en una vida demarcada por conceptos materialistas, por situaciones completamente prescindibles, absurdas y tópicas. Tan sólo unos pocos afortunados son los que de verdad se vayan de esta existencia sabiendo que hicieron algo bueno por este mundo. Y el resto, a jodernos con hipotecas y peleándonos con nuestros hermanos por el testamento de nuestro padre muerto. Son cosas que simplemente se anteponen a conceptos más básicos de la vida, como quedarte pasmado con los ojos cerrados disfrutando de un soleado –y glacial- día de febrero con los pies descalzos en el césped. Son cosas que, por definición, caen en el absurdo.